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Fernando Ariza: “Fuiste el rey”

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Fernando Ariza: “Fuiste el rey”

por Ana Isabel Ballesteros

(Editorial Tres Hermanas. Madrid, 2019. 220 págs)

Cinco años después de Ciudad dormida, Fernando Ariza publica un relato con ciertos elementos sociológicos que lo convierten en realista y con arranques que lo asocian al género de la novela psicológica. Sin caer en el intimismo descriptivo, conjuga acertadamente acción e indicios de introspección, al tiempo que el encadenamiento y organización de sucesos y recuerdos va creando constantes intrigas.

            Ariza domina el engarce de circunstancias no solo verosímiles, sino cotidianas y aparentemente banales, pero son ellas las que van propiciando los acontecimientos y luego aclarándolos, como también la selección de detalles precisos que las circunscriben al hilo argumental. Igualmente, los personajes elegidos en paralelismo o en contraste con el protagonista lo definen y delinean.

“La primera leche nunca se vomita” es la frase lapidaria con que ese protagonista inicia una investigación en sus adentros, a la caza de algo que le permita dar con las causas últimas del fracaso vivencial que atisba, cuando, uno detrás de otro, amenazan con troncharse todos los elementos que se habían reunido para conformar con Noelia una existencia apacible. Los esfuerzos por liberarse de las normas y presupuestos sociales y familiares, de esa “primera leche”, parecían haber culminado en una victoria, que al cabo resulta demasiado endeble: un cólico nefrítico tratado penosamente con una mezcla de analgésicos y alcohol, sumado a los pactos con la mediocridad en que siempre ha vivido y a un orgullo inconveniente, le abocan a una concatenación de errores que le dejan sin trabajo y en riesgo de perder a su mujer.

La desdicha interior del protagonista procede, en gran parte, de haberse visto siempre entre personas que lo superan por edad, experiencia, posición, popularidad o inteligencia sin exigir demasiado de él, quizás por notar sus limitaciones; y también de haber carecido de suficientes estímulos y energía para desarrollar su potencial y para domeñar su indolencia y dejadez. Pero el sentimiento de inferioridad le abruma una vez casado con una mujer lista, activa y resuelta, y además atractiva hasta el punto de creerla inalcanzable, una mujer con muchas más habilidades que él para lograr éxito social y económico en plena crisis, por la cual prueban suerte en Bruselas. Esa mujer, Noelia, procedente de un entorno menos acomodado, sin duda se sintió atraída en principio por el poso apreciable en el protagonista de la educación, las buenas maneras y relaciones, es decir, por lo adquirido sin esfuerzo en su círculo, pero acusa en silencio sus defectos cada vez más evidentes según transcurre el tiempo, y eso acaba de perturbar al personaje masculino, que pierde la seguridad en sí mismo y en la solidez de su matrimonio.            También Rashid, un vendedor musulmán que no gana lo suficiente para mantener a su mujer, sufrirá el mismo tipo de engaño que Noelia, y creerá al protagonista un buen apoyo para que no le obliguen a divorciarse. La cierta analogía que se establece entre las dos parejas, así como el descalabro y empeoramiento de la situación de Rashid provocada por el personaje principal al actuar, como en otros momentos decisivos de su vida, llevado por el primer impulso, el enfado momentáneo o un sentimiento difuso de dignidad u orgullo, anuncian el desenlace subsiguiente, si un giro de la acción o de la actitud no lo modificara.

El narrador sigue al personaje principal en sus deambulares y pensamientos pero, consciente de su ineptitud también él, no solo sirve de intermediario en cuanto a sus peripecias presentes, sino que redacta en su lugar, diestramente intercalados, los relatos contenidos en las páginas de un cuaderno que el protagonista va rellenando a modo de terapia de autoayuda. Con todo, el narrador procura también un juego de espejos, al señalar que su protagonista, después de algunos titubeos, opta por escribir sobre sí mismo en tercera persona, de manera que, de acuerdo con una fórmula distinta a la del estilo indirecto libre, al menos en algunos fragmentos no cabe establecer una disociación clara entre narrador y personaje.

El personaje parece desear encontrar fuera de sí mismo la razón de su medianía, que le convierte en inhábil para afrontar y superar los escollos, cuando al mismo tiempo dispone de modelos de conducta, interiorizados pero encarnados en personas conocidas, modelos de los que se sabe distante. Y al sentirse hundido, espoleado por la fiebre de su cálculo renal, las sustancias ingeridas, la memoria y la interioridad despabiladas, reacciona con alardes de fuerza contra todo aquello ante lo que percibe alguna forma de su propia impotencia.

Se mantiene el suspense en torno a las emociones que el protagonista experimenta con un mendigo con el que se identifica en un sueño y al que cree haber visto en determinados momentos de su vida, mendigo que, al mismo tiempo, constituye un símbolo de sus temores: temor de que se destruya del todo su ilusión de autosuficiencia y depender nuevamente de sus padres, temor de verse en la necesidad de deponer su altivez, temor y rabia de saberse menos capaz que Noelia… temor de que haya una explicación biológica para esa vinculación con el pordiosero… quizás porque entonces se sentiría determinado, encadenado a un destino semejante, sin posibilidades de modificar su futuro ni mejorarlo.

El lector asiste a experiencias frecuentes en nuestra sociedad, sometida en solo dos generaciones a fuertes cambios en las relaciones humanas y en los roles sociales y familiares. Ariza suma y combina los ingredientes justos para que se manifiesten en toda su viveza, sin dramatizarlas, con engranajes psicológicos veristas pero sin explicaciones molestas ni implicaciones ideológicas, y resuelve el conflicto con las armas del sentido común.