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Arte y Pandemia

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Mi amiga Helena Paz Garro

por Julia Sáez-Angulo

El pintor Juan Soriano, que obtendría el primer Premio Velázquez a un autor hispanoamericano en 2005, fue quien me presentó a Helena Paz Garro en su gran apartamento estudio de París, situado en la avenida Republique, donde el artista mexicano vivía con su pareja y ayudante el polaco Marek Keller. Estábamos esperando a “la Chata” para la cena, Juan Soriano, una funcionaria de la UNESCO, también mexicana, el pintor español Bonifacio Alfonso y su esposa Mercedes, que dirigía el Instituto de México en la capital del Sena, y yo. Era hacia finales de los 80.Helena Paz Garro -a quien familiarmente llamaban la Chata- avanzó con su figura delgada y movimientos elegantes provenientes de sus jóvenes estudios de ballet, y se me antojó una figura del pintor neerlandés Kees van Dongen, por su traje de chaqueta de falda recta con variados colores sin estridencia, que animaban su flaca silueta y sobre todo por su pelo rubio, su naricilla chata y los encendidos labios rojos que resaltaban en su tez pálida. Juan Soriano, buen amigo de Octavio Paz el padre de Helena, la recibió alborozado, con grandes aspavientos de afecto.

Después de su llegada Marek se levantó y dijo: Disculpadme, pero voy a matar al pollo. Efectivamente, al poco rato, nos sentamos a la mesa y cenamos pollo al curri.

Helena Paz y yo conversamos bastante durante la cena y me contó que trabajaba en el Consulado de México en París y vivía con su madre, la escritora Helena Garro y Jesús Garro, un primo materno, en un apartamento del Paris XVI, dato que subrayaba que era en el París elegante que representa tal distrito. Le mostré mi deseo de entrevistar a su madre y quedó en consultarle. Se llevó la tarjeta con mis coordenadas, al decir de los franceses. Al terminar la cena, Helena Paz se excusó, pues debía irse pronto a casa, ya que esperaba una llamada de teléfono importante.

Juan Soriano le picó un poco diciéndole que una llamada importante solo puede ser de amor… o de tu papá, añadió sonriente. Ni de una cosa ni de otra, replicó ella mientras se abrochaba la chaqueta del traje. Al irse, la funcionaria de la UNESCO preguntó a Soriano por la relación de padre e hija. Ha mejorado, pero siempre con altos y bajos, contestó el pintor. La Chata tenía que haber seguido con el marido alemán, con el que se casó en 1964, y que la quería llevar a Alemania, pero la madre, Helena Garro y ella se enzarzaron en la rebelión política estudiantil en México en el 68 y eso lo cortocircuitó, añadió el artista. Helena Paz estaba divorciada.

En aquella tertulia después de la cena también se habló de María Zambrano y su hermana Aracely, cuidadoras nutricias de numerosos gatos, en su barrio de Roma, para enfado de muchos vecinos que las denunciaban a la alcaldía por aquella comida y desperdicios de basura que organizaban. Al fin y al cabo la ciudad Eterna cuenta con la Torre Argentina donde se acogen los gatos abandonados en la capital de Italia. Soriano hablaba con gran admiración de la filósofa malagueña.

Helena Paz y yo quedamos varias veces en París para tomar un café y a conversar de literatura. Era una mujer culta y erudita, llena de lecturas, experiencias viajeras y de encuentros interesantes con personajes de la política, la diplomacia, la literatura, el cine… Había estudiado en un internado suizo y en la Universidad de México. Hablaba el francés a la perfección, contaba que le chocaba el español cuando regresaba a México y lo escuchaba en la calle, pues el español acabó siendo para ella la lengua materna y del interior de la casa en los numerosos países en los que residió con los desplazamientos diplomáticos de su padre. Solo la lectura de la literatura española le mantenía en un nivel de lengua más allá del doméstico y sobre todo en un nivel más elevado. En realidad era una mujer políglota, pues también sabía inglés y alemán, no al nivel de francés o del español, e incluso llegó a aprender japonés siendo niña. Helena me mostró algunos poemas suyos que me gustaron. No tendrás dificultad en publicarlos, le dije pensando que eran buenos, pero ella me malinterpretó:

-Lo dices por la influencia de mis padres, pero yo nunca recurriría a ellos para publicar y ellos tampoco me apoyarían motu propio. A veces le dedico a mi madre algunos poemas y se los doy a leer, pero no le gustan o no quiere que se los dedique, unas veces, dice, porque son tristes o porque hablan de la muerte.

Al fin Helena me dijo que su madre, la escritora Elena Garro, me recibiría en su apartamento el sábado por la tarde. Era un principal espacioso y algo sombrío de una casa señorial, con pocos muebles en el interior. Elena Garro me recibió muy cordial y conversamos sobre sus libros, mientras acariciaba un gato y tomábamos un té. Estaba escribiendo un libro sobre la revolución rusa, en el que estaba empeñada durante varios años. Me chocó que se interesara por ese tema a la altura de casi los 90, cuando la revolución soviética de 1917 ya era el pasado contestado y el marxismo, obsoleto. Era un prejuicio mío. El afecto entre madre e hija -Elena Garro y Helena Paz- se palpaba al dirigirse una a la otra. Ambas adoraban los gatos y contaban que se iniciaron en ese afecto debido a la escritora española María Zambrano, a la que Octavio Paz y Elena acogieron en su casa junto a su hermana durante algún tiempo.Hay gatos en la narrativa de Elena Garro y en la poesía de Helena Paz. Ambas adoraban a los felinos domésticos.

