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Fernando Díez de Bulnes: “El templete de las musas”

por Jorge Solé

(Editorial Caligrama 2020, 388 págs)

      Con el permiso de Keruac o Dennis Hopper, se presenta esta primera novela de Fernando
Díez de Bulnes, “El templete de las musas”, como una “road movie”que va desde el río Congo a La Habana, pasando por Miami, Las Matas y el parque del Retiro. Y si digo que el libro es muy pesado (“heavy»), se me entenderá mal; música, pintura, literatura, escultura, historia, algo de filosofía, arquitectura, ballet, cine, poesía y el inevitable chafardeo social, complementan una historia relativamente sencilla de búsqueda de la propia identidad, donde el mismísimo Oliver Twist se encontraría a sus anchas.
      El conocimiento enciclopédico de Fernando resulta tan agobiante, que al finalizar la obra uno siente la necesidad de volver a leer “El derecho a la pereza”, de Paul Lafargue. Es lo que tiene la erudición, que a veces hay que hacer un esfuerzo para no perder el hilo. “El niño abrumado por tal cúmulo de información, prefirió quedarse con lo que sabia de memoria…” (página 38). En general, este continuo entrelazado de historias funciona como un reloj, añadiendo valor al relato y camuflando lo que, de otra manera, podría llegar a ser un desenlace previsible. Dejo a cada lector si las explicaciones de la fruta bomba o la significación político-ideológica de la revista “Triunfo”, debieran omitirse, por sobradamente conocidas, o no.
      El libro respira un tono pausado, abierto y algo solemne; quizá por la puntuación. Es en los epílogos de cada parte cuando todo se acelera de golpe y, de repente, el caracol se convierte en el saltamontes que  seguramente inspiró a Mao en su “gran salto hacia delante”. Aquí, en algún momento, resulta algo confuso el cambio de perspectiva, el cambio de narrador. Como dicen que el ritmo lo es todo; a lo mejor por eso, la frase que más me gusta del libro es: “Su atmósfera densa y cargada predisponía a la fascinación, como si hubiera quedado suspendida en el aire la suave crepitación de las escobillas de Art Blakey” (página 182). Hay mucha música en esta novela y te obliga a escuchar, otra vez, no solo la que se menciona (Coltrane, Gillespie, Monk…), sino la sugerida constantemente por la historia.
      Los personajes están bien trazados. Sobre todo doña Gloria, se nota que el autor ha tenido a alguien cercano donde inspirarse. El Atamante espectador, bisoño y aprendiz me gusta más que el Atamante actor, culto (demasiado), precozmente maduro y dueño de su destino. Que no se me olvide lo bien descrito y articulado que está Foxá, ademas dice una de las frases mas divertidas del texto: “No debe tomarse al pie de la letra lo que dice un escritor delirante, lo inverosímil suele ser verdad, y lo sensato, invención pura” (página 97); yo también lo creo. No sé si lo dijo en realidad, pero como suele decirse: “se non é vero, é ben trovato”.
      La esclavitud, como en “El corazón de las tinieblas”; las singladuras temerarias, como en “Moby Dick” y las aventuras de maltrato infantil, tienen todas ellas una atmósfera asfixiante de poca luz, de algo tétrico y sucio, de miedo, de falta de esperanza, de odio y claustrofobia, de “lo tenebroso impredecible”. Y aún cuando en este relato haya algo de todos esos libros, ni Kurtz, ni el capitán Ahab se parecen a don Crispo, y ni siquiera doña Margarita es Mr.Bumble. Hay mucha luz en esta obra, esa luz blanca y perpendicular, mil veces reflejada, del Caribe. Cuando el tatarabuelo de Atamante libera a los esclavos, me venían a la cabeza las alegres viñetas de Tintín y el capitán Haddock sacando, del fondo de la bodega del “Ramona”, a todo ese «stock de coque”. Ese optimismo y esa extraña calidez puede que vengan de algo que sabe el autor, pero que no puede decir porque la acción termina en 1966. Quizás sepa que la maldad es simplemente una parte muy pequeña de la enorme estupidez humana. Al contrario que Fernando, ni Conrad, ni Melville, ni Dickens, estuvieron en Chernobyl.
       Resumiendo, si yo fuera el autor ya estaría escribiendo mi segundo libro. Hay cualidades que se tienen o no. Fernando las tiene de sobra y seguramente dentro de poco podrá escoger entre: “… either fortune or fame, you must pick one or the other though neither of them are what they claim” (“Just Like Tom Thumb’s Blues”, Bob Dylan, 1965). Y si me admitiera un consejo le diría que, como en la música, hay que valorar los espacios, que son tan importantes como las notas. Nos dice Eliana en la página 315: “…no es necesario ser tan explícito”.