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Cristina Fallarás: «Últimos días en el Puesto del Este»

por Alberto García-Teresa

Salto de página, 2012. 112 págs.

Inquietante y desasosegante, con una extraordinaria habilidad para el desarrollo psicológico de los personajes, Cristina Fallarás ofrece una gran novela, meticulosamente armada y sabiamente contenida.

La protagonista del libro pertenece a un grupo de personas que sobreviven sitiadas en el Puesto del Este, un caserón encaramado en una montaña, entre bosques, en un futuro inmediato (2014, en concreto). Últimos días en el Puesto del Este constituye una novela no de relato, sino de personaje, a pesar de revelar un sugerente e interrogante mundo. De este modo, Cristina Fallarás incide en el conflicto individual de la protagonista, que está determinado, evidentemente, por el contexto, el cual sólo aparece difuminado, descrito indirectamente, de pasada. Se desarrolla a través de una narración en primera persona, con un tono de confesión. La obra consiste en un relato muy condensado, pues toda la acción se encierra en diez noches. Mediante una prosa muy cuidada, que brilla de manera especial en los pasajes expresionistas,  la escritora va desgranando el horror del presente poco a poco, desde un segundo plano. Se trata de una situación de guerra, pero no se manifiestan las causas ni se plasma el desarrollo del conflicto. Sólo sabemos que la protagonista, sus hijos y otras personas se hayan rodeados por «los bárbaros». No se define a este colectivo; solamente aparecen retratados por su vandalismo, su crueldad y por las aseveraciones que nos informan de que han tomado el control del mundo y que han cultivado con saña el caos y el terror. De hecho, las leves alusiones al exterior del principio del volumen desaparecen en la mitad del libro para que seamos absorbidos por la paulatina degradación interior de la protagonista. Y es que Cristina Fallarás, como he señalado, se centra en el personaje, que no tiene nombre propio, dado que sólo aparece referida mediante un apodo, escogido entre otros varios motes: La Polaca.

Realmente, la protagonista se enfrenta al asedio de la sinrazón, de la locura, del caos. Permanece esperando a que regrese su marido, el Capitán, el líder de ese grupo, que ha partido sin una misión declarada, con sus niños pequeños, en un ambiente de una hostilidad extrema. Pero ella insiste en aferrarse a lo bello, al control frente a la amenaza del desorden exterior. Sin embargo, la erosión de la locura y la incertidumbre poco a poco se va haciendo visible. La desolación va abriéndose camino conforme avanzan las noches.

La protagonista hilvana sus recuerdos, y cumple sus deseos a través de sus ensoñaciones. Demuestra así una descomunal vida interior, que contrasta con la penuria y la gravedad de la realidad externa (recordemos, en ese sentido, la experiencia de los supervivientes a los campos de concentración). De hecho, los recuerdos suelen estar movidos por el amor o manifiestan un deseo de evasión explícito. Es más; la memoria o la fantasía del amor suponen el asidero para no caer en la desesperación. Es un ancla de cordura para La Polaca. Además, los recuerdos se disparan, pero siempre concluyen regresando a la realidad, con lo que se resalta su contraste. A la vez, poco a poco se va construyendo el pasado del personaje, lleno de traumas.

En cualquier caso, en el volumen se presentan todos los elementos para interpretar el libro como una parábola de nuestro tiempo; para trasladar los acontecimientos a nuestra realidad.

De esta forma, Cristina Fallarás ha logrado una novela agónica, que gira en torno a un personaje muy logrado y rico. Se trata de una obra absolutamente perturbadora, con una gradación espléndida. Por todo ello, Últimos días en el Puesto del Este resulta una excelente novela que no debe pasar desapercibida.