Apareció por el salón Jesús Garro, el primo materno del que me había hablado Helena sin mucho entusiasmo, pues me aseguró que las tenía atemorizadas a ambas mujeres, pues había noches en que él había tomado en exceso y les gritaba, amenazaba o rompía muebles, hasta el punto de que los vecinos llamaban a la policía para poner orden y reclamar silencio. En una ocasión les pusieron una multa, que afortunadamente no prosperó, imaginaba que por influencia de su apellido o de su padre.

Me sorprendía el porte que tenía Helena Paz y como diferenciaba a la gente con la que hablaba. Tras una divertida cordialidad conmigo en la escalera de su apartamento, apareció la portera y su trato se convirtió de inmediato en amable, pero distante, al dirigirse a Madame la Concierge; lo que llaman los ingleses, to talk down, hablar hacia los de abajo posicionándose en el propio estrado. Resultaba curioso en una mujer que apelaba siempre al pueblo, cuando hablaba de política social.

Helena me hablaba de sus padres con afecto y naturalidad entre nuestras conversaciones literarias o de actualidad. De ella recuerdo el comentario de que su padre nunca quería que le contara nada de la vida personal o casera, pues le atajaba al momento diciendo: no quiero saber nada de chismes ni de líos domésticos. A Mari-José Tramini, esposa de Octavio Paz la detestaba. Me ha humillado en varias ocasiones en que he ido a pedir ayuda a mi padre, llamándome tontita, tontita, con mucho desprecio… He sufrido mucho con la separación de mis padres, se lamentaba Helenita con frecuencia al hablar de sus progenitores.

 Después de nuestros encuentros en París, nos seguimos escribiendo y viendo en los viajes de Helena Paz a Madrid. A diferencia mía, a ella le gustaba el género epistolar y era capaz de enviarme hasta tres folios escritos, aunque no los cuarenta que le llegó a enviar al escritor Ernst Junger. Con el escritor alemán Helena se escribía periódicamente desde muy joven y esta correspondencia era un orgullo para ella. Lo citaba con verdadera veneración y decía que sus libros le habían salvado la vida de una fuerte depresión. Estaba orgullosa de esa amistad epistolar, que logró por sí misma.

En una de las cartas que a mí me dirigió aseguraba que Clara Janés -con la que también se escribía- y yo éramos sus mejores amigas en España, amigas claras y sinceras como buenas españolas, no como en México donde había mucha hipocresía. Siempre andaba con penuria económica, y se quejaba de ello. Un escritor que la conocía bien me advirtió un día: Ten cuidado, que cualquier día Helena Paz te da un sablazo. Helena nunca me pidió dinero. Una vez Clara Janés, en un acto cultural, me comentó: Helena Paz no está muy bien. No supe si de salud o de dinero, que era lo habitual. Estaba ingresada en una residencia de Cuernavaca, bajo la supervisión de su primo Jesús, que iba de albacea de los derechos literarios de Elena Garro.

Cuando Helena Paz Garro publicó sus Memorias en México, en 2003, Clara Janés y yo nos pasamos el libro muy interesadas siempre en las andanzas y la escritura de esa mujer a la que apreciábamos y que nos había seleccionado como sus apreciadas amigas españolas. Supuse que esas Memorias serían un alivio económico para la autora, que entonces vivía en una casa con jardín en Cuernavaca, junto a su primo, y se quejaba de que no podía sostener los gastos con el dinero dejado en fideicomiso por su padre.

En 2007 Helena Paz publicó al fin La rueda de la fortuna, su primer libro de poemas, prologado por el escritor alemán Ernst Jünger. Ella decía que el prólogo valía más que sus poemas, pero hay que decir que sus versos tienen una frescura y una sencillez alada de gran belleza y sugerencia. Me alegré mucho por ella. Cuando vi su foto en la prensa, me asombré de los mucho que había envejecido; en paralelo lo mismo que yo, supongo, me dije de inmediato. Pero a mi recuerdo llegaba la silueta de una mujer alta, de 1,70 cm, delgada, rubia y de labios muy rojos, de ademanes ligeros como un ballet… ¡una modelo hermosa y expresionista de van Dongen! Por lo menos nos quedaría la satisfacción de haber tenido unos buenos veinte años, cosa que no todos pueden decir, me consolé.

Fue Clara Janés quien me dio la noticia de la muerte de Helena Paz Garro en 2014, por si no tenía noticia de la misma. Fue a través de un correo electrónico y se lo agradecí, porque efectivamente no me había enterado, si es que algún medio español se hizo eco de la misma. Helena contaba 72 años.

Helena Paz Garro fue un personaje singular por ser hija de dos gigantes de la literatura mexicana. Dos gigantes que la aplastaron con su peso intelectual y literario. Ella estaba demasiado unida a su madre, Elena Garro, a la que admiraba como narradora -y era para hacerlo- y eso no la favoreció. Su padre, Octavio Paz, un genio literario, un hombre severo y distante, no le permitió la expansión afectiva que ella hubiera precisado, pese a que se querían y el la protegió a veces de sí misma. Ella, Helena Paz Garro, una joven hermosa, inteligente, pero con una salud golpeada por temprano cáncer de matriz, amén de una fuerte depresión, no pudo despegar con fuerza en la vida. Pero ahí está lo que pudo dar: unas memorias amenas sobre sí misma y sus padres, junto a un libro de poemas prologado por Jünger, el escritor filósofo que le atendió, la escuchó y a ella le sirvió como de padre idealizado.

Más adelante, en 2019, se publicó un libro con la correspondencia de Helena Paz y Ernst Jünger en el libro Helena, la soledad del laberinto, un epistolario de 1962 a 1996, con ocho cartas y varias postales enviadas al escritor germánico desde Francia, España, los Estados Unidos o México y respondidas en tiempo y forma, que se diría en Derecho.