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“Tengo muy poco interés en el mundo moderno y no tengo ningún problema con ello”, asegura Little Steven hablando de su nuevo álbum en solitario, Soulfire, el primero en 18 años. “He Más»

José Manuel Lucía Megías: “El único silencio. Poesía reunida 1998-2017”

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Diversa, rica y especialmente atenta a las diferentes posibilidades expresivas de las distintas formas, la poesía de José Manuel Lucía Megías constituye un interesante viaje por la multiplicidad de voces que recogen Más»

Discos

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Restaurado“El Vientre Del Observador”, de Urzay

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El vientre del observador, una de las obras más icónicas del Museo de Bellas Artes de Bilbao acaba de ser restaurada recuperando de esta forma la brillantez y la vivacidad de los Más»

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Un conjunto de formas geométricas simples como triángulos, rectángulos y cuadrados, en contraste con líneas paralelas, repeticiones hipnóticas y formas policromáticas inundan este verano las salas del Museo Thyssen de Madrid. Es Más»

Lila Downs, la luz que brilla cada vez más fuerte

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Lila Downs llega a su décimo segundo álbum, Salón, lágrimas y deseo, intentando dar continuidad a su lucha por el empoderamiento de la mujer, tema a favor del cual se ha manifestado Más»

Discos

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Un total de 38 retratos del pintor italiano renacentista Lorenzo Lotto se muestran en el Museo del Prado hasta el 30 de septiembre de 2018. La exposición, que ha sido comisariada por Más»

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La piratería siempre ha tenido un atractivo especial para la investigación. Tal vez porque casi todos, de niños, hemos tenido como libro de cabecera La isla del tesoroo porque nos han seducido Más»

Silvia Pérez Cruz: valentía, locura, un encargo y un recuerdo pendiente

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Silvia Pérez Cruz ha editado recientemente su nuevo disco, Vestida de nit, cuyo origen está en un concierto acústico que le propusieron en su día dentro de un ciclo de música clásica Más»

 

David Bobis: “La sed de la arena”

por Alberto García-Teresa

Amargord, 2012. 92 páginas

Con La sed de la arena, su segundo trabajo, el madrileño David Bobis apuesta por la polisemia y por la sugerencia, por el sentido de conjunto. De esta manera, acercamos estas piezas al contexto de resistencias en el mundo árabe por referencias dispersas o por elementos del paratexto, como el original prólogo de David Benedicte o las citas pertenecientes a ese estupendo conjunto de poemas sobre el Sáhara Occidental que es Sukút, de Isabel Bono (abriendo cada una de las tres secciones del libro; secciones numeradas de forma decreciente, del tres al uno), o la propia de Mahmud Darwish.

El libro destaca por su poderoso entramado simbólico y su integrado marco metafórico. Vertebran el poemario algunos elementos centrales, como la arena y el desierto, la lluvia, el ahogo o la sed. Por tanto, se lleva a cabo un continuo juego con el agua, el mar y la sequía como símbolos. En concreto, el agua en general, especialmente en forma de lluvia, fiel a la tradición, constituye un símbolo de vida, de revitalización, de regeneración. Resulta motivo de júbilo y de ilusión.

Destacan, así mismo, los numerosos elementos naturales que construyen, en manos de Bobis, una atmósfera de tensión, de enfrentamiento y de oposición de términos. Precisamente, esos símbolos permiten que la obra obtenga un alto vuelo lírico («una lágrima / se evapora, // mojando / el sol») y, de igual modo, cierta contemplación meditativa al abordarlos.

Hay que tener en cuenta que el volumen está integrado por poemas bastante pequeños, como varios haikus, que además están compuestos por versos muy breves. De esta manera, muchos poemas están constituidos por una sola imagen sin desarrollar, o bien por la concisa exposición de unos pocos elementos en oposición o pugna.

Por su parte, el poeta presenta un mundo donde el silencio es equivalente a la muerte y donde reina la desolación («tras el desierto, / el propio espejismo»). Sin embargo, busca simbólicamente los espacios donde la vida o la belleza persisten en esos escenarios desolados. No en vano, ensalza la esperanza, y así proclama lo inacabado, lo interminable («ceniza / que vuelve a arder»), que constituyen aspectos de no resignación, en esencia («mi boca besa lo que muere, y lo acepta: // continúo cavando»). En cualquier caso, el escritor atiende a los procesos, no a los acontecimientos concretos, y por eso gana también en riqueza interpretativa.

Impulsa la obra un hondo deseo humanista, a pesar de la poca presencia del ser humano en los poemas, el cual aparece representado mediante metonimias con partes de su cuerpo.

Al respecto, llama la atención la presencia reiterativa de la muerte al manifestar la muerte en vida de muchas personas. Pero tampoco escapa a esa comprensión de la vida como una dinámica imparcelable, imposible de ser fijada: «escribo la palabra // muerte // …y su respiración». Así, además, da la vuelta al sentido lineal de comprensión de la realidad. Bobis afirma, por tanto, las múltiples maneras de abordarla y la necesidad de desestabilizar las certezas a través de poderosas paradojas.

Al mismo tiempo, La sed de la arena también resulta un canto a lo sutil, que se corresponde formalmente con esa filosofía: «En la punta de los dedos / o en la lengua: / no es tan complicado, ¿sabes? // Sólo ahí, justo en ese instante: / sólo estar ahí».

Además, existe una reivindicación «terrafirmista», que diría Nicanor Parra, por la cual rehuye del idealismo: «quiero la tierra :bajo mis pies / :caminarnos: / su sangre :cubriéndolos».

De este modo, La sed de la arena resulta un poemario muy coherente y sólido, que trae la inquieta voz de David Bobis; un poeta con una gran proyección.