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Jesús Talón Pérez-Juana: «Entropía»

por Ana Isabel Ballesteros

(Círculo Rojo, 2018. 143 págs.)

Pocas veces llegan a los lectores libros de relatos que despierten, como este, emociones olvidadas en los armarios o trasteros de la juventud, relatos que contengan pequeños saberes que esperanzan, que animen a aguardar las recompensas del buen hacer. Pocos hay también que manifiesten auténtica gratitud hacia lo mejor de la vida en común, hacia lo mejor de los amigos que rodean al escritor.

Los saberes que van desgranándose cuento a cuento se silencian verbalmente pues, anclados en la modernidad, se indican por el acontecer de los personajes: la intervención personal, a veces invisible o inapreciable, pero certera, en el futuro del entorno, del planeta incluso; la necesidad de no delegar en otros la siembra de lo que uno desea hallar al cabo del tiempo; el aprehender y atender a las diferencias y necesidades de los demás, y a tratarles de acuerdo con ellas; el abanico de reacciones humanas, las dinámicas grupales. Pero el autor es consciente de que estos motivos ya se han proyectado en otras obras de grandes escritores, y busca modos peculiares, sorprendentes, de transmitir lo sentido o experimentado al asimilar esos saberes o al manifestársele en todo su esplendor.

Ciertamente, en los procedimientos se aprecian remedos de Borges, Cortázar o Faulkner, cuando no influencias televisivas, pero Jesús Talón no renuncia a esos malabarismos de los grandes maestros literarios, porque ha compuesto un libro para adultos que no rechazan su innata condición de niños en progreso capaces todavía de asombrarse, o para niños sin prejuicios adultos; para cuantos conocen la distancia entre la fantasía y la realidad, pero saben también que la fantasía alimenta y salva de las bajezas de la realidad, y con frecuencia las ilumina en diferentes sentidos. Por eso se permite incluso pequeñas alusiones al lenguaje infantil, como cuando usa el verbo “mimir” en lugar de “dormir” o introduce lenguaje onomatopéyico.

En varios cuentos, el narrador traslada a sus relatos las sensaciones experimentadas por los lectores cuando, sumergidos en el mundo de una obra de otra época o cultura, se ven obligados a resurgir a la vida real y tropezarse con otro entorno sin adornos. Uno de los recursos empleados para expresar ese choque emocional consiste en trasladar a los cuentos la técnica de animación de convertir a los personajes en homínidos, o a los homínidos en personajes humanizados, como en “El mono que sabía”, “Belenofobia” o “Todo apunta hacia la vida” aunque esta fórmula, cuando no se explicita hasta el final del relato, también sirve para que toda la historia adquiera un sentido diferente, porque obliga a modificar la perspectiva, como en “Jasón, el idealista”. La misma pretensión de aprecia en “Evolución”, en que Talón emplea con maestría la conocida táctica faulkneriana de ceder la voz narradora a un alguien cuya identidad, finalmente vislumbrada, enseña al lector aspectos de la vida generalmente inadvertidos por demasiado supuestos y vividos. Estas técnicas se alternan y a veces se superponen a la de una suerte de relatos enmarcados que señalan al lector su conclusión cuando comparece como lector inesperado, en espejo, un chimpancé, como en “Dos de cada especie”, o se anima a seguir leyendo, como en “Belenofobia”. Precisamente este último relato constituye también un ejemplo de cómo a veces el exotismo oriental sirve al autor para aromatizar, conforme a las emociones de los personajes, sucesos ordinarios con los que se correría el riesgo de perder el interés de un lector ya resabiado.

En conjunto, en este libro de relatos vibra una fantasía que no se arredra de ostentarse como analogía o como alegoría de muchas vivencias de la realidad en sus aspectos más radiantes. Sin duda alguna, con más relatos como los de Entropía, crecerían las ganas de sonreír ante el mundo.