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Ameztoy, el Hombre de Paja

por Alberto López Echevarrieta

(Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 12 de febrero al 7 de junio de 2020)

 

Cincuenta y tres pinturas, dibujos, estampas, cajas-collage, libros… forman parte de la exposición Ameztoy que el Museo de Bellas Artes de Bilbao presenta con todos los honores, como uno de los acontecimientos del año. Nunca hasta ahora se había conseguido reunir tanta obra del artista donostiarra, ni incluso en la reciente muestra del Círculo de Bellas Artes de Madrid, ya que ésta ha sido superada con la aportación de colecciones privadas. Es, por tanto, la primera magna revisión que se hace del conjunto de una obra que llamó poderosamente la atención en la capital del Reino, donde no era tan conocido como en el País Vasco ni, por ende, tan popular. Me atrevería a decir que en este aspecto ni la muerte ha conseguido relegarle a un segundo plano.

El hombre de paja de Dorita

No sé las veces que Vicente Ameztoy (San Sebastián, 1946-2001) vio la película El mago de Oz, pero sin duda tuvieron que ser varias porque a la vista está que se le quedaron grabados en la mente algunos de los personajes de este cuento cinematográfico, sobre todo su “hombre de paja” al que homenajea en su obra en repetidas ocasiones. La exposición bilbaina nos descubre a un artista multifacético que se movió formidablemente en el terreno de la figuración, cuando a su lado lo que primaba era lo abstracto.

Decir que Ameztoy fue un visionario no creo que sea faltarle al respeto, sino dejar constancia de que su pintura sigue los curiosos parámetros que vivió nuestra sociedad allá por las décadas de los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando, en el cine sobre todo, se llevaban aquellos argumentos terroríficos en los que los extraterrestres nos visitaban en incontrolados platillos volantes sembrando la zozobra por doquier. Hay algunos de sus personajes que parecen salidos de La guerra de los mundos o Ultimátum a la Tierra, por sólo citar dos inocentes películas que preocuparon en su tiempo.A la vista está que Ameztoy no se conformó únicamente con la pintura. En la muestra podemos ver varias cajas de madera con frente de cristal, que contienen ramas secas, musgo, raíces… elementos que el artista unió a fotografías, dibujos y recortes de revistas para crear unos conjuntos muy atractivos que venían a sumarse a los dibujos para libros y grabados.

Enamorado de la Naturaleza

No es casualidad encontrar estos elementos en su obra, ya que siempre tuvo presente a la Naturaleza, muchas veces enfrentándola a la civilización industrial. En ocasiones se ve invadida por extraños fenómenos, como piedras que caen del cielo y cuantos fenómenos de este tipo se le antojaba. Más tarde, cuando su pintura alcanzó la madurez, penetró en un mundo miniaturizado del que surgen esos personajes fantasmagóricos que parecen salidos de OVNIs. No abandona, sin embargo, su visión del monte, de las yerbas o verduras, algunas de las cuales adornadas con unas curiosas salchichas.

El número de pinturas de Ameztoy que circulan en el mundo de arte es muy reducido. De ahí que esta recopilación de obra particular que se añade a la magnífica colección que tiene el Bellas Artes de Bilbao, sea muy oportuna.            “La obra de Ameztoy es muy compleja, dice Javier Viar, comisario de la exposición con Marian Alzuri, porque discurre por caminos muy dispares y difíciles de recorrer. Esta muestra, obra de muchos años, recoge una amplísima trayectoria del artista a partir de 1968, cuando empieza su época madura, y termina en 2001 con su desaparición. Predomina la figuración y el paisaje, pero no de una forma condicional, sino narrativa. Cuenta historias que se pueden seguir como si fueran viñetas de un ‘comic’ o el ‘story-board’ de una película”.

Antonio López y Magritte

Según Viar, Ameztoy utiliza argumentos relacionados con terror, extraterrestres y tipos de ultratumba, pero también se ve la clara influencia ejercida por Antonio López y René Magritte. Los paisajes del primero, las sombras entrecortadas del segundo… Si al pintor belga se le identifica en muchos de sus cuadros por la presencia del sombrero hongo y la pipa, ¿qué puede ser característico en el vasco? “Las patas de palo y las salchichas fálicas”, me contesta de inmediato, pero también se inclina por la lectura que hace del paisaje vasco, el personaje herbáceo, el espantapájaros, su propio autorretrato… “Todo ello resulta muy divertido y da pie a falsas interpretaciones”, según Viar.

El artista donostiarra bebió también de otras fuentes, sobre todo del quattrocento italiano que primó en el siglo XV y que aquí se descubre en la minuciosidad y en el interés por el hieratismo de unos personajes que se presentan de frente, en planos enteros o americanos, como si de encuadres cinematográficos se tratara. También hay influjos de aquella tendencia británica que constituyó la Hermandad Prerrafaelita, de la que tanto se habló a mediados del siglo XIX, y que se aprecia en la forma de tratar a la Naturaleza, los animales y la yerba sobre todo.

No tenía cuadro favorito

La exposición bilbaína huye de toda escenografía ampulosa en favor de un amplísimo muestrario que va desde un óleo sobre lienzo y varas de avellano realizado en 1976-77 y que pertenece a una colección particular, a esas Poxpoliñas con el rostro desfigurado de Arias Navarro. O La boca, otro óleo sobre lienzo muy característico del artista. “Vicente no tenía una obra preferida, nos dice su compañera y musa Virginia Montenegro. Cuando acababa una obra se desentendía de ella. ¿Mi preferida? No se lo diré”.

Paralelamente se ha preparado un ciclo de conferencias en torno al artista, la proyección de la película Vacas, de Julio Medem, en la que cuidó de la dirección artística, y la edición de un lujoso catálogo y el libro “Vicente Ameztoy. La transfiguración melancólica”, en el que su autor, Javier Viar, poco menos que le sienta al pintor en el diván del Dr. Freud para descubrir los aspectos más recónditos de uno de los artistas figurativos vascos más sobresalientes.