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Idoia Arbillaga: “Pecios sin nombre”

por Angel Luis Luján

Amargord, Madrid 2012. 82 págs.

Pecios sin nombre, el primer poemario de Idoia Arbillaga, es un libro paradisiaco y a la vez maldito, salvaje y tierno, clásico y vanguardista, y su lectura supone un choque y un encuentro con realidades vitales y literarias.

Su carácter dual y contrastante, de intenso diálogo consigo mismo y con el lector, se aprecia ya en su estructura, compuesta por dos grandes bloques antagónicos y a la vez complementarios: “Los tacones de Eva” y “El puñal de Adán”, flanqueados, en la mejor tradición clásica, por un proemio y un epílogo. “Mitades” llama la autora a estos dos bloques, lo que refuerza su complementariedad. El poemario adquiere así la forma de un ser andrógino, de una ambigüedad sexual que nos recuerda a Whitman y su canto al ser dual que se esconde siempre en eros. De ahí la “doble sed” con que se cierra el libro. El panerotismo de estos versos contiene aciertos como la serie de sonetos, que remedan un cancionero petrarquista en clave erótica, con el escenario turco al fondo y el relato, en el foco, del amor entre dos mujeres; apuesta arriesgada, por la que no suele transitar mucho la poesía española y mucho menos en una forma clásica como el soneto. De ese osado contraste entre la absoluta novedad y la tradición más acendrada surgen las centellas que iluminan el libro.

Las referencias al Paraíso apuntan también hacia la búsqueda y recuperación de un lenguaje primigenio, originario, en el que el nombrar coincida con la emoción, en pura desnudez, aunque hiera, aunque lleguemos a los sonidos elementales: “Llanto de bosque recién talado / parte en dos la memoria poblándola de cangrejos, / el estertor de un niño y el vagido de una anciana” (p. 70). Por eso los poemas de Idoia Arbillaga son de una intensidad cercana, a base de anáforas, repeticiones y paralelismos que penetran al lector, que a veces lo mecen en un ritmo de encanto, con suavidad como en “El baúl invisible” (p. 17) y otros lo llevan a un límite de tensión: “Quiero abrazar el planeta, con sus lagos y sus ríos. / Quiero montañas agrestes frotándome los senos. / Quiero cardúmenes vivos de peces mariposa. / Quiero ganado infinito, piel humana y verde absenta” (p. 37).

El legunaje actúa, pues, en el libro como algo matérico y palpable, sensual e hiriente, en la mejor tradición de la vanguardia pero con soterrados mecanismos del dominio de la poesía clásica. Debido a esos límites del lenguaje encontramos acuñaciones léxicas inéditas y de una fuerza indudable: “precipicio-escalofrío” (p. 32), “droga condena” (p. 43), “amor-cangrejo” (p. 44), “hombre-poema” (p. 53), “amor-tao” (p. 57), “palabras-escorpiones” (p. 70). Hay que hacer notar la insistencia en esta fauna salvaje y venenosa, de una violencia primigenia: el poemario está lleno de cangrejos, escorpiones, alacranes, como esa “gravilla del camino” que “se hizo de un rojo alacrán” (p. 37), color nuevo en el idioma y que nos muestra una realidad en continuo cambio, en una metamorfosis que convierte todo lo estático en un torbellino de movimiento y de locura, de asechanza y suavidad en brusco contraste: “Luciérnaga de tez blanca, inoculas en mi vientre” (p. 36).

El libro está lleno de sorpresas. A cada momento encontramos recuerdos del surrealismo mezclados con símbolos de la tradición mística, no solo española, sino también oriental. Hay imágenes oníricas y poderosas: “como un cristal arrugado” (p. 41); “Quizá un ciervo enamorado triturase / la voz de los obispos” (p. 42), y a veces lo visionario toma un matiz alegórico como en el poema III de la “Serie afónica”: “Todos somos cazadores en las sendas del amor” (p. 43), y en este sentido va la cita de Dylan Thomas con que se abre la “Segunda mitad”. La cumbre de lo alegórico visionario está, a mi parecer, en el poema titulado “Laio”, que abre la “Serie afónica II”.

No deja de haber algún guiño al simbolismo, como ese “Pentagrama en clave de luna” (p. 61). Pero es el mar el símbolo más perceptible en las página de Pecios sin nombre, principalmente en su aspecto más envolvente, de inmersión y de descenso, como un refugio ante el mundo turbulento: “No hay lugar más seguro / que el fondo del mar” (p. 49); un mar que es a la vez el lugar de la posesión total, del éxtasis amoroso; mar que impregna o que se refleja en otros lugares del poemario como la “saliva estival” que envuelve al sujeto lírico (p. 66) o “la vieja bañera de mis sueños” donde “licuaré tu cuerpo” (p. 54).

Un libro complejo, intenso y bello, con variedad de ritmos, entre el verso libre, el verso clásico y el juego continuo con el pie quebrado, que sorprende a cada paso al lector, y que lo sumerge en el lugar en que los nombres naufragan, pero su belleza y su fuerza permanecen.