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Harold Bloom: “Cleopatra. Soy fuego y aire»

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Otl Aicher. Metro Bilbao. Arquitectura y Paisaje

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Rolling Blackouts Coastal Fever, utopía en el jardín

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Harold Bloom: “Cleopatra. Soy fuego y aire»

por Ana Isabel Ballesteros

(Vaso Roto, 2020. 184 págs.)

Vaso Roto y su propietaria acertaron plenamente al solicitar al profesor Pujante la traducción de la serie de cinco ensayos de Bloom en torno a personajes shakesperianos y esta nueva entrega viene a confirmarlo, por cuanto no solo selecciona las mejores traducciones de los pasajes comentados por el profesor de Yale, sino que puntualiza en sus notas algunos aspectos no solo confusos para el lector español, sino para el anglosajón.Era lógico que se planteara al profesor de Yale la recogida de las ideas que repetidamente había compartido con numerosas generaciones de alumnos, para los cuales sus clases resultaban estimulantes y sugestivas: así se facilitaba su permanencia y se ampliaba el número de destinatarios para su disfrute. Por añadidura, quizás pensando en esa ampliación de público, Bloom prescindió de usos terminológicos académicos en sus comentarios, fueran los clásicos de la retórica, fueran los estipulados por las corrientes de teoría literaria de los últimos decenios.

En esta segunda entrega publicada, Bloom recopiló ideas más o menos pergeñadas en obras anteriores, sobre todo en El canon occidental y en Shakespeare: la invención de lo humano. Así mismo, había anunciado en el primer ensayo de la serie, sobre Falstaff, diversas opiniones en torno a Cleopatra, en un juego comparativo y diversas formas de contraste. Por eso, este nuevo ensayo dedicado a la reina egipcia funciona en gran medida a modo de ejemplo y justificación de varios asertos vertidos en el ensayo sobre Falstaff. Por eso se hace muy conveniente la lectura del ensayo anterior, como así mismo los trabajos más conocidos de Bloom, para estimar en todo su valor lo expuesto en el de Cleopatra.

Conforme a una estructura que pretende resultar sencilla e incluso pedagógica, el breve primer capítulo, que funciona a modo de introducción, sintetiza las ideas esenciales que van a desarrollarse y comprenderse a lo largo de las páginas: en el sentir de Bloom, Shakespeare creó a un Antonio de cincuenta y cuatro años a cuya decadencia física, declive político y suma de errores asiste el público, y a una Cleopatra de treinta y nueve en su máximo esplendor, que interpreta sin descanso el papel elegido y que incluso se crece y alcanza la grandeza suicidándose (pág. 16).

Para el profesor de Yale, Cleopatra posee quizás la personalidad más fuerte de todos los personajes creados por Shakespeare, y se confiesa en varios momentos deslumbrado y desconcertado por una reina envuelta en un aura, metamórfica, histriónica, artera como Yago, ingeniosa y capaz de alzarse como Hamlet a la trascendencia, ejecutante de juegos psicológicos más complejos que los de Falstaff, “más astuta de lo que pueda imaginar un hombre” (pág. 18), capaz de vender a Antonio por el precio idóneo (pág. 87) y de un egoísmo esencial (pág. 111), pero en quien “lo más vil se vuelve encanto” (pág. 23). Por eso parece compadecerse de Antonio, presa de una pasión que le debilita, inerme ante la irresistible Cleopatra, derrotado cuando ella parece vencer al tiempo.

La fascinación de Bloom por el personaje shakespeariano y por la destreza de su ejecución le conduce en buena parte del ensayo a subrayar los aciertos del bardo inglés, esto es, a enseñar a leer y a insistir en el sentido de los parlamentos, a contextualizarlos, de modo que las extensas citas del texto convierten su estudio en anotaciones de una edición. Pero con frecuencia renuncia a un análisis y, sobre todo, a una conclusión sobre las motivaciones de Cleopatra, y las sustituye por preguntas retóricas, como si reconociera que Shakespeare le aventaja en la creación de un personaje intrincado ante el que quedaran invalidados los recursos de la crítica, incluso de la crítica psicoanalítica que en otras ocasiones le había proporcionado deducciones inesperadas “El mejor Shakespeare nos sigue pareciendo inaprensible” (pág. 77) y de la que se sirve solo en algún momento aislado, como cuando interpreta sexualmente la alusión de Cleopatra a “la linda culebra del Nilo” (pág. 141).En ningún momento se aprecia con tanta claridad este desistimiento de Bloom como cuando Shakespeare muestra la derrota de Antonio por abandonar la batalla para salir en pos del barco de Cleopatra en la huida de esta. Bloom desiste de responder a la pregunta sobre las motivaciones de Cleopatra para ocasionar semejante desastre, que acabará destruyéndolos a ambos. Y, sin embargo, Shakespeare muestra con claridad que en ella la mujer en ese momento se sobrepone a la reina y, ajena a cálculos masculinos, obtiene las pruebas que deseaba, tanto de su propia capacidad de dominio e influjo como del grado de pasión de Antonio: si este había aceptado una esposa romana por razones políticas, en el combate ha preferido seguirla que mantener su posición… luego la prioriza a ella frente al poder, y con solo un beso la perdona por todo lo perdido, nueva muestra de su dominio sobre él. Solo que eso significa también que Bloom desestima en su ensayo acercarse a los estudios de otros colegas, excepto en alguna cuestión muy concreta, pero discutible, como bien refleja el profesor Pujante en sus notas. Prefiere referirse a unas pocas de sus lecturas favoritas, como Yeats o Shelley.

Bloom rehúsa un examen exhaustivo de la obra de Shakespeare y en la elección de los límites de su trabajo, se centra en los elementos que personalmente más le llaman la atención, fuera de toda pretensión de objetividad: las ironías, las simulaciones, las hipocresías sostenidas con ingenio.

No podía terminar este ensayo sin unas pocas consideraciones comparativas entre Cleopatra y otros personajes del autor, como también entre la muerte de este personaje femenino y otros anteriores. También en este caso Bloom se limita a señalar, sin resolver un posible sentido o intención por parte del autor: “Esta trágica procesión shakesperiana no presenta una pauta que yo pueda discernir” (pág. 146).