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Discos

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Robert Adams. El Lugar Donde Vivimos

por Ángela Rubio

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid. Hasta el 20 de mayo de 2013

Todavía estamos a tiempo de disfrutar de una de las grandes exposiciones del año y me atrevería a decir de los últimos años.  Organizada por la prestigiosa Yale University Art Gallery en colaboración con el MNCARS  y comisariada por Jock Reynolds , Henry J. Heinz Director de la Yale University Art Gallery y Joshua Chuang, Conservador Asociado de Fotografía de la citada institución quienes han realizado una gran retrospectiva de unos de los cronistas ambientales más brillantes de Norteamérica . Esta exposición supone una oportunidad única de ver los trabajos más importantes de este artista. Ya en la primera sala un cúmulo de sensaciones te inundan entrecortándote la respiración. Desde el primer momento te das cuenta de que algo grande y profundo te espera.

Se trata de un amplio recorrido de más de 300 fotografías en blanco y negro realizadas entre 1965 y 2007. En nada más y nada menos que 10 salas reparten las 22 series fotográficas que nos llevan de viaje al oeste americano, un oeste americano que nada tiene que ver con el que nos ha llegado a través del cine.  Un recorrido entre minimalista y conceptual que establece una crítica reflexiva a los sistemas económicos y la transformación que estos causan. Con esta exposición el Museo Reina Sofía profundiza en la consideración de la fotografía como generadora de relatos complejos.

A lo largo de estas cuatro décadas Robert Adams  ha tenido un objetivo, llegar a la verdad de las cosas.  Registra lo bueno y lo malo de la cultura norteamericana, tan llena de contradicciones. Muestra lo que hay que celebrar pero también lo que hay que cambiar. Para captar la verdad con verdad – esto es con veracidad-  necesitaba tener un profundo conocimiento de lo que iba a relatar con su cámara así que durante 45 años recorrió el oeste caminando por las calles y recorriendo las carreteras secundarias.  Registrando cómo el paisaje ha sido ultrajado, deshonrado por la contaminación y la construcción desenfrenada e irresponsable. Las imágenes que podemos ver de la tala de árboles, de la desforestación de los bosques denuncian la destrucción del medio ambiente que asegurábamos amar pero también hablan de la autodestrucción sin sentido.  Robert  Adams muestra el final de un sueño echado a perder por la industrialización.

El panorama que se iba encontrando le hacía plantearse preguntas y a su vez lo que quiere es que nosotros al ver estas imágenes, nos hagamos preguntas también. Podríamos decir pues, que el propósito de Adams es también educativo. Y aquí entra en juego la esperanza de que  las nuevas generaciones paren este proceso; que vivan y sientan la extraordinaria y persistente belleza del cielo, el mar, las praderas, los caminos, las flores, los álamos etc…y tomen conciencia de la responsabilidad que tenemos  con la belleza y la fortaleza que la naturaleza nos da.  Esperanza, como dicen los comisarios, en que todos podamos encontrar una forma mejor de vivir.

Denuncia y plantea preguntas con un lenguaje fotográfico que dista mucho del dramatismo. Su potencialidad expresiva está basada en un tratamiento formal aséptico y distante más cercano a topografía descriptiva que registra lugares. Se podría decir que más que paisajes sus instantáneas son vistas cargadas de sinceridad y autenticidad. Salvo excepciones, no recurre a los contrastes lumínicos ni y formalmente es austero. Esta es precisamente una de las palabras clave a lo hora de sintetizar el trabajo de Robert Adams, austeridad; eso si, sólo los grandes maestros llegan a la excelencia a través de ella.

Esta exposición del Reina Sofía es una de las pocas en las que más que seleccionar obras destacadas podríamos mencionar las pocas que resultan menos sobresalientes. El resto son entre brillantes y excelentes, lo cual no es corriente en una exposición. La obra del artista es magnífica pero también debo felicitar a los comisarios por su trabajo. De la primera serie Las llanuras destacaría Disfrutando el viento tomada en 1969 en el este de Keota, Colorado. En los textos de sala podemos leer sus palabras: “Cuando cruces las llanuras abandona la carretera interestatal y busca una carretera secundaria donde pasear, escucha” Nos invita a disfrutar algo tan básico como el viento. Robert Adams tenía problemas respiratorios lo cual explica que lo valore especialmente. Aquí logra trasmitirnos gran serenidad y plenitud.

