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El Barbero de Sevilla

por Jorge Barraca

Teatro Real. Madrid, septiembre de 2013.

El Real inaugura este septiembre rescatando una producción del 2005 que ideara Emilio Sagi. Voces solventes, cuidada dirección musical y efectista puesta en escena, que, no obstante, acusa el paso del tiempo. Un arranque de temporada que parece una señal de la vuelta a lo convencional, tras la marcha hace apenas unas pocas semanas del discutido Mortier

En su día, valoré el montaje de Emilio Sagi como original, fresco y de atractiva puesta en escena. Efectivamente, como el mismo director mencionaba en sus apuntes, la escenografía parecía surgir desde la energía musical rossiniana, que animaba a los figurantes; y la dirección escénica se concebía como una –a veces más y a veces menos– ingeniosa sucesión de scketchs, inspirados en el bullicio, la vitalidad y las ganas de bailar de los sevillanos. Tras estos ocho años, el montaje mantiene algunos golpes divertidos y novedosos, pero sus repeticiones (en especial, en las primeras escenas por las calles de la ciudad) y el rígido y estereotipado movimiento de las masas corales (soldados, criados, ciudadanos curiosos) le hacen perder interés.

Desde la obertura, la Orquesta Sinfónica de Madrid, a las órdenes de Tomas Hanus, sonó espléndidamente, llena de matices, finura tímbrica, y también con una magnífica graduación en los crescendi. Además, el director acompañó soberbiamente a los cantantes, regulando el volumen de la orquesta con perfección y manteniendo la rítmica viva hasta ese cierre inconmensurable que es el final del Acto I.

Pero lo más destacado vino de mano del joven tenor uruguayo Edgardo Rocha. Dotado de un instrumento ligero, aunque apunta hacia lo lírico-ligero, de una grandísima musicalidad, naturalidad en la emisión y gusto, resulta un Almaviva ideal por timbre, intenciones y hasta presencia. Arrancó espléndido en la serenata y el aria del Acto I, concertó perfectamente en sus números de conjunto y cerró la ópera con una soberbia lección de canto que, finalmente, levantó los mayores aplausos. Está en la línea de Flórez, aunque es algo más ligero en la zona media y tiene todavía que asentar algunos sonidos; pero mostró ya muy buena escuela, en particular, en los filados, diminuendi y la cuidada recreación del adorno. En suma, un cantante a quien seguir de cerca a partir de ahora.

Como Rosina Ana Durlovski llevó a cabo también una excelente labor. El timbre es muy bonito, esmaltado, el agudo fácil y la actuación excelente; el volumen, en cambio, es pequeño, especialmente en el canto a mitad de tesitura; le faltó un poco de intención para destacar la doble vertiente del papel: inocente / maliciosa, algo que transmiten mejor otras cantantes con más experiencia. Muy aseado vocalmente y natural el fígaro de Levente Molnar, que habría ganado con una dirección escénica que subrayase mejor la astucia, movilidad y gracia del personaje. También hubiese sido deseable algo más de brillo en la emisión. Con todo, la encarnación fue muy buena.

Igualmente destacables, sobre todo por su vis cómica, llevada con la adecuada moderación, el Bártolo de Carlo Lepore, el Basilio de José Fardilha y, sobre todo, la  Susana Cordón, aclamada por su graciosísima caracterización. Notable el coro Intermezzo en sus distintas actuaciones a lo largo de la ópera.