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Javier Barraca Mairal: “Nubes de profesor”

por Redacción

De buena Tinta. Madrid, 2014. Por Ana Isabel Ballesteros Dorado

Portada nubes de profesorMuy oportunamente se publica ahora este relato con un protagonista, Federico, contagiado de las miasmas de nuestra sociedad utilitarista y mercantilista, embobada ante cuanto envanece. Federico responde a un tipo social sin los manejos atribuidos al “pequeño Nicolás” pero de ambición equivalente, si bien trasladada al mundo universitario, más conocido por su autor. Este articula el retrato a través de sucesivas “nubes” o espejismos de gloria de modo tanto más acentuado cuanto que la especialidad de su protagonista es la ética.

Uno de los aciertos del narrador consiste en la ausencia total de sermoneos infructuosos: con ágil dinamismo y focalización interna en el protagonista, simplemente refiere anécdotas y el lector entiende cómo el narcisismo de Federico se ve mortificado en contacto con los mecanismos universitarios y ministeriales de los que el autor exhibe datos certeros y muy significativos. Así aflora también el humor, hasta el punto de poder afirmar que Woody Allen, de modo paralelo a su Sueños de seductor (Play It Again, Sam), podría haber ideado Nubes de profesor.

Con cierta frecuencia surgen en este ambiente sujetos similares, que se creen seres extraordinarios y andan siempre empeñados en figurar, en que les citen, en ocupar puestos, en que les inviten a foros con un estipendio acorde con la imagen magnificada que tienen de sí mismos… y a quienes después de un tiempo nos encontramos donde por su inteligencia no cabía esperar que llegaran. Pero el autor evita la sátira: generosamente, para no señalar a nadie con el dedo y evitar burlas poco caritativas, proporciona a Federico sus propios trajes, algunos de sus mejores amigos y conocidos para aconsejarle en sus desmesuras y ponerle en su sitio con tacto y afecto; le regala hechos vividos por él mismo, modificados para su propósito…, y hasta afea su maleducada jactancia a través de un peluquero de la vida real, Manolo. Incluso los hijos del autor le son cedidos a Federico como enseñantes suyos en el último episodio. Más cauto y reticente a la hora de prestarle su mujer, prefiere crear para él otra a imagen y semejanza de esta, Míriam.

Lo quijotesco del subtítulo está en que, si a don Quijote se le secó el entendimiento a fuerza de leer novelas de caballerías, de modo comparable en Federico las teorías éticas quedan ahogadas por el materialismo y el engreimiento. El personaje, ingenuo e infantil pese a sus títulos y su edad, se cree brillante intelectualmente y superior a los modelos sociales impuestos, cuando su comportamiento indica al lector una y otra vez su dependencia de estos, y de las respuestas de los otros se colige su mediocridad. Una mediocridad de la que difícilmente puede salir quien, como él, pierde horas y noches elucubrando sobre las posibles distinciones que podrían sobrevenirle tras una cita con alguien de renombre. Don Quijote soñaba con protagonizar las hazañas de los héroes de novelas aún famosas en la época y lo ridículo de sus pretensiones se demostraba en lo grotesco de sus logros; análogamente, Federico, subyugado por tantas noticias de personajes aupados a la fama sin esfuerzo ni talento suficientes, con cada estímulo de la realidad cree llegado el momento de convertirse en protagonista social, como los de esas películas con la meta puesta en las monedas corrientes que acaban constituyendo la recompensa según el sueño americano.

Javier BarracaFederico no acaba nunca de entender bien que la ética es un fin en sí misma e igualmente es un fin en sí misma la puesta en práctica de las teorías éticas. Eso significa que la ética y su puesta en práctica son inútiles, esto es, no deben utilizarse para lograr otra cosa diferente de ellas. Por el contrario, todo lo demás deben ser medios para alcanzarlas… y si obrando así se obtiene algo distinto, viene por añadidura. El narrador lo insinúa en la única ocasión en que Federico se desprende de su utilitarismo –si bien solo lo muy ligeramente que le consiente un “valor” tan primario en él-, y colabora con la ONG donde conoce a su mujer, una mujer que sobrepasa todas sus expectativas: “Acaso (…) además de orientación y formación, estas buenas gentes acaben reclamándome algún servicio mayor, que dé lugar incluso a una vinculación más estable y entregada, finalmente recompensada de alguna otra manera. No le guio tanto el interés futuro, sin embargo, en esta circunstancia, como su deseo de contribuir a una noble causa” (…) “Ya que me he prestado tan altruistamente a la cosa, al menos que me dé a conocer un poquito a mi interesante vecina” (76-77).

Desde el principio el narrador recalca cómo prostituyen la ética aquellas personas e instituciones que la usan unas veces como trampolín para ganar dinero, éxito o notoriedad, otras veces como argumento inspirado por la envidia, en lo que cae el propio Federico en la primera “nube” (p. 19-20). Quienes de verdad viven de acuerdo con los principios éticos que se presuponen en Federico, ven como algo muy secundario y relativo las acreditaciones de todo tipo y persiguen verdades, no la tranquilidad ni la comodidad; desean dejar una herencia intelectual provechosa a las siguientes generaciones, no la seguridad ni una nómina. En cambio, Federico “Gracias a la acreditación pensaba remediar en parte su siempre exigua y difícil situación profesional” (p. 46) o se relame ante una plaza de Titular de “condiciones laborales excelentes. Sueldo seguro, poco trabajo, mucho prestigio. En fin, el sueño intelectual de Federico hecho realidad” (p. 59).

