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Manuel Vilas: «Ordesa»

por Mercedes Martín

(Alfaguara, 2018)

Hay personas que son como pozos sin fondo: solo saben recibir, no saben dar. Su incapacidad o su egoísmo hacen que no sepan qué es amar y confundan el amor con su necesidad y su dependencia. Cuando mueren sus padres, se quedan desamparados, pues siempre fueron niños, niños de treinta, niños de cuarenta, niños de cincuenta años. Muchos de estos niños adultos fundan familias que les quedan grandes y se refugian en la bebida o en el juego. Su pozo sin fondo los hace seres insatisfechos y propensos a las adicciones, que son maneras de eludir la responsabilidad con los seres queridos.Y cuando su familia se deshace, todavía creen que es ley de vida porque sus padres hicieron lo mismo. En el caso de que sus padres no hicieran lo mismo y fueran, por el contrario, unos adultos responsables, es peor pues, dirán que su ejemplo de entrega es inigualable y tendrán la excusa perfecta para seguir portándose como niños. Así, estas personas, al llegar a los cincuenta, suelen estar solos: los hijos han tomado su camino, su mujer –o su marido– se ha separado y sus padres han muerto. Hace tiempo que han revelado lo que realmente son: una carga que solo seres muy desesperados aceptarían llevar.

Ordesa representa la infancia, el paraíso perdido de este niño adulto que a lo largo de trescientas páginas se lamenta, se enfurece y recuerda, sobre todo recuerda. Recuerda su familia que ya solo vive en su memoria y a la que no supo querer, recuerda sus errores, ya imposibles de enmendar, y describe su presente con unos hijos muy jóvenes que solo vienen de visita y casi por compromiso.

Pero quizá no fueron errores, dice el narrador, sino lo que tenía que pasar, siendo como era él, una fuerza de la naturaleza, hijo de fuerzas semejantes, gente sin Historia, sin reflexión, sin palabras. Gente que vivía y actuaba por instinto, gente pobre, ni mala ni buena, solo pobre y quizá con falta de confianza en sí misma, con falta de proyectos pero, eso sí, con muchos castillos en el aire que se fueron desmoronando poco a poco.O quizá gente tan solo víctima de la falta de oportunidades de una clase social y una época. Porque en este libro de memorias, no está todo claro, como es lógico, hay mucha especulación sobre cuáles son las verdaderas causas de la catástrofe o de la desgracia o simplemente de la vida.

Dice en una entrevista Manuel Vilas que estas son sus memorias y que este es un libro esperanzador que habla de la vida. Habla de la vida a través de la pérdida irreparable, el momento en el que uno se da cuenta de que ya no puede regresar a tiempos mejores, a la gente que ya pasó y no volverá. A mí me recuerda al famoso poema de Jorge Manrique, las coplas a la muerte de su padre.

El libro es una novela porque hay un narrador, dice el autor, pero también son sus memorias. Cuenta muchas cosas que no se cuentan normalmente, pero que en unas memorias deben salir, como por ejemplo que siendo niño abusaron de él, que su padre pegaba a su madre –o quizá no, son memorias confusas–, que su padre se arruinó y que era un hombre inseguro que vivía dentro de sí mismo. Muchas confesiones esperan al lector, pero sobre todo esa triste constatación del paso del tiempo que no vuelve.

¿Cuál es el secreto para no acabar tus días solo?, piensa una cuando cierra el libro. Y no es una pregunta baladí y se la hace una con miedo supersticioso. No siempre que uno acaba solo se lo merece. Alguna gente generosa tiene mala suerte y su familia, egoísta, los abandona hacia el final de sus días. Yo no sé el secreto, pero hacer amigos y cuidarlos me parece una buena receta. Claro, en el supuesto de que uno sepa dar.