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La guerra civil española según Aurelio Arteta

por Alberto López Echevarrieta

Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 14 de enero al 7 de abril de 2013

El Tríptico de la guerra, realizado por el pintor Aurelio Arteta en 1937 y que pertenece a una colección particular, se expone con todos los honores en el Museo de Bellas Artes de Bilbao dentro de su programa “La obra invitada” que patrocina la Fundación Banco de Santander. Es una excelente oportunidad para admirar los tres óleos que conforman una de las obras más significativas de la pintura vasca.

La obra

El Tríptico de la guerra, compuesto por tres óleos de respetable tamaño (161 x 120,5 cms. el panel izquierdo; 178 x 166,5 cms. el panel central; y 161 x 120,3 cms. el panel derecho), fue pintado en Biarritz por Aurelio Arteta (Bilbao, 1879-México D. F., 1940) durante un exilio motivado por la Guerra Civil española. Este alegato antibelicista, última gran obra de todo un ciclo de arte vasco, tiene una capacidad de simbolización mucho más profunda y más compleja dentro del carácter simbolista que siempre tuvo la pintura de Arteta. Aunque no hay una referencia directa, lo más probable es pensar que para elaborarlo el artista tuvo presente el bombardeo de Gernika. De hecho, se dice que, en su momento, el también pintor Julián Tellaeche propuso que este cuadro sustituyera al Guernica de Picasso en el pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937. La idea no llegó a cuajar entre otras cosas porque Arteta admiraba a Picasso y no se veía con derecho alguno para sustituirle.

Durante mucho tiempo se habló de la tesitura vanguardista que puede tener el Guernica de Picasso con respecto a esta obra de Arteta. Pasados los años, podemos ver que el trabajo del malagueño es muy personal, derivado de sus planteamientos cubistas y de una impregnación surrealista, mientras que el tríptico del vasco es una de las grandes obras del noucentismo.

El contenido

Este tríptico se ha interpretado como un alegato contra los 37 bombardeos indiscriminados realizados durante la Guerra Civil española por los sublevados contra poblaciones vascas y de las que Gernika es el ejemplo más característico. Los paneles no están pintados de la misma forma: El primero (el frente de guerra) y el tercero (la retaguardia) tienen un tono más oscuro y sórdido que el central (el éxodo) que tiene una buena iluminación y es el de mayor tamaño. El primer óleo representa el frente bélico con el protagonismo de un soldado joven que, impotente, contempla el bombardeo. A su lado yacen muertos dos compañeros, también jóvenes, enfatizándose así la muerte de la juventud.

El tercer panel representa la muerte de una madre y su hijo, tal vez la esposa y el retoño del soldado de la pintura anterior, con lo que se completa la destrucción del triángulo familiar. Tiene además un buey muerto y un perro que aúlla lamentando esa pérdida junto a los restos de un edificio abatido por las bombas, lo que simboliza la muerte de toda una tradición. Son detalles que denotan la muerte de la juventud, la tradición, el núcleo familiar y la civilización.

Dentro de esta interpretación encaja perfectamente el panel central en el que la relación de las figuras ahonda en la destrucción del elemento central de la secuencia familiar generacional:  El abuelo abrazando al nieto supliendo así la carencia del padre que ha desaparecido; los novios que se despiden sin saber si van a volver a verse; la mujer aupando al niño para que le vea su padre desde las barcas del fondo; otro hombre con el petate al hombro dispuesto a desaparecer del pueblo; una muchacha desolada apoyándose en una pared; y finalmente una mujer mayor que triste y amargamente reflexiona sobre la destrucción de todo ese mundo tradicional.

La importancia

Este tríptico tiene una importancia excepcional por encima de los simbolismos apuntados ya que, en palabras de Juan Viar, director de la pinacoteca vasca, “supone el fin de toda una época artística tanto histórica como plástica, porque a partir de él se acaba con la representación de ese mundo tradicional que durante medio siglo exaltaron grandes artistas, empezando por Guiard y Guinea y terminando por Arteta, los Zubiaurre, los Arrúe, etc.”.

 Termina así un período del arte vasco y empieza otro con formas que no tienen nada que ver con esto. Es tiempo para Chillida, Oteiza, Mendiburu, Balerdi, Larrea… Surge una nueva generación que está en otra tesitura estética.