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Arte y Pandemia

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DOÑA FRANCISQUITA en el Teatro de la Zarzuela

por Jorge Barraca

Doña Francisquita, de Amadeo Vives, clausura la temporada de lírica 2018-19 del Teatro de la Zarzuela con un montaje novedoso de Lluís Pasqual, coproducción del Teatro de la Zarzuela, el Liceo y la Ópera de Lausanne.

Imposible montar Doña Francisquita, imposible pensar en ella sin recordar los discos escuchados, la suma de montajes vistos a lo largo de la vida. Las zarzuelas hoy están fundidas con toda su historia como espectáculos, de la que no cabe desprenderse. Lluís Pascual ha querido, una vez más, salir de los clichés, de lo esperable, asumir el reto de un nuevo montaje con aportaciones propias, pero aprovechando lo esperable y los clichés, devolviéndoles su lucimiento. Sabido es que lo mejor de esta zarzuela son los cantables y que el libreto puede aburrir por lo trivial, pese a ser este uno de los mejores ejemplos de comedia de enredo con aderezo musical, pues no en vano los autores se inspiraron en La discreta enamorada, de Lope de Vega. Eliminando las partes recitadas y poniendo en su lugar un guion gracioso y lleno de buenas excusas, se logra una función ágil, llena de movimiento y vida, color y variaciones, que no decae en ningún momento y con lo que se logra no alargar el espectáculo más de tres horas.

Así, en el primer acto, se supone estar grabándose un disco de esta zarzuela en un estudio durante la época de la segunda república española, lo que permite al director manejar bien a un coro estático que difícilmente cabría de otro modo dispuesto, y a unos cantantes-actores que entonan tras sus atriles y se quejan de los cortes del texto, particularmente la madre de la protagonista, por considerarlos esenciales para el correcto desarrollo y comprensión de la función: es una réplica por adelantado, y al mismo tiempo un guiño, a lo que alguna parte del público puede pensar. De este modo planteado, se homenajea con este acto la historia discográfica de esta zarzuela, que comenzó al año siguiente de estrenarse y que contaría con grandes intérpretes, entre ellos Alfredo Kraus, protagonista en un disco de 1958.Si se echaba en falta vestuario, color, coreografía, si se pensaba que un montaje entero como el primer acto iba a cansar, se recurre en el segundo a una recreación realista, tal y como resultaba habitual grabarlas para la televisión de los años sesenta, si bien el aderezo del color quedaba en una mezcla de grises para los espectadores. La idea de evitar el texto hablado en este segundo acto, facilita a un director de la talla de Lluís Pascual habérselas con unos cantantes que solo de modo secundario ejercen como actores, y que podrían en algún caso quedar deslucidos por este motivo.

Para el tercer acto, en el montaje se utilizan dos recursos habituales de la técnica brechtiana, a saber, la de simular un ensayo de la misma pieza que se representa, de nuevo solo con la parte musical, y la de proyectar en una pantalla, en el fondo del escenario y mientras se desarrollan los cantables, fragmentos de la primera versión cinematográfica de esta zarzuela.

Del elenco, se hablará aquí del correspondiente al primero de los repartos. Y por empezar con lo más destacado, se debe mencionar el excelente Fernando, que encarnó Ismael Jordi, un tenor lírico con un fraseo bien cuidado, unos agudos bonitos y plenos, y una voz media de notable solidez, timbrada y fresca. En todas sus apariciones -que es lo mismo que decir prácticamente durante toda la obra- en dúos, concertantes y romanzas mantuvo el carácter del personaje, pero en momentos de lucimiento (como la celebérrima “Por el humo se sabe”) estuvo magnífico. Su elección resultó perfecta teniendo en cuenta que estas funciones estaban dedicadas al ya citado Alfredo Kraus, probablemente el mejor Fernando que ha tenido el disco y la escena.

Junto a él, en el papel de Dña. Francisquita, estuvo igualmente a gran altura la zaragozana Sabina Puértolas, quien tardó algo más en calentar la voz, pero que fue ganando según avanzaban los tres actos. En la coloratura estuvo perfecta y exhibió unos buenos agudos, y además encarnó el personaje con simpatía y eficacia

Acompañando con calidad al dúo protagonista, Ana Ibarra esbozó una Aurora con empuje, como corresponde al papel. Es una mezzosoprano de medio carácter, con voz suficiente, que salió muy airosa en un rol que no resulta nada fácil de acometer. Bueno en su actuación, aunque algo al límite en números de agudos exigentes (como en el número con coro “Canto alegre del viejo Madrid…”), se movió Vicenç Esteve. Y junto a ellos, con buenas participaciones, en papeles con menos cantables, María José Suárez, Santos Ariño y Antonio Torres. Mención aparte merece el buen concurso como actor de Gonzalo de Castro, que participó como maestro de ceremonias.En la dirección musical, Oliver Díaz obtuvo un magnífico rendimiento de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, sin desequilibrios entre los cuerpos de la orquesta. El fraseo de la batuta fue atento a los detalles tímbricos y con unos contrastes perfectos entre los números más líricos, los concertantes y los de mayor contundencia, como el archiconocido fandango del último acto. Por cierto, en este la maestra de las castañuelas por antonomasia -Lucero Tena- tuvo una participación aplaudidísima. El coro dirigido por Antonio Fauró, como es ya marca de la casa, tuvo una participación más que notable.

Nota:  Lo referente a los aspectos teatrales de la producción han sido redactados por Ana Isabel Ballesteros, los musicales por Jorge Barraca.