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El Museo: Arte y Vida

por Carmen González García-Pando

En la antigua Grecia el museo, o Palacio de las Musas, tenía un sentido estático, sagrado que hacía referencia al aspecto sincrónico del arte ya fuera del pasado o del presente. Las obras se guardaban celosamente para ser simplemente admiradas por un público que las contemplaba desde una actitud pasiva o simplemente admirativa.Con el paso de los tiempos el afán de colección y orden adquirió para el museo otras justificaciones como fue la apertura de sus puertas y el recorrido por sus estancias lo que llevaría a establecer un desarrollo cronológico del arte y ciertas diferencias a considerar. Estas diferencias fueron ordenadas y encasilladas en estilos y categorías. Además se delimitó una frontera entre las distintas artes como la Pintura, la Escultura y las Artes Menores. Todo ello debidamente etiquetado y reseñado. Inmóvil.

Hasta muy avanzado el siglo XX, los museos han sido instituciones mayestáticas, ejemplo del patrimonio cultural a las que uno se acercaba respetuosamente para conocer la riqueza representativa de un pueblo mediante la cual se tomaba el pulso al nivel cultural de una nación y a la preocupación de los gobernantes por esta faceta de su poder. Las obras de arte eran de esta manera simples trofeos, signos de propiedad.

Hacia un museo dinámico y participativo

Pero las cosas comenzaron a cambiar paulatinamente y cuestiones como la propia función del museo comenzaron a cuestionarse. Había que establecer interrelaciones constantes con otros estados de la ciencia, de la filosofía para tener una idea más global de su verdadero significado. Era preciso por tanto conocer los contactos que existen entre la filosofía y el arte, la psicología y el arte, entre los avances tecnológicos y el arte, entre el devenir histórico y el arte. En suma, entre el Arte y la Vida.

Por tanto y en base a estas premisas, el museo tenía que convertirse en un ente vivo, dinámico donde se pudiera participar de aquel proceso interno que desemboca en una obra de arte. Y de todas las interrelaciones que conforman la estructura del arte, la que podría desvelarse de suma relevancia es la del arte como factor educativo, la educación aplicada con los medios del arte con lo cual un museo puede convertirse en centro de Educación y Cultura, un instrumento válido al servicio del hombre y no un recinto sagrado al que el hombre sirve y venera.

El museo se convertirá en punto de encuentro, de diálogo. Un centro catalizador y difusor del arte actual. Un libro abierto del cual todos puedan aprender y todos puedan expresarse.

En el caso concreto de nuestro país, fue en los años ochenta del pasado siglo cuando la educación en museos alcanzó un grado de madurez que permitió recortar distancias con modelos educativos museísticos de países como Inglaterra. Pero no sería hasta los años noventa, con la apertura masiva de museos y la consecuente modernización y profesionalización de los modelos de gestión, cuando se consiguiera finalizar con aquel modelo educativo artesanal en pro de otro más innovador y complejo que fue evolucionando hasta nuestros días.

Centros de cultura y aprendizaje

A lo largo de las últimas décadas, los museos han llevado a cabo una verdadera revolución didáctica más potente incluso que la llevada a cabo dentro de las aulas.

Se han convertido en espacios de cultura y aprendizaje gracias al cambio en su configuración donde, si tres son los vértices de su estructura: conservación, investigación y difusión; es este último vértice –anteriormente menos relevante- el que empieza a adquirir la misma categoría que los otros dos, comenzando por diseñar estrategias para captar diferentes tipos de público, entre ellos el escolar. Por consecuencia, el binomio museo/escuela sufre un cambio positivo que obliga a que diferentes espacios patrimoniales y numerosos museos sientan la necesidad de conocer la demanda de este segmento de público para desarrollar estrategias que atraigan a los futuros visitantes. Así se fueron revalorizando los servicios educativos, pedagógicos, didácticos con que cuentan numerosos museos.

Bien es cierto que los museos son conocedores de su papel cultural y trasmisor de conocimientos, pero muy frecuentemente lo han enfocado a un público erudito. Sin embargo en el momento en que se han comprometido en ser espacios de educación y divulgación orientados a un público diverso, se han visto obligados a mostrar su patrimonio para todos los públicos y, ante todo, hacerlo comprensible. Algo que se ha visto claramente en los museos de ciencia y tecnología ante las dificultades de comprensión de la materia científica por la mayoría de las personas. No, en cambio, y esto es algo curioso de resaltar, lo que ha sucedido con los museos históricos, artísticos, geográficos… es decir en el campo de las humanidades que parece no ser tan necesario acomodar estos conocimientos a la divulgación. Lo cual es totalmente erróneo pues se parte muchas veces de principios generales y se vulgariza el discurso narrativo de lo presentado. Es decir, se dan juicios de valor y opiniones sobre hechos históricos o sociales sin fundamento alguno cuando jamás se atreverían a discutir sobre un método químico o biológico. Por eso es preciso contar con personas preparadas que conozcan las sociedades del pasado, el patrimonio histórico y cultural para transmitir y educar en valores respetuosos con todas las comunidades sociales. En este terreno entra por ejemplo la integración de los inmigrantes a una cultura común sin dañar su cultura de procedencia. Son cuestiones que los museos, como espacios de instrucción y transmisión de conocimientos, deben preguntarse para suplir algunas lagunas de la escuela.En los últimos años ha habido una avalancha de nuevos museos que se han proyectado como edificios emblemáticos, construidos por importantes arquitectos y gestionados, en muchos casos, por especialistas en las colecciones que albergan, pero que no tienen en cuenta las necesidades e inquietudes de los usuarios a los que están destinados. Es decir, sin experiencia para gestionar una institución cultural en continua transformación. Para que la relación museo-escuela funcione adecuadamente es necesario establecer programas conjuntos que no sean esporádicos ni puntuales, sino proyectos a medio y largo plazo. Porque, si bien es cierto, que museos que se precien cuentan con un departamento de didáctica que investiga en la inclusión de distintos públicos, aún otros muchos adolecen de éstos y apenas proponen alguna actividad concreta siendo, la mayoría de los casos, visitas puntuales de sus colecciones.

