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Bittersweet, a salvo de la radiación

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Mariano de Blas: Rêves de mains (Los sueños de las manos)

por Redacción

Galerie Brûlée. Estrasburgo. Del 10 de febrero al 5 de marzo. http://www.galeriebrulee.fr/

Con esta obra de Mariano de Blas (Madrid. 1958) me acuerdo enseguida de Lacan, de lecturas, de entre lecturas que se interrelacionan. Con sus pinturas transgrede los principios de autonomía  autosuficiencia de la obra de arte, emanados del modernismo, en cuanto que supuestamente las obras de arte no se pueden leer narrativamente, ni estar sujetas a un texto previamente convenido. Para Clement Greenberg, un cuadro era un cuadro, similar a la realización de una finalidad sin fin kantiana. Desde esta lógica, un cuadro es un cuerpo sin texto ni letra, que ofrece exclusivamente una experiencia inefable. El cuadro sería un suceso, no una historia relatada, y en cuanto suceso exento y con sentido en sí  mismo, no ha de ser para los que persisten en pensar una historia a través de él.

Mariano de Blas, sin embargo, sí que pretende contar historias pero sin referirse a nada. En el primer caso, se ha de entender como una sucesión de significados que se superponen, pero que carecen de argumentación. Aun así, no serían tampoco las historias surrealistas que apelaban al inconsciente. Si bien, este artista, admira a Magritte, en estos trabajos no hay alusión al inconsciente del artista, ni al de nadie, sino al “relato” sin narración  de una acumulación de imágenes tomadas de su museo imaginario de la historia. Manchas, trazos abstractos, superpuestos y recombinados de imágenes de la Enciclopedia francesa, de los manuales de jardinería, de herramientas, de botánicas ilustradas y de compendios actuales. El ojo captura, la mano relata.

Se trata de un Relato entre los entresijos y la oscuridad de unas imágenes confusas en su argumento, con la intención de permitir que sean de imposible coherencia argumentativa.

Y se piensa en Lacan, es inevitable encontrarse con el espejo. Si el argumento de la imagen queda desprovisto de sentido intencional alguno por parte del autor, es inevitable que el espectador de la obra no construya su propia historia, en donde su final conduce inevitablemente a que lo que él contempla, es el espejo de lo que él imagina. El poema visual hecho con las manos, que son estas pinturas, son en cuanto que son mirados, como toda criatura, planta o mineral que existe en nuestra imagen mental de la Naturaleza. Todo, menos los humanos, aparece según el mundo material en el que ha surgido. Nosotros, además, podemos ponernos máscaras. La máscara es una imagen que modifica el rostro, que es esa construcción de la identidad que cada uno se hace, día a día,  sin quererlo, sufriendo su inevitabilidad. Sobre esa imagen fija, hierática, inamovible,  que es la máscara, sin embargo, el que la ve, se hace una idea propia de lo que se oculta detrás de la máscara. El que mira a la máscara se imagina, se construye, el rostro que se oculta tras ella.  Así podrán entenderse estas obras, también fijas e inamovibles, como las máscaras que ha construido el pintor con sus imágenes, sobre las cuales, el otro que las contempla, construye nuevas historias, sobre las que su autor se pregunta cada vez que las ve.

La pintura, con su pérdida del monopolio en la construcción de la imagen ya no se preocupa del engaño inducido de la representación. En primer lugar, declara claramente su historicidad, porque ahora siempre compara el presente hacia el pasado. La pintura es lo contrario que otras imágenes, que no son construidas por una herramienta, pincel, lápiz, sino por una máquina cámara, ordenador, imágenes éstas que son referenciadas desde el presente al futuro por devenir. Incluso el hecho de encarnarse en un objeto, la obra artística única que es una pintura, ya se asocia a la historia, si se compara con la imagen virtual (asociada al futuro) cada vez más preponderante, como tan lúcidamente señalaba José Luis Brea en su último libro antes de fallecer.

Las imágenes de esta obra pictórica se muestran cómo los enlaces que un texto en el ordenador enganchado a la web, invitan a ir superponiendo pantallas, que un loco internauta podría sobreponer hasta el infinito, pero ahí termina la semejanza. La capacidad expresiva de cada una de estas pinturas reside en que el espectador vaya superponiendo imágenes de historias. Ahí radica el potencial de imaginar  las construcciones del contenido presentado, dentro del espacio pictórico de cada obra. Después, cuando la luz se apaga son objetos materiales y no entes habitando en la nube de la web.

A Mariano de Blas le gustan los objetos, pero con un sentido completamente opuesto al del consumismo. Objetos conferidos de atributos emocionales que los hacen útiles para la extensión de la identidad y por tanto inmunes a esa obsolescencia planificada que es la moda. Uno de esos atributos emocionales, es la historia, los rastros que han dejado los ausentes, que actúan como espectros ante nuestra mirada. Lacan señala que el pintor, en su deseo de ver, trata de satisfacerlo produciendo imágenes. A su vez, sus obras alimentan a esa mirada y apacigua su deseo, pero por poco tiempo queda domado ese deseo, surge de nuevo. El psiquiatra y psicoanalista francés, tan interesado por el arte, pone de ejemplo a los toques de pintura que Matisse coloca en la obra. Y en este caso, desde luego que de Blas es deudor de la técnica matissiana de dibujar con líneas de colores y del espacio pictórico ocupado por colores planos que se interrelacionan, aunque el uso del carboncillo y su volumen de sombreado se alejen del francés.

Lacan señalaba que el pintor cuando pinta va apreciando cómo surge una imagen nunca vista mediante la acumulación de sus pinceladas. Esto por lo menos se podía aplicar al pintor que hace su obra sin la referencia de un estudio detallado previo. Desde luego, este el caso con de Blas, que arranca de una imagen, a la que va añadiendo otras precisamente por la sugerencia que cada anterior le proporciona. En suma, aparece la obra resultante, como el final de un diálogo entre la imagen y el pintor. Esta relación se traduce en la carnalidad del toque, en la suma de gestos manuales, el resultado del “sueño de una mano”, lo que hace que la pintura sea diferente a otras artes, en las que la máquina es el intermediario entre el artista y sus imágenes, y eso deja una impronta, un sello peculiar en el discurso, tanto en la pintura como en las demás artes visuales.