Olafur Eliasson, comprometido con la naturaleza

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El Museo Guggenheim de Bilbao presenta la singular obra del artista danés Olafur Eliasson (Coopenhague, 1967) como uno de los acontecimientos de la temporada. Bajo el título genérico de En la vida Más»

Tyler Ramsey, la imagen del cambio

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Tyler Ramsey acaba de editar su tercer disco, Fort the Morning. El álbum está inspirado por el lujurioso y verde paisaje de su hogar en las montañas, a las afueras de Asheville. Más»

Miguel Ángel Pozo: «La lluvia que seremos»

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Un canto a la dignidad de los desplazados, a la dureza de su situación, es lo que construye Miguel Ángel Pozo (Madrid, 1985) en su tercer poemario. Pero no lo hace mediante Más»

Discos

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BOB DYLAN: Travelin’ Thru, 1967-1969: The Bootleg Series Vol. 15 (Columbia Legacy/Sony) Continuando con la serie de grabaciones inéditas que Dylan lleva tiempo desvelando, toca ahora su revisión de los años 1967-69. El Más»

Norman Foster modifica el Museo de Bellas Artes de Bilbao

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Será otro hito en la arquitectura museística de la capital vasca Más»

Da Loma, la vida y el paso del tiempo

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Da Loma ha editado recientemente su debut en solitario, con el título de El espejo. Detrás del proyecto está David López, un músico que también ha trabajado en las compañías discográficas, tanto Más»

“La Manuela”, nuevo tablao flamenco en Madrid

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Vinos y flamenco se conjuntan en el tablao La Manuela, que se acaba de inaugurar en Madrid, en el 26 de la calle Poeta Joan Maragall -antigua Capitán Haya. La bailaora Maite Arriola es Más»

Discos

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091: La otra vida (Warner) Cuando hace tres años regresaron para una gira, la vuelta de 091 fue uno de los grandes acontecimientos del rock en castellano, solo igualable a lo que Más»

Fernando Ariza: “Fuiste el rey”

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Cinco años después de Ciudad dormida, Fernando Ariza publica un relato con ciertos elementos sociológicos que lo convierten en realista y con arranques que lo asocian al género de la novela psicológica. Más»

 

Fernando Rampérez: «Distancia e incertidumbre»

por Mª Angeles Maeso

(Ed. Avarigani, 2018. 104 pags.)

Fernando Rampérez, profesor titular de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Filosofía de Universidad Complutense de Madrid, analiza en este ensayo la capacidad de estas dos palabras, distancia e incertidumbre, para dotar de sentido a la vida. La argumentación sobre su necesidad, apoyada por igual en textos filosóficos y literarios, es una gozosa lectura que muestra cómo ambas disciplinas se ordenan en un mismo hondo y bello discurrir.De la configuración de la propia escritura, del vacío que late entre cada signo y que al mismo tiempo es conexión e incertidumbre, obtiene su primera apoyatura para mirar críticamente la organización del mundo globalizado, en el que la distancia, y con ella, la reflexión-reflexividad de uno mismo, han sido abolidas. De ahí, como pedía W. Benjamin, la necesidad de pensar el espacio y el tiempo unidos y atravesados por la experiencia, tal como “se entremezclan en el viaje o la travesía, el paisaje o el camino”. De ahí, que Rampérez, nos pida mirar la historia evitando dar por suficiente cualquier explicación, sino habitar el lugar del “entre”, que no es el lugar de lo equidistante ni de la indiferencia, que también exige tomar parte, saberse implicado y contingente.  Un lugar donde la raíz del deseo opere permitiendo que arte y política se acompañen.  Si  Benjamin hablaba de interrupciones, quiebras en la temporalidad histórica, Rampérez  fijará como criterio de valor del arte esas dislocaciones, pues “una obra que no descoloca, una obra que no desplaza el punto de vista, exigiendo pausas o cambiando el ritmo del paso, poniendo distancia con lo vivido o lo sufrido, inyectando incertidumbre y alterando lo que se siente o se experimenta o se espera, no es, quizá una obra de arte”. Una forma de desplazamiento que afecte a lo esperado; que altere la percepción de quien la contempla y que alcance a cuestionar el estatus la realidad asumida, porque, afirma Rampérez, “Cada obra dirá que la realidad, tal como está dada, no basta, y abrirá un margen de incertidumbre o libertad o creación” De ahí, su defensa de la literatura, y la metáfora, por su capacidad para otorgar sentido y presentar “un mundo sin seguridades ficticias ni ficciones consoladoras”

