Discos
por Xavier Valiño
THE BUCANNAN: San Borondón (Malpaís-Sweet Groove)
Desde que en 2016 presentasen su primer tema “Acapulco” (en el recopilatorio Bikini Beat Vol. 1), el trío de enmascarados que forman The Bucannan (los señores Rosa, Verde y Rojo) había publicado un EP en 2020 y otras tres canciones más desperdigadas en distintos recopilatorios. Aquel EP coincidió con la pandemia así que no tuvo la repercusión que merecía.
Ahora, desde la tierra del verano eterno y más apta para el surf de todo el país, llega el primer álbum con nombre de isla fantasma del trío que hace instro-surf salvaje y volcánico. Efectivamente, el grupo que bebe de Dick Dale tiene el surf como principal referencia y punto de partida para transitar por otros terrenos limítrofes. Ahí están, sin ir más lejos, “Confital Bay” (nombre de una de las playas de Las Palmas) u “Ola loca”. Pero también hay hueco para el psychobilly a lo The Cramps en cortes como “Guayota” o “Revolcón”. Y, para cerrar, un acercamiento a la exótica y lo tropical en “Macaronesia”. Esta ola ya no debería escapárseles. Cowabugaaaaa!!!
LORENA ÁLVAREZ: El poder sobre uno misma (Cooperativa Montgri-Warner)
Nacido del silencio y de la pausa que precede a la calma, El poder sobre una misma brota desde la remota geografía natal de Lorena Álvarez, ese rincón asturiano que le devolvió el sosiego y le ayudó a recomponerse. Es la crónica íntima de una mujer que se quiebra, se refugia en la meditación, en la naturaleza, y desde ahí reconstruye su centro, su voz, su alma. Bajo ese paraguas emocional, su nuevo álbum despliega nueve canciones que respiran con calma, con espacios donde la guitarra, la flauta, el sintetizador y la percusión configuran atmósferas de introspección, deseo y renacimiento.
Desde la melancólica “Cuando el amor crece”, balada tenuemente bolerista, hasta la resignificación festiva de “Increíble”, una rumba orgullosa, cada corte parece tallado con paciencia: no hay prisa, hay tacto. “Guíame” se alarga como plegaria, con su flauta y su guitarra española abriendo grietas en el silencio. En “Los pensamientos”, la cadencia sutil crece con punteos eléctricos de raíz africana, llevando al oyente hacia un espacio donde la mente se despeja y el cielo -ese que llamamos libertad- deja de estar vedado.
Y hay secretos más oscuros: “Una mirada oscura” hunde su voz en la incertidumbre, ampliada por coros y ambientes graves. “Se me daba cuidao” trae un flirteo entre lo sintético y lo flamenco. “Rezo en secreto” une tradición y horizonte, con voces en árabe que parecen plegarias antiguas recicladas en deseo contemporáneo. El cierre, la canción titular, llega con un ritmo ranchero-lúdico, casi juguetón, como el primer paso tras una larga noche, la convicción de una mujer que recupera su ser.
En ese trayecto, la música de Lorena deja atrás manierismos: no estamos ante folklore revivido ni pop domesticado. Aquí hay honestidad. Una voz familiar que exige detenerse, escuchar sin prisa, dejar que cada verso cale suave, pero hondo. El poder sobre una misma suena a renacer, a abrazo propio, a susurro firme. Es un álbum que reconcilia lo espiritual con lo terrenal, la vulnerabilidad con la fortaleza, la introspección con la celebración. Un diamante tallado en calma, para tiempos convulsos.
TODO EL LARGO VERANO: Na noite máis curta (Ferror Records)
Tras Algunos cabos sueltos, una colección de sus canciones ‘perdidas’, aparecido a principios de año, los ferrolanos publican nuevas canciones inéditas. Aparecido en la noche de San Juan, lleva el apropiado título de En la noche más corta -su traducción al castellano-. Los guiños están ahí y son numerosos, empezando por una portada que rescata el color y la temática de la película Endless Summer, el documental de surf de 1966.
Las novedades llegan con una presencia mayor de temas instrumentales, ocho, por solo cinco cantadas, entre ellas una versión de The Beach Boys. Poemas y textos de Fernando Marta, más otro de la exploradora suiza Isabelle Eberhardt, aparecen en la hoja a modo de libreto. Dividido en cuatro espacios de tiempo -siesta, tarde, noche y amanecer-, es un disco más acústico, más folk, y que parte de una serie de conciertos en los que se acompañaron de violín, melódicas y percusiones, aunque acabaron introduciendo algún sintetizador en su instrumentación que aporta color y calor a sus canciones.
