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Rosario de Velasco

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Discos

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Brittany Howard, la música como terapia alternativa

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“La ruta del mantón de Manila.La feliz unión entre Asia, Hispanoamérica y España»

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María Amézaga Massalleras: «Paco Durrio, Viviendo París»

por Alberto López Echevarrieta

Edición: Muelle de Uribitarte Editores y Fundación Bilbao 700. 2013. Páginas: 149.

Dentro de su colección “Bilbainos recuperados”, Muelle de Uribitarte Ediciones y la Fundación Bilbao 700 acaba de publicar el libro Paco Durrio, Viviendo París, una visión personal y documentada realizada por María Amézaga Massalleras en torno a la figura de uno de los orfebres, ceramistas y escultores más importantes que ha dado nuestro país y que no sólo tuvo una notable influencia en las carreras de Gauguin y Picasso, sino que fue anfitrión de buen número de artistas españoles que fueron a París a principio del siglo pasado buscando fortuna en el mundo de las artes.

A pesar de que el nombre de Durrio aparece citado en numerosas biografías relacionadas con la época señalada, su obra ha permanecido poco menos que olvidada hasta que ahora el Museo de Bellas Artes de Bilbao le dedica la primera retrospectiva, publicando a la vez un interesante catálogo dirigido por Javier González de Durana, comisario de la exposición. La aparición del presente libro, escrito por María Amézaga que también colaboró en el citado catálogo, coincide con estos eventos. Todo este material actualiza la obra de Francisco Durrio haciéndole justicia tras muchos años de olvido.

El enlace en París

                A principios del siglo XX, cuando París era la meca de las artes, existía el run-rún entre quienes aspiraban a artistas de que el enlace ideal en la aquella capital era un castellano de ascendencia francesa que, viviendo en la bohemia más literal, daba cobijo a cuantos iban de aquí solicitando ayuda y contactos para salir adelante. Se llamaba Francisco Durrieu de Madrón (Valladolid, 1868 – París, 1940), Paco Durrio para los amigos, y, aunque pobre de naturaleza, tenía muy buenas relaciones.

                He investigado sobre Paco Durrio durante varios años, nos dice María Amézaga, autora de esta biografía. He buscado datos biográficos y he descubierto obras de arte nuevas de cara a su catalogación. Me he volcado fundamentalmente en París, donde vivió durante 52 años. El resultado dio pie a mi tesina que defendí en 2010 y ese ha sido el soporte para la realización de este libro. La mayor dificultad que he encontrado ha sido tener que poner, temporalmente límites a la labor investigadora que espero poder retomarla en breve en la necesidad de conocer más cosas de él”.

¿Labor ignorada?

                Resulta curioso que, a pesar de la larga trayectoria de Durrio, su obra es relativamente breve. Tal vez, como señalaba en la presentación del libro Javier Viar, director de la pinacoteca bilbaína, todo se deba a que el artista firmaba sus trabajos con un logo muy particular desconocido para muchos, incluso para los relacionados con el mundo del arte. Es posible que haya obra diseminada en pinacotecas y en colecciones particulares sin que sus propietarios sepan de la autoría de Paco, un hombre que nació casualmente en Castilla, aunque se le considera bilbaíno por la íntima relación que tuvo con los artistas que salieron de la capital vizcaína.

                “Soy sensible a su obra, añade Amézaga, sin importarme si es escultura, orfebrería o cerámica. Él pervive a través de sus piezas. La casi totalidad de su producción se traduce a obras de arte de factura pequeña, pero lo que de ellas trasciende multiplica, y por mucho, esa dimensión. Para entender el universo artístico de Durrio hay que ceñirse a Gauguin, su maestro, a quien conoció estrechamente en París y fue clave en la definición de su propio trabajo artístico. Persuadido por los postulados de aquél, Durrio profundizó hasta llegar a su faceta más personal llena de seres misteriosos, mitológicos y oníricos”.

La bohemia parisina

                A través de 149 páginas, la biografía que comentamos incide en el aspecto humano de este personaje tan curioso como artista, que fue maestro de un Picasso previo al cubismo con el que acabó enfrentándose por no coincidir en gustos artísticos. Un gran desconocido que ha sido felizmente recuperado.

                “Lo que para mí comenzó siendo mero interés por la figura artística de Paco Durrio se tradujo en verdadera devoción por alguien con una personalidad tan coherente y sólida sumado a una vida tan apasionante en París, añade la autora de libro. En lo personal destacaría de Durrio su generosidad y la prioridad que daba a este aspecto para con sus seres queridos y sus amistades. Bohemio por excelencia, se fue de esta vida y como había permanecido en ella. Paco Durrio, en 1936, cuatro años antes de su fallecimiento, le decía en una carta al pintor Manuel Losada: “Yo sigo siempre prisionero de esta bohemia de la que todos los esfuerzos que hago por liberarme resultan estériles”.

                El nuevo libro contiene numerosas ilustraciones, muchas de ellas en color, que sirven para hacernos una idea del personaje desde un punto de vista humano. Deshace muchas creencias en el sentido de que fue un creador tan prolífico como misterioso y hasta enigmático por el hecho señalado de que aparece citado en biografías de grandes artistas, pero sin profundizar en el papel que jugó en esas vidas. Otro aspecto notable es la fidelidad que siempre tuvo a unos ideales que le mantuvieron al margen de nuevas tendencias más demandadas y que, de haberlas seguido, le podían haber enriquecido.