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José María Merino: “El libro de las horas contadas”

por Alberto García-Teresa

Alfaguara, 2011. 218 páginas

Resulta una obviedad afirmar que José María Merino es uno de los más brillantes relatistas en lengua castellana, además de un excepcional novelista (ahí quedan obras fundamentales como La otra orilla, El heredero o la reciente El río del Edén). Con una serie de elementos y temas centrales, pero doblegados a un sano inconformismo que le lleva a variar continuamente de género y formato, la obra de José María Merino ha ido consolidando una trayectoria coherente pero que continuamente progresa; una obra que elude el estancamiento sin abandonar unas señas de identidad claras.

Este autor también ha aportado un importante conjunto de reflexiones a nivel teórico sobre el género, como las agrupadas en Ficción mínima. De ellas, creo pertinente, de cara a acercarse a El libro de las horas contadas, recordar que Merino entiende que el microrrelato, como expresión narrativa que es, debe contener movimiento y no abandonar la tensión narrativa ni la síntesis dramática.

Frente a las piezas breves recogidas en otros volúmenes, El libro de las horas contadas  agrupa relatos dispuestos de manera fragmentaria y conjuntos de microrrelatos bajo un título común (aunque cada uno posee el suyo propio). También contiene otros híbridos, en los que un cuento fragmentando es interrumpido por microrrelatos. Sin embargo, esos conjuntos se hayan ligados entre sí, y podrían apuntar a una reinterpretación de la estructura de una novela. Los cuentos, de hecho, están numerados, hasta llegar a los 23 conjuntos, que podrían tomarse como capítulos. De esta manera, El libro de las horas contadas constituye una subversión y una mezcolanza de géneros.

En manos de Merino, sin perder su esencia narrativa, el microrrelato se sitúa, a nivel de recepción, a medio camino entre la poesía y la narrativa. Podríamos afirmar que desde él, el lector se asoma a ambos géneros, y percibe lo mejor de ellos: la síntesis, la evocación, una historia fascinante, pero reducida a lo esencial. Así, Merino abre márgenes que deben ser construidos por el lector alrededor del texto; antes de la primera palabra, después de la última, y también entre líneas.

Las historias de Merino recuperan secretos. Para ello, el autor se muestra muy hábil construyendo atmósferas inquietantes, dejando la puerta abierta a múltiples interpretaciones. Entre ellas, por supuesto, se encuentran varias de raíz fantástica. Y es que José María Merino es un maestro del género fantástico, en lograr ese difícil desequilibrio de lo real, donde lo que está fuera de nuestras leyes físicas se hace posible y amenaza nuestras certezas. En sus personajes, esas certezas en peligro tienen que ver también con su propia historia, con su propia manera de comprender su entorno. No en vano, Merino emplea lo fantástico para poner en crisis la realidad, entendiendo la crisis como potencialidad. Además, el sueño, tan constante en su obra, constituye aquí, igualmente, un componente central para disparar esa duda.

A su vez, se revelan muy importantes el recuerdo y la memoria como elementos que disparan la imaginación. De hecho, su recreación y la fusión y confusión con el presente siempre han constituido aspectos clave de su narrativa.

En muchas ocasiones, se superponen distintos planos de narración en las piezas (cuentos dentro de cuentos que resultan ser otros cuentos explícitamente en los propios cuentos); algo que no es extraño en la producción de este escritor. No en vano, en estos relatos se repliega también el tiempo, hasta presentar un único punto donde confluyen pasado, presente y futuro. Además, los textos aportan una cosmovisión, y tienen, efectivamente, con frecuencia una temática cósmica o cosmogónica.

A pesar de ello, en ese entramado, el autor sabe disponer, sin romper el ritmo ni la atmósfera de las historias, meditaciones sobre la escritura, sobre la materia que genera la literatura: curiosidad, memoria e imaginación.

En definitiva, José María Merino coloca, con El libro de las horas contadas, una pieza más en la exaltación de la incertidumbre que constituye toda su magistral obra literaria.