Programas educativos, actividades para todos los públicos

 Como anteriormente decíamos, los museos tienen que dejar de ser un almacén de objetos y transformarse en una institución comprometida con la difusión de conocimiento. Para que el visitante haga algo más que recorrer pasillos, mirar piezas y leer las cartelas, sin más posibilidad de participación, hay que propiciar la aparición de emociones y generar sensaciones. Y eso se consigue con un tipo de acciones y actividades que en la actualidad están consideradas esenciales en el proyecto educativo del museo.

¿Cuales son esas actividades? Realmente son muy numerosas. Desde los programas intergeneracionales e inclusivos más formales como conferencias o itinerarios con visitas guiadas, a los más experimentales como talleres o encuentros con artistas.

Gran acogida tiene la convocatoria de un concurso que, a partir de una obra del museo, sirva de inspiración para que los participantes pinten la suya propia. Otra sería la proyección de videos donde se van explicando las obras en su contexto histórico o la creación de distintos juegos para que los más pequeños vayan descubriendo lo que encierra una determinada pieza. De lo que se trata es de potenciar la curiosidad natural de las personas, provocar su interés y divertir aprendiendo.

Una de las acciones más exitosas llevadas a cabo por distintos museos –y que hace las delicias de quienes la contemplan- es la restauración de una obra a la vista del público. El museo crea un espacio protegido por una mampara transparente, en donde los restauradores intervienen en una obra para dar a conocer el trabajo que desarrollan, labor ésta siempre oculta y desconocida para la gran mayoría. Si además esos trabajos técnicos se presentan posteriormente en una exposición monográfica con los resultados del antes y el después de la restauración, se incluyen los ensayos del laboratorio, el material radiográfico, la reflectografía, la clase de pigmentos usados… es decir, se da una enorme documentación que pone al descubierto los “arrepentimientos” del pintor, las heridas y restauraciones anteriores, los sustratos subyacentes… entonces el visitante se llevará una noción más plena y satisfactoria del cuadro. Ya no es una pieza más sino una magnífica lección que perdura y satisface.

Otra de las acciones interesantes es la que se está llevando a cabo por museos como el Prado que, conocedor que no todas las personas pueden acudir a su sede, reproduce fotográficamente, en tamaño natural, una serie de obras emblemáticas de su patrimonio que después las exhibirá por distintas ciudades. Es una iniciativa interesante como también el uso de la tecnología para que el gran público a través de proyecciones, recreaciones escenográficas o realidad virtual pueda conocer sus colecciones.

También los museos tienen la posibilidad de convertirse en escenarios extraordinarios para acoger manifestaciones artísticas como la danza, el teatro, la música o performances. Actividades complementarias que enriquecen la percepción de sus colecciones con otros ámbitos culturales. Financiación

Sin embargo lamentablemente no todos los museos disponen de medios ni tienen la capacidad para llevar a cabo muchas de estas actuaciones. Necesitan ayudas económicas estatales que no siempre llegan. De ahí que reclamen la participación de entidades bancarias, firmas comerciales, empresas financieras, aportaciones de los llamados Amigos del museo o fomentando la labor de micromecenazgo (crowdfunding) para bien adquirir o restaurar una pieza que necesita intervención urgente. Y es que, si en la actualidad el sector cultural y creativo está entre los más afectados por la crisis económica provocada por el coronavirus, los museos no son una excepción. En la actualidad se enfrentan a grandes pérdidas, que la pandemia ha potenciado, por haber permanecido cerrados o con un aforo muy reducido lo que ha provocado una falta enorme de financiación y cuyos responsables en la toma de decisiones y los dirigentes políticos tendrán que responder con la asignación de fondos de emergencia, si es que queremos garantizar la sostenibilidad de éstos. Una tarea a la que muchas organizaciones particulares se suman en la búsqueda de fórmulas para que los gobiernos de todos los niveles: local, regional y nacional, garanticen que los museos sean una prioridad en sus agendas. Puede que este sea un buen momento para reflexionar sobre la experiencia vivida por una crisis que ha trastocado nuestras vidas y reemprender nuevas fórmulas para que los centros de cultura y divulgación sean puntos de enseñanza y convivencia y no escaparates de vanidades.