Albert Renger-Patzsch. La perspectiva de las cosas” y “Retratos. Colecciones Fundación Mapfre de fotografía”

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Ángel Rodríguez: “Nombres escritos en la corteza de los árboles”

por Alberto García-Teresa

Ediciones de la Isla de Siltolá. Sevilla, 2014. 72 páginas

nombres autorTras su Poesía para perdedores (2011), Ángel Rodríguez (Jaén, 1982) ofrece un poemario muy unitario, en el que cada uno de los 25 textos que componen esta obra lleva por título el nombre de una mujer, en alusión a esos nombres escritos en la corteza de los árboles por los enamorados. Se trata de mujeres no idealizadas pues la mirada de Ángel Rodríguez no evita lo grotesco; lo que no cumple los cánones de belleza y de comportamiento socialmente impuestos y asumidos. Alrededor de ellas, el autor suele levantar poemas de amor que encierran épocas, situaciones sociales, contextos, más allá del canto y de la oda, de la plasmación del deseo (no hay mitificación del sentimiento en estos versos). 

nombres cubiertaLas distintas piezas del libro (el cual se abre con un lúcido estudio de Yolanda Ortiz, que analiza en profundidad las claves del poemario) están repletas de brillantes metáforas y ofrecen diferentes niveles de lectura. Permiten intuir el drama por debajo del canto a la belleza, pues el escritor hábilmente revela historias que superan el retrato inmóvil. Ángel Rodríguez consigue construir figuras individuales, singulares, que evitan que pueda agotarse el recurso o la perspectiva. Recorre la cotidianeidad y así se detiene en estas trabajadoras, que sufren las penurias del hambre y de la explotación laboral. Con ellas se revelan situaciones duras, en las que las mujeres aparecen como insumisas resistentes al desvelo de la vida, que continúan avanzando a pesar de las dificultades. Al respecto, es habitual que se plasme un paseo en los poemas, o bien que se refiera al cuerpo también desde la perspectiva del movimiento. Porque la vida, nos parece indicar Ángel Rodríguez, aunque duela, a pesar de la abundancia de la pesadumbre, no puede más que proseguir, pues, como escribe, “pero camina, ella siempre camina”.