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Alfonso Carlos Saiz Valdivielso: “Diego Mª Gardoqui, Esplendor Y Penumbra”

por Alberto López Echevarrieta

Muelle de Uribitarte Editores, 2014, 169 páginas

Portada libroLa reciente publicación del libro “Diego María Gardoqui, esplendor y penumbra” dentro de la colección “Bilbainos recuperados”, rescata de la memoria a una de las figuras más destacadas de la historia española del siglo XVIII. Fue el primer embajador del país en Estados Unidos y se relacionó con los reyes Carlos III y Carlos IV, así como con los presidentes norteamericanos George Washington y John Adams, y con el mismísimo emperador francés Napoleón. En la obra literaria, su biógrafo, el periodista, escritor e historiador Alfonso Carlos Saiz Valdivielso, descubre las claves de su trascendental importancia en las relaciones diplomáticas y comerciales entre Norteamérica y España.      

El objetivo EE. UU.

Diego María de Gardoqui (1735-1798) fue uno de los españoles más influyentes del siglo XVIII. Se codeó con personajes de la talla de Carlos III, George Washington, John  Adams o Napoleón Bonaparte. Sin embargo, es un gran desconocido en España y en Bilbao, su lugar de nacimiento, donde suena mucho más la figura de su hermano, el cardenal Gardoqui, fiscal de la Inquisición y con nombre en el nomenclátor de la Villa. Diego ejerció como empresario y diplomático llegando a ser el primer embajador de España en los Estados Unidos.

“Fue un hombre que se anticipó en el tiempo en muchos detalles, dice Saiz Valdivielso. Pertenecía a una familia de comerciantes bilbaínos que fue a contracorriente de las tendencias francesas emitidas desde las cortes españolas de los reyes Carlos III y Carlos IV, dos reinados marcados el primero por la época de la ilustración y el segundo por la afición personal a la caza y a los relojes. Los Gardoqui supieron ver desde un principio el gran potencial comercial que se abría con Norteamérica y cuando Diego cumplió 14 años le enviaron a estudiar a Londres. De allí volvió con un perfecto dominio del inglés, circunstancia que, una vez instalado en la corte de Carlos III, determinó su participación, primero como traductor y luego como representante directo del rey en las reuniones secretas de apoyo a los independistas norteamericanos durante la guerra que enfrentó a éstos con Gran Bretaña”.

literatura-SaizValdivielsoAC-4-081217-e1296074956698Alfonso Carlos Saiz Valdivielso, doctor en Derecho por la Universidad Complutense y profesor titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Deusto durante una amplia etapa, ha escrito un libro de indudable interés al que hay que añadirle un factor positivo más, amenidad. No estamos ante una biografía farragosa, puesto que el autor, del que se recuerdan dos míticos títulos “Triunfo y tragedia del periodismo vasco” e “Indalecio Prieto, crónica de un corazón”, sabe dosificar perfectamente la gran cantidad de datos históricos que aporta, hasta el punto de mecernos en una historia tan poco conocida como apasionante.

Intercambio comercial

Con una extraordinaria amplitud de miras –continúa el biógrafo-, Diego Gardoqui comerció con las antiguas colonias norteamericanas creando un fluido tráfico comercial entre sus principales puertos, entre ellos Boston, y Bilbao. De aquí se llevó hierro y de allí se trajo chocolate, tabaco, etc.Pero lo principal –continúa el biógrafo-, es que este hombre llegó a conocer el modo de ser de los colonos norteamericanos, algo fundamental para las relaciones entre ambos países. Gracias a él, en enero de 1780, John Adams, que luego se convertiría en segundo presidente de los Estados Unidos, vino a Bilbao”.

La confianza que los norteamericanos tuvieron en este hombre creció y los éxitos comerciales que consiguió con ellos le pusieron a la altura de su padre y de su hermano José Joaquín, el factótum de la familia. Con 41 años era ya una personalidad dentro del mundo de los negocios, adquiriendo el grado de prior del Consulado de Bilbao. Era la época en que las colonias empezaban a despuntar hacia la independencia.

“Diego María Gardoqui fue un hombre prudente, estuvo dotado de gran talento y poseía una extraordinaria mano izquierda. Son cualidades que le hicieron sobresalir, por lo que la Corte se fijó en él, entre otras cosas porque hablaba inglés a la perfección y por sus relaciones con América. Su nombre sonó para el puesto de interlocutor entre el Nuevo Mundo y España, y así entró en la diplomacia”.

Una buena mesa

Jura de George WashingtonLa amplia red comercial de la familia Gardoqui se puso discretamente al servicio de la causa norteamericana en nombre del rey Carlos III. Tras la firma del Tratado de París que supuso el reconocimiento definitivo de la independencia norteamericana, Diego María Gardoqui se conviertió en el primer embajador español ante los Estados Unidos de América. “Jugó un papel muy destacado en la navegación por el Misisipi creando además una inquietud entre los habitantes del Norte y los del Sur a fin de conseguir que éstos se acomodaran a las pretensiones españolas. Su figura tuvo fuerza entre los norteamericanos”.

A la sede diplomática de Gardoqui en Nueva York acudió lo más granado de la sociedad americana. Unos iban a codearse con altas personalidades y todos para saborear la extraordinaria gastronomía que se servía en aquella casa, no en vano el titular se llevó a una de las mejores guisanderas de Bermeo. “Allí se comía admirablemente. Alrededor de la mesa se tendían puentes de amistad sumamente beneficiosos para estrechar relaciones comerciales. Así, Gardoqui conoció a George Washington, primer presidente de Estados Unidos, que le invitaría al solemne acto de jura de tal cargo. Es más, George Washington se sentó al lado del bilbaíno en la inauguración de la iglesia de San Pedro que éste había construido en Nueva York”.

A partir de 1790, Diego María de Gardoqui ostentó la Secretaría de Hacienda, donde fue víctima de las maniobras de Manuel Godoy, aquel primer ministro de Carlos IV que no tuvo cintura política. Su último destino fue Turín, donde fue testigo de los primeros movimientos para su ocupación por parte de Napoleón Bonaparte, a quien conoció personalmente.

“Gardoqui representa como pocos el espíritu emprendedor de aquel Bilbao naviero y comercial del siglo XVIII, cuando la Villa tenía poco más de 7.000 habitantes. Su azarosa vida política le llevó a ostentar las más altas dignidades por todo el mundo, pero nunca olvidó sus orígenes”.