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Discos

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Federico García Lorca: «Yerma»

por Ana Isabel Ballesteros

(Teatro Pavón-Kamikaze)

Acercar Yerma al público joven de hoy sirviéndose de su ropa y algunos de sus hábitos plantea múltiples dificultades. Lorca pretendía transmitir una serie de mensajes de calado universal y aprovechó las costumbres de su época y de un entorno que conocía bien. De procurarlo en nuestro tiempo, habría elegido imágenes, símbolos, circunstancias distintas. Tras la aparente sencillez de la trama -una mujer que no logra concebir un hijo de su marido-, trama que básicamente será posible mientras las mujeres den a luz como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, Lorca aludía también a los sufrimientos experimentados durante años como creador, a sus tensiones internas y a sus temores sobre las opciones elegidas. Por eso la obra nunca perderá vigencia, porque todo humano lleva en sí las heridas de las facultades o de las vidas que no puede desarrollar en plenitud, todo humano sabe que alguna parte de sí se ha visto frustrada.

Al público de 2020, le resulta chocante una Yerma que viste y calza como nuestras veinteañeras, emplea las entonaciones y los gestos de este tiempo y a la vez acepta de buen grado que su marido le prohíba salir de casa o habla en serio de la “honra” familiar; una Yerma que usa un test de embarazo pero no indaga sobre la fecundidad por los medios al alcance en nuestros días. Al público le resulta disonante el convencimiento con que se asume en la obra la infertilidad de una pareja joven que no acude a expertos. ¿Quizás responde el montaje al método brechtiano? ¿Es que se pretende hacer recapacitar al público sobre lo que oye y ve en escena, se pretende que asista con una mirada crítica y extrañada? ¿Quizás para descubrir lo dominada que, indebidamente, vive esa mujer y los motivos para liberarse de la tortura causada por su frustración? ¿Quizás para comprender que el asunto tratado es solo un trampolín para llegar a otros temas que corren paralelos? La interpretación queda abierta.

Otro reto del montaje lo constituía el espacio y el número de personajes: un escenario de dieciocho metros aproximados, con unas decenas de sillas para el público, con la suerte de entrar casi en contacto actores y espectadores, pero sin mezclarse nunca, sin interacción verbal, sin el más mínimo guiño a Grotowski, como si el director despreciara esa oportunidad que proporciona el “teatro pobre”. No es esta la única renuncia a las propuestas de los grandes teóricos del siglo XX: son siete los actores en escena, un exceso apenas asumible sin una fortísima subvención, pero el texto exigía al menos el cuádruple, y para resolver el conflicto no se han convocado las teorías de Meyerhold para que los actores luzcan sus posibilidades interpretativas asumiendo varios papeles, sino que se ha optado por prescindir de personajes y escenas o fragmentos dramáticos que los multiplicaban. Así, Yerma nunca se ve “custodiada” por las hermanas de Juan, ni acude a Dolores y sus conjuros para concebir, sino que desahoga sus emociones con un par de amigas de botellón. Mayor problema supone prescindir escenográficamente de la famosa escena de las lavanderas, al perderse con ella el simbolismo de la limpieza de los “trapos sucios” y las “honras ajenas”, pero también la reminiscencia de coro griego que Lorca imprimía al conjunto.

La transposición a la época actual no parecía impedir el subrayado de los símbolos lorquianos que saltan de una obra a otra (el agua por sus distintos cauces, el caballo, la sangre, la luna, el color blanco, la quemadura de Víctor, el molino) con la escenografía. De todos ellos, se elige la arena en el montaje, la arena de debajo de la cual quería sacar Lorca lo oculto. Y Juan se hunde en la arena en el primer acto, y Yerma ve caer sobre ella la arena, como expresión de cómo su marido quiere ahogar en ella el ansia de maternidad.

