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Crónicas Escurialenses. Memoria de los curas fusilados en la Piedra del Mochuelo

por Julia Sáez-Angulo

Toda Guerra Civil es la visita de Saturno para devorar a sus hijos. La Guerra Civil Española de 1936-39, GCE, no es una excepción sino la corroboración más explícita del aserto. Todos los veranos, el 11 de agosto escucho en la sólida y hermosa iglesia de San Bernabé, edificada por Francisco de Mora en 1595 el recuerdo emocionado de la saca de tres sacerdotes de aquel hermoso templo, para llevarlos con violencia al denominado la Piedra del Mochuelo, en la carretera de Valladolid, para fusilarlos, junto al padre Teófilo Benjamín Fernández de Legaria Goñi (Torralba del Río. Navarra, 1898-El Escorial, 1936), del convento de los Sagrados Corazones, que fue también fusilado, en su caso por la espalda, mientras se dirigía al paredón.

            Sus nombres resonaron de nuevo en la iglesia de san Bernabé: Víctor Navalpotro Hernando (Soria, 1880-El Escorial, 1936) era el párroco; Antolín Rodríguez de Palacio (Truchillas. León, 1913-El Escorial, 1936 y Arecio Mendoza García, sacerdotes adscritos por el Obispado a la  parroquia de San Bernabé. Los tres están enterrados en el cementerio de El Escorial.

    Don Teófilo, corazonista, había creado en su convento un Hospital de Sangre en favor de todos. Los primeros son siervos de Dios, camino de su canonización, y el padre Teófilo, ya es considerado canónicamente como Beato. Lo mandó matar un miliciano al que el corazonista había favorecido en varias ocasiones.

            En paralelo fueron asesinados en Paracuellos del Jarama 73 religiosos por milicianos del Frente Popular, 63 de esos religiosos procedían del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en los días 28 y 30 de noviembre de 1936. Los primeros años de la GCE fueron brutales en el frente y la retaguardia.

            Relato por vez primera 

            Pese a llevar varias décadas veraneando en El Escorial y escuchar emocionada, cada año, el relato de estas muertes en la iglesia de San Bernabé (es de justicia que una parroquia recuerde el aniversario de su párroco y otros dos curas inocentes asesinados), va a ser la primera vez que yo escriba una crónica sobre la conmemoración de aquellos sucesos. Quizás, en años anteriores, no lo consideré políticamente correcto y fui cómoda o cobarde por ello, pero en estos tiempos de memoria histórica y memoria democrática, he pensado que ya es hora de hacerlo. La verdad es un tigre que salta con sus garras o repitamos quizás el tópico: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.

            Recordemos que en la Guerra Civil Española se asesinaron nada menos que doce obispos, por simple y pura cristianofobia, anticlericalismo o eclesiofobia, que ya venía de atrás, en tiempos de la II República y que estalló, sin que el poder republicano lo impidiera. En ninguna guerra, en ningún otro país del mundo se ha dado tal “cosecha de muerte” en obispos. Las cifras aceptadas de esa cristianofobia que llevaba directamente a la muerte en la retaguardia durante la GCE son: 12 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas, con un total de 6.832 víctimas a las que hay que añadir más de tres mil seglares que padecieron por la misma causa: ser cristianos y no renegar de ello.

            El párroco actual de la iglesia de San Bernabé, don Florentino de Andrés Jalvo nos hizo a los presentes un recordatorio puntual de los hechos: los milicianos, primero detuvieron a los tres sacerdotes el 21 de julio de 1936 y los tuvieron encerrado en la iglesia en condiciones infrahumanas hasta las 22 horas del 11 de agosto de ese mismo año, cuando los sacaron y llevaron, como corderos inocentes, al matadero de la Piedra del Mochuelo, a tres km de El Escorial, en la carretera hacia Valladolid. Al día siguiente, 12 de agosto, se encontraron allí sus cadáveres. Al terminar el relato, el párroco de hoy rezó por ellos y por sus verdugos y nos recordó igualmente las palabras del Padre Nuestro enseñado por Cristo a sus seguidores en el Evangelio: Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Todos lo escuchamos con respeto y en silencio.

            En la canonización en Tarragona, el 13 de octubre 2013, de 522 mártires de la Iglesia en la zona republicana durante la GCE, el cardenal Amato, enviado por el Papa Francisco, afirmó que “los clérigos asesinados fueron víctimas de “una radical persecución religiosa que se proponía el exterminio programado de la Iglesia”. A las cosas hay que llamarlas por su nombre. La revolución soviética había puesto su caldo de cultivo. Representantes de Rusia, asesoraban en Madrid.

            “Turba sin Dios” del pintor Soria Aedo

       Como crítica de arte, recuerdo un célebre cuadro titulado “Turba sin Dios” (1934) de pintor Alejandro Soria Aedo, pintado en plena II República, ¡antes de la GCE!, que da cuenta de esa cristianofobia existente, un cuadro, en la línea de los Disparates de Goya, comprometido y “exiliado”, hoy en poder de su nieto el pintor Alejandro Aguilar Soria.            “Turba sin Dios» es una pintura al óleo de gran formato (230 x 300 cm.) que representa la destrucción con saña de un gran Cristo crucificado por una turba de hombres  y mujeres enfebrecidos y alocados a juzgar por sus miradas, que llevan en sus manos todos los elementos para su destrucción: una soga en el cuello del crucificado para tirar de ella y degollar la imagen, una gran piedra para destrozar el cuerpo, una tea de fuego para la quema de la iglesia y la estatua y unas tenazas para destruirlo. Uno de los agresores, con una venda en la frente, viste ornamentos sagrados expoliados con mofa y escarnio y aparece en el ángulo lateral izquierdo de la escena representada. Nada menos que once figuras, cinco a un lado y seis al otro del cuadro, que rodean al Cristo como duodécima figura de la composición”, describía la crítico de arte Elisa Sáez en una ponencia del Congreso sobre Arte Político, organizado por AECA, la Asociación Española de Críticos de Arte, en el Museo Reina Sofía en 2015.

            El escritor republicano Arturo Barea lamenta estos hechos de odio, fuego y barbarie en las iglesias, en su trilogía “La forja de un rebelde”.

            Los hechos son los hechos comprobados ante la Historia y la memoria de cada cual es siempre subjetiva e interpretadora. Siempre duele más lo propio que lo ajeno, esto no hay quien lo dude. El recuerdo y la honra a los propios, muertos de manera violenta, forma parte de la piedad en la antropología humana. Cada nación, cada grupo, canta o llora sus gestas y sufrimiento. Cada familia llora y recuerda a los suyos. Es la intrahistoria de la que hablaba Miguel de Unamuno, más real y dolorosa, que la historia oficial y el relato móvil y amañado de los políticos, siempre sesgados hacia sus intereses de parte. Astutos rastreadores de votos, que llegan para sembrar la discordia.