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Gregory Porter, si el amor está sobrevalorado

por Xavier Valiño

Podríamos decir que Gregory Porter ha vuelto, pero probablemente ya se sabe. Probablemente se ha sentido retumbar la tierra, anunciando la voz de barítono insondablemente profunda de este hombre, o se ha sentido cómo cambiaba el aire cuando la calidez de su sonido llenaba la atmósfera como un abrazo llegado desde lo alto. Eso es porque All Rise, su sexto álbum de estudio, supone un regreso a la autoría original de las canciones de Porter.En él hay letras en las que nos abre su corazón, imbuidas de filosofía cotidiana y detalles de la vida real, arropadas con una música que es una mezcla de jazz, soul, blues y góspel. Producido por Troy Miller (Laura Mvula, Jamie Cullum, Emili Sandé), el álbum representa también la evolución del arte de Porter hasta convertirse en algo más enfático, íntimo y, también, universal. Después de Nat King Cole & Me, de 2017, Porter sabía dos cosas: una, que incorporaría una orquesta para su próximo disco, y dos, que la música es una medicina. En el espíritu de esa última revelación, All Rise incluye canciones sobre amor incontenible, además de un poco de protesta, porque el camino hacia la curación está lleno de baches.

“Sí, podría decirse que me hecho mayor”, dice Porter sobre su último álbum, que combina los talentos de los leales integrantes desde hace tantos años de su banda, una cuidadosamente seleccionada sección de viento, un coro de diez miembros y la sección de cuerda de la Orquesta Sinfónica de Londres. ”Pero, con toda franqueza, tal y como yo escribo dentro de mi cabeza, todo sucede inicialmente tan solo con voz y piano, y va construyéndose a partir de ahí. Es una sensación estupenda volver a los ritmos y los estilos y las sensaciones y al modo en que me gusta construir mi propia música desde el principio hasta el final”.

Mientras se grababa la parte de la cuerda en Abbey Road, el núcleo de All Rise se completaba en dos lugares: en Los Ángeles, en los legendarios Estudios Capitol, a tan solo un par de horas de la casa de Porter en Bakersfield, y en un coqueto estudio en el barrio de Saint-German-des-Près de París, un refugio histórico para la literatura y el jazz. La idea era que Porter empezara sus días explorando las calles y los cafés de París, se atiborrara de cafés y croissants, para luego ir tranquilamente a grabar durante unas horas. Pero esta estrella sigue siendo un obrero por naturaleza. Tenía un trabajo que hacer, de modo que estuvo al frente de su banda día y noche a lo largo de estas canciones, afrontando los retos del proceso paso por paso. ”Con toda franqueza, había algo de frustración por parte de la banda, del tipo de ‘¡Este es el octavo estado de ánimo diferente que hemos puesto en esta canción!’ Y yo decía algo del tipo de: ‘Sí, ya lo sé. Vamos a seguir con el noveno’“, recuerda Porter con una sonrisa que podría solucionar conflictos mucho peores.De hecho, el propio Porter luchó con la dirección que había de tomar su álbum. Como muchos ciudadanos preocupados estos días, se dio cuenta de que estaba obsesionado con la política del momento y cada nueva canción acababa convirtiéndose en una respuesta a los poderes establecidos. Era insano, y exactamente el tipo de cosa de la que se alimentan esos poderes: atención, influencia, rabia. Así que Porter desechó prácticamente todo eso, miró hacia dentro, hacia arriba y a su alrededor, y llegó a una nueva razón de ser que se encuentra presente en el título, All Rise (Todo el mundo en pie). ”Oímos esa frase cuando los presidentes o los jueces entran en la sala”, dice Porter, ”pero yo estoy pensando en que todos nosotros nos pongamos en pie, no simplemente en que sea exaltada una sola persona. Todos nos exaltamos y todos nos levantamos gracias al amor. Este es mi pensamiento político y mi auténtica verdad. Proviene de mi personalidad, de la personalidad de mi madre, la personalidad del blues, de los negros. Es esta idea de hacer que las cosas funcionen con las sobras, de resurrección y de ascensión, y de que, sea cual sea la situación actual, puede mejorar por medio del amor”.

Esa doctrina conquistada con mucho esfuerzo se oye fuerte y clara durante el denso blues, en crecimiento constante, de “Long List of Troubles”, en el que Porter brama: ”La decepción puede hacerme caer desde lo alto de mil historias / Tengo unas alas de repuesto… ¡Miradme volar!” La versión de protesta de Porter puede ser mundana como cunado se ocupa de quienes esclavizan a niños en “Merchants of Paradise” o puede ser sencilla, como en “Mister Holland”. Ese soul meridional, bendecido por los instrumentos de viento, ve cómo Porter agradece (irónicamente) al padre de su trama romántica por no convertir su piel negra en un problema. Como explica nuestro hombre, “Eso sugiere que puede que me gustara una chica cuando tenía 15 años y llegaba hasta la puerta de una casa y alguien decía: ‘Negro, si no te largas de esta casa…’ Ese tipo de energía está ahora resucitándose y pretenden que parezca algo aceptable. Pienso en cosas de este tipo por mi hijo”. De ese modo, una canción que trata ostensiblemente del odio trata en realidad del amor: tanto romántico como familiar.