A lo largo del primer acto, el espectador agradece la fidelidad absoluta al texto lorquiano y llega a estimarla por el respeto al autor que parece manifestar, incluso cuando algunas frases demasiado cercanas al estilo de lenguaje escrito rechinan en la lengua hablada actual “A fuerza de caer la lluvia sobre las piedras, estas se ablandan”. Luego, al descubrir los cortes efectuados por otro tipo de limitaciones, se pregunta por qué, una vez aceptada la necesidad de ellos, no se ha optado por unos ligeros retoques en el conjunto.El autor se habría sentido bastante satisfecho con algunas de las canciones y con la bellísima voz de Neus Pàmies, que asombra y subyuga desde la segunda escena. Compositor aparte de poeta, García Lorca confiaba en el componente musical gran parte del lirismo sentimental de los personajes y particularmente en esta tragedia. Font ha sabido ajustar al ritmo y gusto de nuestro tiempo las letras de las canciones, henchidas de símbolos personales y culturales a la vez, letras emotivas como los poemas lorquianos, incluso cuando la agilidad exigida por un público acostumbrado a recibir numerosos estímulos en rapidez vertiginosa le impidan saborear el sentido de algunos de esos versos, como ocurre en la romería del último acto. Pero si la voz de Pàmies, su vocalización, su trabajo escénico muestran una buena conjunción de dirección y habilidades personales, le falta convencimiento al deseo de maternidad expresado, que resulta poco vivido, poco ansiado, incluso poco conocido, como desconocida le es también, a una actriz tan segura y tan joven, la sensación de estar “marchita”, en el desenlace, lo cual la hace pronunciar sin ninguna convicción las frases con este adjetivo. Tampoco parece creíble su forma de perpetrar el crimen final, cómo puede acabar con la vida de un hombre fortalecido por las tareas agrícolas y ganaderas, aunque le gane en altura física. Solo convencería una furia descomunal como la que Lorca insufla a su personaje, con el grito que acompaña al ahogamiento de Juan, en un momento en que se conjugan y revientan la represión sufrida, el anhelo convertido en obsesión, la certeza de la injusticia cometida contra ella por un hombre egoísta, cuando para colmo se descubre utilizada como puro objeto de placer.

Martí Salvat representa a un hombre demasiado joven para un papel como el de Juan, resignado con ser cada año “más viejo”; un hombre avaro hasta la ceguera, en quien Lorca quiso proyectar el error de enriquecerse gastándose en trabajar algo externo, como los campos, en lugar de enriquecer su intimidad y su interioridad; incapaz de entender lo que cualquier labrador de la época sabía, y es que los hijos eran riqueza, no pobreza, porque sustituirían el quehacer del padre y engrandecerían la casa y la cosecha.

Mayor en edad parece Xavier Torra, carente de esa voz pujante que le atribuye Yerma a Víctor, y que asombra al espectador por la brusquedad con que pasa de la actitud juguetona, desenfadada y despreocupada al tono serio, por el contraste entre su actitud y sus palabras, pero, más que nada, porque al verse obligado a formar parte de la romería del último acto para compensar la carencia de actores, también ha de ejecutar un baile que rompe la imagen adecuada de su carácter.

Isabel Soriano, en su papel de vieja, queda caracterizada como vecina de barrio escéptica, hecha por la vida pero aún no anciana. Dice su papel con naturalidad, si bien pierde parte de su carácter, de su actitud y de su forma de pensar, como le pasa al Víctor de Xavier Torra, al tener que participar de la escena en que las vecinas se juntan para criticar, no para lavar.

Muy naturales también, en sus respectivas posiciones, Rosa Serra, Mónica Portillo y Cristina López colaboran en un conjunto armonioso desde el punto de vista de la dirección de escena. Un montaje de jóvenes y para jóvenes que viven en otra dimensión, con otras expectativas y otras posibilidades.

 

Ficha técnica:

Producción: Una producción de Projecte Ingenu y Teatre Akadèmia

Autor: Federico García Lorca

Dirección: Marc Chornet

Intérpretes: Neus Pàmies, Martí Salvat, Xavier Torra, Rosa Serra, Isabel Soriano, Mònica Portillo y Cristina López

Ayudante de Dirección: Anna Maria Ricart

Escenografía: Laura Clos (CLOSCA)

Diseño de vestuario y caracterización: Marta Rafa

Iluminación: David Bofarull

Música original y asesoría de movimiento: Miquel G. Font

Fotografía: David Ruano