NICK CAVE & THE BAD SEEDS: Live God (Bad Seeds-PIAS)
Durante décadas, la figura de Nick Cave avanzó como una sombra luminosa: un hombre que atravesaba pérdidas irreparables y acababa hallando un resplandor inesperado. Live God no llega como un disco oportunista, sino como respuesta a un ciclo de conciertos donde la música dejó de ser refugio íntimo para convertirse en ceremonia compartida. No hay gesto casual: el tránsito desde la devastación hasta cierta forma de consuelo encuentra aquí su documento en vivo.
La apertura con “Wild God” funciona como invocación colectiva. Su impulso, que en estudio parecía orientado hacia el exceso ornamental, se convierte ahora en latido físico. El momento en que la línea coral cae como plegaria -“Bring your spirit down”- contiene la chispa incendiaria de un culto sin dogmas. Desde ahí, el concierto levanta un edificio de luz sobre heridas antiguas. Esa energía se completa cuando la banda se adentra en “From Her to Eternity”, donde resucita al ser de los 80: febril, obsesivo, atrapado en una maraña de deseo y violencia. Se escucha no tanto la nostalgia, sino el rastro de quien sobrevivió.
Una parte del trayecto se rinde a la solemnidad desnuda. “I Need You”, entonada frente a una multitud y sin parapeto emocional, parece escrita en el aire del recinto. Se trata menos de confesión y más de pacto: quien canta ofrece una fragilidad que el público recoge con silencio. Algo similar sucede en “Joy”: no es júbilo pleno, sino chispa mínima que recupera el presente como si fuera recién estrenado. En “Red Right Hand” el teatro de Cave se inclina hacia lo lúdico sin perder filo. Warren Ellis aparece como médium sonoro y con su arco dota de fisura a “Long Dark Night”, mientras el violín abre grietas justo donde la voz tiende a elevarse. “Into My Arms”, casi murmurada, llega como despedida dulce, donde la multitud no interrumpe, sino arropa.
Lo más revelador del conjunto es que Live God no propone una consagración solemne, sino un ritual de equilibrio. Cada estallido del coro se contrapone a un instante de recogimiento, cada desgarro se resuelve en gesto amable. Canciones que parecían menores -“Conversion”, sin ir más lejos- expanden su forma en pocos minutos, mutan y ascienden. Otras, como “Cinnamon Horses”, laten como susurro devocional: amistad, memoria, pacto silencioso. De ese modo, el álbum traza una continuidad afectiva entre épocas, sin necesidad de enumerarlas. Al terminar, no queda una fotografía exacta de la gira, ni un catálogo definitivo, sino la idea de que todavía puede existir un espacio donde lo dolido se vuelve relato común y donde la música no pretende dominar, sino acompañar. En esa entrega reside su fuerza. Allí, Cave ya no se asoma desde un pedestal, sino desde el borde cálido del escenario, invitando a devolverle la llama.
FLEETWOOD MAC: Live 1975 (Warner)
La historia es de sobras conocida. Con su banda reducida a trío y sin esperanza alguna de revivir la carrera de su grupo, Mick Fleetwood cruzó su camino en un estudio con el de Lindsey Buckingham y Stevie Nicks. El día de Año Nuevo de 1975 ambos, que como dúo no habían tenido éxito y malvivían, se unieron a la banda. Su primer disco juntos, Fleetwood Mac (1975) y, sobre todo, Rumours (1977) se convirtieron en éxitos mayúsculos y les cambió la vida para siempre.
Rumours fue grabado durante casi un año y en sus letras se recoge una tormenta emocional sin igual en la historia de la música, con las dos parejas de la banda separándose, mientras que el quinto componente, Mick Fleetwood, se divorciaba de su mujer. Al tiempo se multiplicaban las giras, con lo que tenían que convivir profesionalmente. En 1975 y 1976 fueron rodando con la nueva formación y, al llegar 1977, eran un grupo imbatible.
Lo que documenta este nuevo disco en directo del grupo es, precisamente, el período de adaptación que vivieron los cinco componentes antes de pasar a ser el grupo más exitoso de entonces y de buena parte de las décadas siguientes, tanto que la revista Billboard acaba de señalarlo como el tercer disco en importancia en el mundo de la música por el volumen de reproducciones en este 2025.
Hay aquí recogidas 13 canciones interpretadas todas el 17 y el 25 de octubre de 1975 en un teatro de Passaic (Nueva Jersey) y el Auditorio Universitario de Connecticut. Curiosamente, solo aparecen 5 de los 11 temas del disco homónimo con la nueva formación que acababan de lanzar tres meses antes, el 11 de julio, siendo el resto piezas de las anteriores formaciones del grupo, algo con lo que Stevie Nicks y Lindsey Buckingham tuvieron que convivir, especialmente en esos primeros meses. Y salen bien parados: maravillas como “Why”, “Spare Me a Little” o “Hypnotized” ganan con su presencia respecto a la anterior reencarnación.















