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“Francisco Durrio: Sobre las huellas de Gauguin”

por Alberto López Echevarrieta

Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 3 de junio al 15 de setiembre de 2013

Mencionado siempre en las biografías de Gauguin y Picasso, sobre todo en sus épocas del París de principios del siglo pasado, Francisco Durrio pasa por ser un gran desconocido en el mundo del arte. El Museo de Bellas Artes de Bilbao recupera ahora su obra dedicándole la exposición, Francisco Durrio: Sobre las huellas de Gauguin, primera retrospectiva que ha conseguido reunir un centenar de trabajos del artista o lo que es lo mismo la casi totalidad de trabajos registrados en su catálogo.

La muestra, patrocinada por BBK Fundazioa, se ve reforzada con obras de sus coetáneos hasta alcanzar un total de doscientas piezas, algunas de las cuales –como los esmaltes de Paul Gauguin- jamás se han visto en España hasta ahora. Es, por tanto, uno de los hitos de la pinacoteca vasca y una de las muestras más atrayentes, ya que comprende no sólo óleos, esculturas, cerámicas, acuarelas, grabados y fotografías, sino una magnífica representación de los trabajos de orfebrería que hizo Durrio. Y como siempre, presidiendo la fachada del museo, una de sus obras cumbre, el monumento al compositor Juan Crisóstomo de Arriaga, uno de los iconos de la geografía bilbaina.

Tantos le deben tanto a Durrio

Francisco Durrio (Valladolid, 1868 – París, 1940) fue un bohemio toda su vida. Dotado de una gran capacidad creativa, le importaba más la obra que la fama o el dinero. No es de extrañar, por tanto, que viviese siempre de lo que podríamos llamar caridad pública. Sin embargo, era generoso como pocos. Su estudio en París fue refugio de cuantos artistas españoles iban por allí para aprender, con los bolsillos tan vacíos como los de su anfitrión. Picasso fue uno de tantos. Todos los artistas vascos y catalanes (Zuloaga, Iturrino, Casas, Anglada-Camarasa…) que querían ponerse al día sobre cualquier modalidad del arte en la capital francesa sabían que la primera puerta donde debían llamar era la del célebre Bateau-Lavoir, de Montmartre, donde, con toda seguridad, se podían alojar y compartir el escaso sustento de la casa.

“Durrio vivió en aquel apartamento entre 1901 y 1904, comenta Javier González de Durana, comisario de la exposición. Allí se dieron cita los más importantes artistas europeos del momento. Uno de ellos fue Picasso con el que tuvo una gran amistad hasta que el malagueño se introdujo en el cubismo, irritando de esta forma a Paco. Acabaron enfadándose seriamente a partir de “Las señoritas de Avignon”. Picasso se quedó en el piso y Durrio se mudó, prolongando su estancia en París”.

Durrio era un meticuloso perfeccionista de producción escasa y lenta. Vivía gracias a la beca que tenía del magnate Horacio Echevarrieta para cuya familia realizó varios bustos en bronce y mármol. Otra fuente de supervivencia fue su trabajo como marchante de obras de arte, negociando trabajos de Zurbarán, El Greco, Carreño, etc. para grandes coleccionistas. Todo ello le llevó a conocer a muchos protagonistas de la vanguardia artística y a trabajar con ellos.

“Otro gran amigo suyo fue Paul Gauguin, que le fue presentado por Picasso, añade González de Durana. Éste le introdujo en las esculturas africana y azteca, y antes de marcharse a la Polinesia le regaló un considerable número de obras que llegó a configurar todo un mito. ¡Cuánto se ha escrito sobre este tesoro que Gauguin le dio a Durrio! ¿Dónde está? ¿Quién lo tiene? Son preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez”.

El Monumento a Arriaga

La mayor parte de las obras de Durrio que ahora se pueden ver en Bilbao proceden de colecciones privadas de París, Madrid y Bilbao. El investigador aventura que, dado que este artista vivió medio siglo en la capital francesa, es muy posible que haya trabajos suyos en poder de entidades o particulares que desconozcan su autoría, ya que la firma del artista es un simple signo caligráfico. Confía en que la exposición y la difusión de su magnífico catálogo sirvan para descubrir obras no calificadas hasta el momento.

La muestra se hace eco también de uno de los mejores trabajos realizados por Durrio, el Monumento a Arriaga, por encargo del Ayuntamiento de Bilbao. Tardó mucho tiempo en hacerlo y fue recriminado por ello. Hoy preside el patio del museo con todo su esplendor, constituyendo una de las estatuas más extraordinarias que tiene la capital vizcaína. Su desnuda belleza fue el objetivo de una escandalosa campaña desatada por un periódico local que motivó su destierro a los sótanos del museo donde permaneció ignominiosamente escondida de 1950 a 1975, siendo sustituida por otra pulcramente vestida.

“Durrio tardó en hacer este monumento porque buscaba algo extraordinario para Bilbao. Los responsables municipales no pensaron en que la inspiración artística a veces no surge de inmediato. De ahí esas cartas que se cruzaron y que aportamos en la muestra”.

Antes de entrar en el museo sugiero al visitante contemplar la perfección de este monumento. Ha debido cambiar mucho la mentalidad de las personas, porque desde que está no se ha dado caso alguno de escándalo por ver desnuda a Euterpe, la musa de la música. Es una talla perfecta en la que la mujer sostiene una lira en sus manos apoyándola sobre el pecho. Las cuerdas del instrumento se forman por el agua al caer. Los frisos de la base son también objetos de admiración. No en vano estamos ante una de las mejores obras de Durrio.

La exposición

El recorrido por la sala BBK nos lleva a contemplar primero los retratos que varios artistas le hicieron a Francisco Durrio seguidos de los bustos que éste creó para la familia Echevarrieta, siendo de destacar los bronces que representan a Cosme y Horacio, sus mecenas.  La siguiente sección nos lleva a aquel estudio de Montmartre, meta de artistas vanguardistas, alguno de los cuales, como Ernest Chaplet, le enseñó a hornear arcilla. Otros, como Picasso, aprendieron allí a cocer esculturas en barro. Especial atención merece Paul Gauguin, representado por más de veinte piezas entre óleos, acuarelas, grabados y cerámicas, algunas de las cuales pertenecieron al propio Durrio.

El apartado dedicado a la orfebrería está compuesto por 46 piezas que son grandes esculturas de reducidas dimensiones, en su mayoría de plata y algunas con piedras semipreciosas. Hay broches tan extraordinarios como el que representa a Cleopatra abrazando y besando a la serpiente que denotan el sentido de la concepción que poseía su creador. No pasan desapercibidas las cerámicas, sobre todo los jarrones y vasijas cuyas formas redondeadas hablan del carácter modernista que les quiso imprimir.

La muestra termina con un recuento de los proyectos monumentales que el artista tenía en mente en vísperas de su muerte, sobre todo el Temple de la Victoire que quiso realizar al acabar la Primera Guerra Mundial como agradecimiento a las naciones aliadas que ayudaron a Francia en la solución del conflicto bélico. La maqueta fue destruida en un bombardeo, pero, gracias a dos fotografías, el proyecto se ha podido reconstruir virtualmente. Esta fue la más ambiciosa y desmesurada obra que Durrio quiso llevar a la práctica y que no pudo hacerlo porque su propia monumentalidad lo hizo inviable desde el punto de vista económico.

La exposición recupera a Francisco Durrio, tras muchas décadas de general desconocimiento en el mundo del arte.