Su apuesta por las dos ejes, vertebradores del discurso: distancia e incertidumbre, avanza con rigor, mostrándonos los efectos que se producen en un mundo sin ellas: lo que vemos tras la palabra “concentración”, las sobrecogedoras imágenes de una humanidad amontonada y destruida, pero también tras los lugares de encierro de la biopolítica estudiada por Foucault: cuarteles, milicias, siquiátricos, fabricas, hospitales, escuelas, masas, donde todo sucede bajo la ley acatada que otorga buena conciencia. Una forma de vida estandarizada en la que seguimos, gracias a la supresión de la distancia política que también Arendt señalaba. Rampérez, por un lado propone términos como libertad, paz o anarquía que apoyen su reclamo de distancia; por otro, la constatación de los efectos que se producen cuando ella, la distancia, es aniquilada citando lo que sucede en nuestra era de las comunicaciones en tiempo real: eliminación de la incertidumbre, la ficción, la reflexión, la duda, todo lo que Baudrillard, califica como la obscena estructura de la “hegemonía”, capaz de preverlo todo: pasado, presente y porvenir, hasta el punto de neutralizar cada acontecimiento. Ya es tremendamente obsceno que los acontecimientos pasen ante nosotros como si no sucedieran, pero el profesor Rampérez  matiza que “a Baudrillard se le escapa el factor fundamental por el cual la globalización y su mitología resultan obscenas: porque, además, son mentira: “La visibilidad completa y el tránsito fácil son simplemente mentira. Se vende el libre acceso, la plena información (…)  pero la oscuridad sigue siendo la de siempre, o mayor, las claves de lo que sucede escapan todavía más, en la mitología de la transparencia, al control de la inmensa mayoría”. Mentiras que desarrolla en el magnífico “Excurso sobre la ingenuidad y la transparencia”, de obligada lectura.Su propuesta, desde cada uno de los capítulos, es saberse parcial, limitado, sin que esto sea sinónimo de relativismo, sino más bien una apuesta por un compromiso sin asideros, desde la anarquía. . “Nada más peligroso que una certeza total o un conocimiento que se quiere o se sueña absoluto.” Mejor no saber cuándo llega la muerte, ni la nuestra ni la de los demás. No se trata de una puerta abierta al escepticismo que tome la duda por método, no, porque: “La alternativa a la certeza no es la duda, sino la incertidumbre (…) La duda es habitable; la incertidumbre te saca de casa”  La incertidumbre que este profesor defiende lleva atributos como activa, combativa, militante, elegida, querida y estimada. Testificar lo visto, aunque duela nombrarlo, resistir conscientemente ante los límites que se mueven. “Ser humano implica no saber y acompañarse en la incertidumbre”. De ahí, que señale como obscena la concepción de una ética de principios universales.

Para el abordaje del yo (De la distancia de uno mismo), defiende como necesaria la ironía distanciadora del grito de Rimbaud, (Je suis, l´outre), que recoge a través del verso de J. Gelmán, De todos modos, yo soy otro, al tiempo que señala las carencias de la filosofía, (ya sea cartesiana o existencialista) al desalojar la concreción del cuerpo en la conciencia y, en consecuencia, configurar erróneamente un yo pleno y autónomo: “No tocado, rozado apenas, solamente lleno de una responsabilidad abstracta y fría”. De ahí, su reclamo para, una vez más, abrir distancia: “una hendidura en el yo mismo, insertando tiempo, discontinuidad e incertidumbre en ese relato al cual llamo yo” donde “No es posible captar ese primer momento de la conciencia sin encontrarla manchada, impregnada de memoria. No es posible probablemente porque ningún yo puro, inmaculado y autista de este tipo existe. No es la conciencia ese espacio autosuficiente y autoevidente que una filosofía casi geométrica ha inventado. Al encontrarnos con nosotros mismos, nos vemos ya sidos, ya acontecidos en un mundo concreto y con otros seres humanos concretos, nos sabemos creados por un dolor, un roce, un contacto, la alegría de un nacimiento, la duda de una decisión. Nos sabemos hechos por otros. (…) El mundo, de esta manera nunca nos resulta ajeno; y tampoco nuestro cuerpo.”

Un modo de vernos como flecha orientadora, también abordado desde los estudios literarios para la escritura del relato o el poema, donde también es frecuente remitir a Benjamin, donde también acabamos preguntándonos si seremos o no capaces de asombro y experiencia para, como nos recuerda y defiende Rampérez: “leer de otro modo mirando hacia adelante y arreglándonos con poco”. Con un amor sin absoluto, apenas humano, ya que tras Nietzsche, sólo nos queda amar el epílogo: amar al prójimo (próximo) como a ti mismo. A fin de cuentas, concluye  Rampérez, “hay amor porque no hay absoluto” O porque el archivo, como en la novela de Saramago, Todos los nombres, no es perfecto.

El libro se cierra recordándonos que si la memoria juega con el olvido, la muerte con lo no sabido. Y con la apelación a la distancia que  ha reclamado para cada apartado, suficientemente matizada en la última nota, donde “el soy” que durante toda la vida tiembla, duda y se sostiene en la incertidumbre, ya es una irónica certeza: “Soy del lugar en que moriré”, lo que, lejos de todo patetismo, le permite formular: “Somos, pues, del fin del mundo.”

Hay libros que crecen en horizontal por su número de páginas y libros que crecen ahondando en vertical. A estos últimos pertenece Distancia e incertidumbre.  La brevedad de los 15 capítulos (generosamente compensada por las notas) se ajusta a la coherencia con la que defiende la consciencia del no saber, para hacer hueco a la distancia y habitar la incertidumbre. Dos palabras que rigurosamente  sostiene en alto en cada uno de los capítulos. No dejen de probarlas.