All Rise no rehúye el hecho de que el amor es complicado. Incluso cuando Porter canaliza la calidez de Bill Withers y el coro improvisa unos aplausos celebratorios de domingo por la mañana, como en “Dad Gone Thing”, lo que sucede es que sopesa el desdén de Porter por su padre ausente frente a su gratitud por el hecho de que heredó de él su voz, frente a su tristeza por la relación que podrían haber compartido. La canción creció a partir de la experiencia de Porter de asistir al funeral de su padre, donde se enteró no solo de que el hombre cantaba, sino, al ver una bandera doblada, que era un veterano. ”Me habría sentido orgulloso toda mi vida”, dice Porter, con su voz profunda resquebrajándose ligeramente. También oímos hablar de amor no correspondido sobre la perfección de un crooner pop envuelta por la cuerda en “Merry Go Round”, y de los impedimentos del amor en la canción con que se abre el disco, “Concorde”, en la que un Porter integrante de la jet-set se maravilla ante la extrañeza que le produce su elevada posición -figurativa y literalmente- mientras anhela estar simplemente en casa con su familia.Temas como “Faith in Love”, con su ritmo de Marvin Gaye ligeramente funky, y “Thank You”, dedicada a todos los que han ido ayudando a Porter durante estos años, subrayan otra complejidad del amor tal y como lo ve Porter. “Sigo haciendo referencias que son tanto mundanas como al Altísimo”, explica. ”¿Estoy hablando de Dios o estoy hablando de la gente que está en la Tierra aquí conmigo? ¿Estoy hablando de mi padre real, que está muerto y en el cielo, o estoy hablando de mi Padre Celestial?”.

Esa borrosa distinción se encuentra prácticamente codificada en el ADN de Porter. Nacido en una familia de ocho hermanos criados por una madre que era pastora religiosa en un barrio pobre de Bakersfield, el joven Gregory encontró su voz tanto cantando en la iglesia como estudiando en casa sus discos de Nat King Cole. Aunque el talento, la sabiduría y la elegancia de Cole lo convirtieron en una especie de padre vicario de un niño con un gran talento musical que vivía en su propia cabeza, fue una beca de fútbol la que acabaría llevando a Porter del Valle Central de California a la Universidad Estatal de San Diego. Una lesión desbarató su carrera deportiva, pero encontró un mentor en el productor Kamau Kenyatta, que lo llevó a una sesión de Hubert Laws y ha trabajado con Porter desde entonces. De hecho, coprodujo las sesiones de All Rise en Los Ángeles. Concluida la universidad, Porter se trasladó a Nueva York para trabajar de día en la cocina del café de su hermano Bed-Stuy y por la noche en los clubes de jazz.

Aunque Porter tuvo un aclamado papel en el reparto original de Broadway en 1999 de It Ain’t Nothin’ But the Blues -y aunque llevó a escena su propio musical Nat King Cole & Me en 2004-, era inevitable que pasara a ser conocido por sus propias canciones. Eso quedó sobradamente claro cuando dos álbumes de Porter –Water, de 2010, y Be Good, de 2012- recibieron nominaciones a los Grammy, allanando el camino para su triunfal debut en Blue Note en 2013, Liquid Spirit, que ganó el Grammy al Mejor Álbum Vocal de Jazz. No ha defraudado a su legión de admiradores desde entonces, ya sea colaborando con Disclosure en “Holding on”, llevándose otro Grammy por Take Me to the Alley (2016), o contando su vida por medio del cancionero de Nat King Cole. Al igual que otros, Porter sigue sorprendiéndose ante su éxito desbocado, pero tiene una teoría: “De niño me tranquilizaba con mi voz y creo que es lo mismo que otros sienten con ella. Con estas canciones estoy tratando de curarme”.

Y eso es lo que tiene que ver con el amor y sobre lo cual no cesa de dar vueltas All Rise. Incluso cuando es doloroso, cuando nos confunde, está fuera de nuestro alcance o se siente atacado, el amor es, en última instancia, curativo. En la maravillosa canción de amor “If Love Is Overrated” uno puede identificarse con Porter cuando abandona la lógica ante una mera posibilidad de ver florecer la promesa del amor. O en “Revival”, cuando intenta simplemente aparentar que no siente cómo se eleva su espíritu, independientemente de cuál sea su fe o su afiliación. Una vez más, Porter se abre camino entre el ruido de los géneros y la confusión de la vida para llegar hasta todos nosotros allí donde vivimos: el corazón.