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Discos

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Discos

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“Tengo tanto sentimiento…50 años de fotografía portuguesa”

por Ángela Rubio

Sala de exposiciones de San Benito. Valladolid. Del 8 de abril al 1 de mayo de 2011

La Fundación Municipal de Cultura nos presenta una exposición especialmente producida para la sala de S. Benito por la Fundación Foto Colectania con sus fondos así como con los de la Fundación PLMJ de Lisboa y coleccionistas privados portugueses. En total más de ochenta obras con las que se pretende hacer un recorrido por la fotografía lusa durante cincuenta años con el objeto de reconocer su calidad, creatividad y arrojo.

Los criterios de selección a los que se enfrenta un comisario a la hora de escoger quien representa mejor lo que quiere contar y transmitir son muy variados y la elección siempre resulta difícil y en algunos casos dolorosa. Aquí Filipa Valladares, comisaria y colaboradora  de Foto Colectania desde hace once años ha escogido a dieciséis artistas a través de los cuales muestra en términos generales tanto la fotografía más personal como el documentalismo portugués. La representación de los mismos es irregular: extensa en los casos de los grandes maestros como Gerard Castello-Lopes (1925-2011) con 11 obras de la Lisboa de los años 50 o Antonio Sena da Silva (1926-2001) con 10 fotografías que nos permiten hacer un recorrido por su obra desde 1956 hasta 1999 y más reducida la representación de los fotógrafos emergentes como Nuno Maya(1978) que explora la vida y los comportamientos sociales en lugares públicos aislando sus figuras del contexto envolvente o Catalina Botelho (1981) más orientada hacia lo cotidiano y la poesía de las pequeñas cosas banales de su entorno personal y objetual, destaca por el tratamiento de la luz y los encuadres fuertemente influidos por la pintura clásica y el cine. Se admite esta desproporción por ser una exposición que pretende ser un itinerario  acreditativo de la fotografía a lo largo de cincuenta años y en la valoración global de éstos la relevancia de las figuras emergentes no puede, como es lógico, compararse con la de los maestros que han construido la identidad fotográfica de Portugal. A estos últimos se les dedica una atención especial.

Sin duda la figura más emblemática de la fotografía portuguesa es Helena Almeida (1934) presente es esta muestra con siete obras realizadas entre 1975 y los años 90. Dos de éstas ocupan un lugar preeminente en el recorrido de la exposición, el frontal de la primera sala. Utilizando su cuerpo como único soporte y vehículo de comunicación, elabora sus famosos autorretratos fotográficos siempre transformados por pinceladas  de colores puros o líneas dibujadas. Quiere apropiarse del lugar del arte, de la imagen pictórica lo que ella llama habitar el lienzo para “invadir la pintura para que sea algo más que pintura” Con ello se adentra en una reflexión acerca de la realidad y la virtualidad para buscar la forma de invadir el exterior, saltar el cuerpo afuera para hacerlo sentir.

Lo realmente interesante, a parte del resultado, es el proceso creativo previo a la toma de la fotografía y no me refiero únicamente a nivel de producción material de la misma, sino a nivel de producción intelectual. Almeida quiere ser capaz de analizar la parte oculta y desconocida que hay dentro de ella para así, resolver una cuestión determinada con toda intensidad. Esta intensidad no está cargada de dramatismo sino de poesía gestual sensual en unos casos y misteriosa en otros. Como artista resulta difícil de encuadrar porque es una fotógrafa que no hace fotos; utiliza su cuerpo pero no es body art ya que no exalta su condición física ni sublima el dolor sino que explora su subjetividad; tampoco son performance ya que no reflejan el proceso de una acción y  no hay nada de improvisación ni provocación. Lo que está claro es que a través de una acertada hibridación de medios expresivos en los que se mezclan fotografía, pintura y gestualidad, fotografía los sentimientos haciendo material la incomunicación, la ruptura o la soledad.

Otra de las personalidades sobresalientes de la muestra es Jorge Molder (1947) con una trayectoria caracterizada por la profundidad psicológica de un hombre en conflicto con su identidad. Su base es la experimentación, la búsqueda y lo que ocurre durante ella.  Para él, no es posible separar lo que hemos visto de lo que somos y por ello la melancolía el decaimiento o la vulnerabilidad salen a la luz en sus autorepresentaciones. Las fotografías que podemos encontrar en la exposición pertenecen a las series “Un día sombrío” de 1983, “Camareros” de 1986 y “El pequeño mundo” de 2001. Todas ellas tienen algo en común, estar ubicadas en espacios irreconocibles, en atmósferas intemporales y contener una narrativa de corte misterioso. En ellas se descubre la importancia que observa y otorga Molder a cada gesto a cada sombra.

Su estética es marcadamente cinematográfica -se  han encontrado afinidades con la obra de D. Lynch, Hitchcock o T. Browing- es como si sus instantáneas formaran parte de un film. Encuadres confusos, equilibrio absoluto entre masas y vacíos, luces y sombras junto con el uso de la arquitectura doméstica y del entorno objetual para crear efectos y atmósferas determinados le sirven para lograr composiciones magistrales. Otra de sus constantes es que aparece realizando una acción, incluso simula estar en movimiento pero en realidad sus imágenes son muy estáticas lo cual contribuye a una mayor densificación fotográfica.

Muy interesante resulta también la obra de Paulo Nozolino (1955) uno de los máximos representantes de la fotografía portuguesa desde los años 80 y unos de los que mejor modelan espacios con el blanco y negro. “El blanco y el negro son los únicos colores que veo”  Su increíble conocimiento de la luz y especialmente la visión del mundo que le han ido dando sus múltiples viajes son plasmadas en atmósferas tenues y enigmáticas. Uno de sus valores esenciales radica en la simplicidad compositiva, y la economía de medios. En su intento de llegar al corazón de las cosas, de la gente y de los lugares reduce elementos. Nozolino en su obra destaca aspectos que para mucha gente pasarían desapercibidos. Es consciente de que ese es el verdadero trabajo de un fotógrafo, transformar el conocimiento y la experiencia que tenemos del mundo y de nosotros mismos.