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«Algarabía»

por Redacción

Ed. El Perro Malo. Madrid, 2016, 183 págs. Por Mª Ángeles Maeso

FullSizeRenderAlgarabía es el cuarto título de una nueva editorial que ya se está haciendo oír. Cada uno de ellos, con su particular diseño y maquetación. En la portada de éste no aparecen los nombres de sus seis autoras, que se ocultan bajo el título, Algarabía, única palabra que señorea entre unas golondrinas y el árbol que componen la bellísima ilustración de la pintora Flavia Totora, una de las narradoras. Este es un libro colectivo, recoge textos de seis mujeres, para las que escribir no es una experiencia nueva como tampoco lo es publicar, ya que todas lo han hecho sobre otras áreas profesionales o artísticas. Sin embargo, esta Algarabía les supone estrenarse muy dignamente en la literatura.

Las historias de Herminda Cubilla suceden en un tiempo que no avanza, ancladas en un presente inmóvil donde las preguntas insisten como salmodia en labios de una anciana (Qué hora es) sea cual sea la respuesta, vuelven como nuevas. Si ese tiempo da un paso es hacia atrás, es adonde las viejas manos del presente eran ágiles y fuertes y las palabras no iban en cadena como las letanías o los romances. Con frecuencia, el tiempo de sus relatos es el de un pasado,  biográfico o inmemorial, (El verano del diluvio) que agudiza su tensión en el contraste con el presente desde el que se evoca. De ese tiempo fuera del tiempo extrae Herminda poderosas imágenes de las que se sirve para esencializar su narraciones y en las que el personaje de la madre no suele faltar.

En las historias de Teresa Ruano discurre un narrador cercano, que nos habla con naturalidad y hasta con cierta ingenuidad y en las que, sin embargo, late un misterio (Montecarlo, La apuesta) que sujeta nuestra atención hasta el final, donde a menudo, nos remite al inicio para hacer una lectura  circular, con su guiño de pez que se muerde la cola, y dar un vuelco sorprende a la historia (El buitre). La levedad de sus historias es sólo engañosa: ahí está la metáfora de los pies de mármol apareciendo constantemente.fotoAunque se mide con la paleta surrealista (El laberinto verde), la mayoría de los cuentos de Marta Torres fijan con precisión un referente real. La muerte y el dolor señorea en sus relatos, en ellos muestra los bordes de la vida, por esos límites discurren sus historias en las que aún pervive un gesto humano: Una ciudad, Madrid bajo las bombas de una guerra, es contada por quienes la vivieron de niños, sin que el obús que recorrió el salón de casa les cortara el asombro para siempre; un grupo de refugiados que aún sonríe ante los saltos de unos delfines; el suicida que traspasará su salvación a otro; el bibliotecario del infierno que poco antes de morir abre las puertas del saber encerrado y lo traspasa a una estudiante; la niña que en medio de la explosión lanza un beso.

Flavia Totoro Taulis es pintora y su escritura está cargada de sensorialidad, crea poderosas imágenes que operan a veces como símbolos: el galope de los niños en monturas de madera; la gota de agua que claudica su resistencia para acabar embotella; las plumas de Ícaro abrasadas en la cazadora canadiense; la blanca mariposa que besó a la niña Omayra antes de que muriera; el discurso del perro que no solo muerde en Boticcelli; una estrella de mar que corona la cabeza de su captora… Imágenes que, tras la lectura, resisten en su silencio de piano mudo, en nuestra memoria sensorial.

En el primer relato, Raquel Benito nos invita mirar el mundo desde un cubo de zinc con agua; el agua que ondea en su soneto donde los niños se la juegan con tormentas marinas y piratas. El agua que en otro relato es lluvia torrencial, capaz de romper una presa y el agua por donde navega el crucero del último de sus relatos. Sus espacios son el campo, los pueblos que se dejan sobrevolar por una cigüeña y recogen su mirada de naturalista, la que presenta en la lenta y minuciosa crónica de la mariposa Adelina que dedica a volar sus últimas horas.

Los poemas de Belén García Nieto no son escapistas, salen de materia tangible, de coordenadas espacio temporales nombradas; su modo de presentar el amor o el dolor remite a sujetos no idealizados, habla de cuerpos concretos, que viven en lugares precisos y en horas marcadas por la historia. Celebran el deseo y el eros como fuerza capaz de romper el solipsismo. Belén sabe que poner en relación la mínima anécdota personal con el contexto social es asunto de palabras. Y ahí radica la fuerza y belleza de sus poemas.

Me cabe la alegría de haber compartido con ellas muchas horas y horas sobre lo que importa, sobre eso que merece ser escrito para preservarlo del olvido. Y me alegra comprobar cuántas historias, de eso que verdaderamente importa, están bellamente expresadas aquí. Salvadas por estas seis autoras. Gracias a todas ellas por haberlas escrito.