Hay profesiones enfocadas a la riqueza y los honores, y hay otras que exigen cuestionar el valor de unas y otros con los actos cotidianos de la propia vida. Muy sustanciosa es por este motivo “la nube” “Mi Gobierno me necesita (¡Por fin!)” relativa a un proyecto de investigación I+D promovido por un ministro con la excusa de “crear un recurso educativo con el que educar en valores a los jóvenes” y el objetivo de embolsarse, él mismo y sus asesores, una pingüe cantidad de dinero público. Pero Federico no está hecho de otra materia ni es quién para acusar: cuando a él y al colega que le ha metido en el asunto no les entregan la cantidad estipulada, su patriotismo inicial “se enfrió tanto que cualquiera hubiera dicho que se congelaba de pronto” (p. 30); y al comprender que les han usado para “justificar el gasto”, “las ínfulas de rescatador de la nación y de sus jóvenes fueron disipándose” (p. 31). En estilo indirecto libre, el narrador explica irónicamente que “Subsistía en él apenas un resto de amor propio, que tomó la forma de una justa reivindicación de algunas migajas, llena de dignidad” (p. 31). Migajas que, en efecto, le dan. Aquí va el golpe del narrador a Federico, porque el personaje demuestra su indignidad, primero reclamando unas migajas en un fraude de tales trazas, a modo de mezquino, aunque involuntario, chantaje; segundo porque se convierte en cómplice a cambio de la mísera calderilla y pierde por tanto la oportunidad de denunciar el hecho o, al menos, de no participar en él e incluso de enmendarlo y de poder alzar limpias las manos.

Alguien por encima de las circunstancias hubiera sabido ver aquella como una gran ocasión, avalada además por las autoridades, para servir a la ética y a la sociedad, porque ningún esfuerzo se pierde para un auténtico idealista. El verdadero Quijote, existente aunque escaso entre nosotros, habría renunciado a cualquier gratificación, la hubiera despreciado al percatarse del chanchullo y se hubiera aplicado a poner en marcha el proyecto, cosa que se le hubiera consentido. Pero aquí, como en casi todas las ocasiones, Federico demuestra su primigenia avidez crematística y no solo no se sitúa a la altura de las circunstancias, sino por debajo de ellas, como subrepticiamente le echa en cara la coordinadora del proyecto.

Federico revela el mismo defecto, esto es, el de mirar solo a cortísimo plazo y en términos materialistas, en la siguiente “nube”, cuando cree haber perdido el tiempo por pasar la tarde con un célebre profesor, Olvido, tras confesarle este que va a retirarse absolutamente de la vida profesional: “¡Qué funesta desgracia! Al menos, aquel tipo podía haber esperado a que Federico lograra por su intermediación una posición asentada. Ni tan siquiera iba a tener ocasión de pedirle un favorcillo” (p. 40). Porque este defecto, que le ciega incluso para vislumbrar un valor ético como el de dar compañía a quien se siente solo –lo que otros llaman obra de misericordia-, enlaza con otro defecto más: la fatuidad del protagonista le impide ver lo mucho que puede enriquecerse vivencial, psicológica y académicamente de un hombre sabio y experimentado. Tampoco aquí repara en que la deferencia de llamarle y hacerle saber su decisión puede suponer un tanteo para conocer la índole de Federico, y que la actitud de este delata un talante egoísta, interesado y oportunista. El narrador de nuevo emplea una disimulada ironía, al elegir precisamente a Olvido para suministrarle, “nubes” después, noticias sobre una plaza que sale a concurso.

Federico echa mano de buenos amigos mejor situados que él y que por su parte cuentan con él y también le ayudan, quizás porque el autor no delinea las formas de un codicioso sin escrúpulos: se trata, simplemente, de un hijo del pensamiento débil de nuestro tiempo y de los valores más extendidos incluso en los bienintencionados. Mayor censura implícita recibe el entorno: Federico tiene vocación de adaptado, es también “hijo y cliente de todas las promesas, cumplidas o no” (p. 60), y llega a profesor titular, no conforme con la “meritocracia” propia del sistema norteamericano dentro del cual cree él merecer un lugar eminente, sino gracias a su deslumbrante mujer, ya catedrática. Es producto del sistema social, y el sistema lo baquetea, pero también lo acoge y acomoda según sus reglas.

He ahí la paradoja, y al mismo tiempo la constatación de que el autor, profesor titular, no escribe al dictado del resentimiento, ni movido por un afán de protesta, ni menos aún destructivo: respecto a los individuos concretos, usa en su crítica la misma piedad que los personajes sensatos y leales de cada “nube”, y esto, pese a quedar claro que el conjunto social está hecho por la suma de individuos concretos. Los vicios de cada uno van contaminando a los demás, en especial a los más vulnerables por menos dotados, y las reacciones ante tal contaminación pueden resultar dispares, según el resto de los factores que confluyen en cada cual.

Al mismo tiempo, quedan enaltecidos los maestros, personas de reputación, alguno real con su nombre y apellidos: personas dentro del sistema resignados con las lacras de este, que advierten con realismo de sus circunstancias y que, por su parte, optan por sacar el mejor partido de la situación y con modestia, serenidad y paciencia contribuyen a que las mentes medianas crezcan y maduren. El autor enfatiza lo afortunados que resultan Federicos de este tipo, al acompañarle en su trayectoria personas así, gracias a las cuales se cura de su egolatría. Es el tributo de gratitud a todos los que aportan lo mejor de sí mismos a la sociedad.

Muchos otros detalles observará el lector según pase las páginas de este relato sin desperdicio y sobre otros tantos podrá reflexionar.