En la serie Eden encontramos dos de las mejores fotografías de la muestra. Se trata de dos fotografías aparentemente sencillas pero dotadas de una gran expresividad y narrativa. Dos lecciones magistrales de composición, en una de ellas compone jugando con la horizontalidad dinámica de la parte trasera de vehículos estacionados y la verticalidad de postes y soportes publicitarios;  en la otra fotografía un asiento, una mesa con algunos objetos, una ventana y una cortina…sin personas sugiere historias vividas en ese lugar. De la serie Suecia destaca el equilibrio y la belleza observada furtivamente de La granja familiar 1968, en la que dos grandes árboles enmarcan y focalizan la edificación a modo de cortinaje abierto al espectáculo de la vida. De la serie Nuevo Oeste destacaría la estructurada imagen de las caravanas y la toma en la que aparecen dos hombres de espaldas en una calle por mostrar una vida más sencilla y calmada.

La siguiente serie que encontramos en el recorrido de  la exposición es muy significativa, Lo que compramos documenta el alejamiento de nosotros mismos a través de lo que compramos gracias al crecimiento industrial y lo que no pudimos comprar, la naturaleza. En los años 60 y 70 aquella ciudad de Denver -siempre asociada a la riqueza desde la era de los buscadores de oro- experimentó un boom gracias al florecimiento simultáneo de la industria del petróleo, militar y turística. En esta época muchos empleados solicitaban el traslado a Denver seducidos por la belleza natural. La serie El oeste de Missouri es muy importante a nivel sentimental para Adams, su abuelo había recorrido las praderas de Dakota haciendo panorámicas. A finales de los 70 Adams quiso volver allí para redescubrir las tierras que tanto habían impresionado a sus antepasados.

En la serie Nuestros padres, Nuestros hijos encontramos las imágenes más tiernas y esperanzadoras de la muestra entre las que destacan la niña sobre un capó a punto de abrazar a su abuelo o aquella de una anciana entre dos coches. Robert Adams nos dice “cuando nos topamos con la inocencia, la belleza, el afecto, la alegría o valentía incluso en los sitios más remotos ¿no estamos obligados a agradecer estas emociones desafiando a los cronistas?”  En Noches de verano se deleita en esos momentos en los que la actividad cotidiana se toma un respiro y pudiéndose así  disfrutar del chasquido de un palo o del mismo silencio. Destaco la imagen tomada en Longmont, Colorado en 1980 donde las ramas de un árbol se proyectan en la puerta del garaje ¿podríamos  leer aquí que la naturaleza debería estar por encima de la industria?

Las series Álamos y Primavera en Los Angeles ahondan en la idea de que, en palabras de Adams, los árboles nos entregaron un mundo perfecto y nuestra respuesta ha sido indigna. Especialmente bella resulta Nueva urbanización en una antigua plantación de cítricos tomada en California hacia 1983. En la serie Deshacer lo andado compara la tala indiscriminada con la guerra por dejar un panorama similar. Con esto el fotógrafo grita su dolor y habla de falta de respeto y de la violencia. Termina preguntándose “¿Hemos heredado, a cambio de los bosques originales, algo que tenga un valor equivalente?”  Ya en el último tercio de la exposición podemos ver la serie  La guerra de Irak en la que se muestran fotografías tomadas en la plaza de Astoria, una pequeña localidad de 10.000 habitantes a la que llegó el 23 de julio de 2007 la exposición homenaje a algunas víctimas de la guerra de Irak. Se exhibieron un par de botas por cada soldado americano caído y un par de zapatos -de adulto y de niño- por cada civil iraquí anónimo asesinado. A este proyecto lo llamaron “Ojos bien abiertos”.  Es difícil no salir de la exposición así, con los ojos bien abiertos cargados de preguntas y reflexiones, de belleza y esperanza.