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Carmen Payá Mira, una mujer valiente y luchadora

por Julia Sáez-Angulo

Carmen Payá Mira (1917-1996), una mujer alicantina, de Monóvar, residente en Madrid, que colaboraba con frecuencia en periódicos. La he recordado y he querido escribir sobre ella. Era buena amiga del director, Emilio Romero, quien la invitaba a colaborar en el diario Pueblo y a todas las fiestas de la empresa, porque con su figura singular de mujer rubia con ojos azules, su modo de vestir entre exótico, extravagante, hollywoodense o pasado de moda, y sus modales de princesa autosuficiente, ponía una nota de notoriedad en medio de los numerosos invitados convencionales. Carmen atraía las miradas y las cámaras como nadie. Hubiera podido cobrar por asistir a estos eventos, pero ella no hubiera permitido medirse con esas muñecas insípidas que aparecen en el papel couché. No le hubiera venido mal cobrar ciertos honorarios, porque nunca la vi holgada en lo económico, pese a que había nacido en una familia adinerada, pero nunca fue pedigüeña ni quejumbrosa. Todos la saludaban con deferencia, besándole la mano enguantada.

Carmen Payá colaboró en los periódicos Pueblo, Ya y ABC. Desde joven lo había hecho en periódicos de Monóvar, Elda y Alicante como Renovación, o, La Cháchara.

La conocí en los años 80, en uno de estos saraos y me pareció encantadora. Una superviviente nata de los diversos y difíciles avatares que tuvo que soportar en su vida, debido a las circunstancia políticas y sociales que le ofreció su país, España, en los años 30 y 40 principalmente. Todo ello lo reflejó en su libro de memorias “Una mujer y tres cárceles: memorias de amor y dolor”, que tuvo la gentileza de dedicármelo.

Lo de su paso por las cárceles femeninas de España, nada menos que después de la guerra civil, tenía su explicación. Al estallar la contienda dejó Madrid y regresó a su pueblo natal, Monóvar, donde militó en el partido Sindicalista y fue la primera concejala del municipio. Esta filiación política, su cargo en el Ayuntamiento y sus actividades del momento fueron consideradas causa suficiente para un consejo de guerra en 1939, por auxilio a la rebelión y por perseguir a una familia de derechas, que le aplicó nada menos que 20 años de cárcel, pena que más tarde, quedó conmutada en doce y con la amnistía de 1943 se redujo a cuatro años. Ingresó en la cárcel de mujeres de Santa Clara, en Valencia, ciudad de la que no guardaba buen recuerdo, pese a conservar un piso en la misma.“Cada vez que me marcho de Valencia, sacudo mis sandalias como hizo San Vicente Ferrer. No soporto esta ciudad ni a su gente. Prefiero Alicante, con diferencia”, decía.

Carmen Payá se había casado dos veces y tuvo hijo e hija respectivamente de cada uno de sus maridos, que prácticamente no llegaron a conocer a sus vástagos, porque murieron al poco de nacer. El primer matrimonio fue a los 18 años, y el esposo falleció a los diez meses de nacer su descendiente. El segundo matrimonio lo hizo, a los 29 años, en 1936, pero, al poco de nacer su hija, el marido desapareció en el frente de la guerra civil española. “El matrimonio no era lo mío y no volví a intentarlo más veces”, contaba con humor.

Carmen había estudiado Piano, y Filosofía y Letras, por lo que tenía una formación esmerada, de la que tuvo que echar mano para sobrevivir, a base de conciertos y colaboraciones de prensa y numerosas conferencias por distintos foros, también en el extranjero, donde elogiaba la Historia y la Literatura de España. El marqués de Lozoya la apreciaba y admiraba por esta labor llevada a cabo sin ayuda institucional alguna. “Los libros no dan dinero, a menos que se revelen como superventas”, decía.

Ya instalada en Madrid, Carmen publicó en 1934, Las Aventuras de un hombre tímido en París, novela de aventuras.

Mujer viajera impertérrita, conocía bien la capital francesa y podía traducir del francés. Ella recorrió desde muy joven países de Europa, África y Asia. Era una mujer valiente y muy libre, muy consciente de su valía como mujer, feminista y defensora de los derechos de la mujer a la educación y a gobernarse por sí misma, frente a las servidumbres, a las que el Código Civil del momento sometía a la mujer, respecto al padre, primero, y al marido, después.

Más adelante también publicó el ensayo “La mujer y su significación en la vida actual” (1961), conferencia de final de curso en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, AEAE, y “Una mujer triunfa” (1963).

Carmen Payá murió en Elda (Alicante) a los 79 años. Pese a las dificultades y sucesos de su vida, no guardaba rencor alguno al antiguo régimen, o al menos no lo mostraba. Se la veía como mujer serena, animada y positiva. Lejos de la pena y la queja. Una mujer patriota, orgullosa de su país. Su españolidad fue un hecho comprobado. Se relacionó con gente culta que la respetaba, como Emilio Romero, que le abrió las puertas de su periódico para colaborar, o del marqués de Lozoya, Fernando Vizcaíno Casas o Carmen Llorca.

Con motivo de la discutida y cuestionada Ley de Memoria Histórica de 2007, en tiempos del presidente Rodríguez Zapatero, (lo que es memoria, no es Historia, dice los historiadores con rigor), el Ayuntamiento de Monóvar decidió cambiar las denominaciones de algunas calles del municipio y aprovechó la coyuntura para poner nombres de mujer, apenas visibles en el callejero. Carmen Payá Mira fue una de ellas. Seguro que estaría contenta de ver su nombre en una placa en lo alto de un muro de su localidad alicantina natal.