Antonio Moresco: «Los comienzos»
por Mercedes Martín
(Impedimenta, 2023. 672 págs)
Hubo un tiempo en que detrás de las palabras y dibujos de los libros, ya fueran de piedra, de arcilla o de papel, se escondía el mundo en forma alegórica y simbólica. Se creía en el poder revelador de las palabras, aunque (o precisamente porque) pocos sabían leer y la gente encontraba signos en el mundo circundante. “El hombre medieval vivía efectivamente en un mundo poblado de significados, remisiones, sobreentendidos, manifestaciones de Dios en las cosas, en una naturaleza que hablaba sin cesar un lenguaje heráldico, en la que un león no era sólo un león, una nuez no era sólo una nuez, un hipogrifo era tan real como un león porque al igual que éste era un signo, existencialmente prescindible, de una verdad superior”, escribió Umberto Eco.
En Occidente este tiempo suele identificarse con la Edad Media, un tiempo considerado “de ignorancia”, o lo que es igual, de creencia supersticiosa. Un tiempo en que el vulgo, que no entiende latín, escucha cada domingo el sonido familiar de “las palabras latinas, con su temblor enigmático y litúrgico”, como dejó escrito Valle al final de su Divinas palabras.
Por eso mismo, en una época escéptica y mercantil como la nuestra, el sentido no se descubre, sino que se produce, se compra y se vende, y los valores son, por supuesto, intercambiables. Como ya dijera Weber al describir la Modernidad, haría falta un líder carismático y responsable que inspirase con su ejemplo y dirección la respuesta a las preguntas fundamentales: qué debemos hacer y cómo debemos vivir.
Antonio Moresco escribió su trilogía Juegos de la eternidad durante largos años (cuarenta) para encontrar la respuesta a estas preguntas. Aunque el libro no se presenta como una autobiografía y jamás se dice el nombre del protagonista, Moresco vivió, como el protagonista, tres vidas aparentemente opuestas: una como seminarista, otra como activista y la última como escritor. Y mientras que hoy en día se tiende a la extensión breve, el autor llenó miles de páginas… De modo que estamos ante un libro cuya pretensión y extensión pertenecen a otra época. La época del significante lleno de significado. Es esta una escritura-mundo o, como dice el autor, “una escritura tan constante que crea su propia regla”.
En este primer volumen de la trilogía, titulado Los comienzos, es la vida del seminarista la que se narra. El lenguaje se enfoca en el verbo y el sustantivo, el silencio impera no solo por la vida monacal que se describe sino también por la ausencia de diálogos. El chico observa, palpa las telas y objetos de la vida monacal, respira y se adormece en el aire del claustro y su rutina, y mientras tanto una mente inocente y ávida de experiencias se despliega ante nosotros con todo lujo de detalles:
“Me daba la sensación de que, en el cielo, el fragor de las estrellas aumentaba sin mesura: planos completos del espacio iban a la deriva, su corrimiento trituraba firmamentos, mientras Dios era presa de la angustia ante lo ilimitado. «En otros tiempos —me parecía oírlo vociferar en silencio en el espacio—, Yo era una libérrima y magmática papilla que hacía estragos en lo increado, hasta entonces intacto. ¿Qué le ha ocurrido a mi mente? Una idea jamás concebida y que, sin embargo, estalló. El límite se rebasó por primera vez, se desbordó, cuando envié a mi hijo a la Tierra. Así que esta vez me encarnaré en un bacilo.”