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Julio Vilches: “Sálvora. Diario de un farero”

por Mercedes Martín

(Hoja de Lata, 2017)

Hace tiempo que tengo Sálvora. Diario de un farero en mi lista de lectura. La buscaba en formato epub, pero aprovechando unas vacaciones en Canarias, la he adquirido en papel, y me la he llevado a la playa y a todos lados. Ya me estaba preguntando por qué era incapaz de acabarme el librito, cuando una tarde, lejos de todo: amigos, móvil, pareja, familia, trabajo… me he sentado en un café y por fin he conseguido tener la concentración necesaria para leer. ¿Por qué ni siquiera cuando estoy de vacaciones puedo aislarme del mundanal ruido y acabar una de tantas cosas que tengo entre manos? La respuesta estaba en el libro. No hay que irse a una isla desierta para encontrarse por fin consigo mismo, pero ayuda mucho. 

En aquellos tiempos en que Julio llegó a Sálvora para hacerse cargo del faro, ni siquiera existía internet, o por lo menos no para los individuos de a pie. Cuenta el farero que ni siquiera pudo hacerse una idea de cómo era el lugar, hasta que llegó allí. ¿Se imaginan qué descanso?: Existió una época en la que era imposible enterarse de algunas cosas y una tenía que conformarse con imaginárselas. Yo ya no la recuerdo. Pero ahora, leyendo Sálvora, ¡qué envidia ver cómo llenaban las horas muertas el farero y sus amigos que venían a visitarle! Porque venían muchos, entre marineros, náufragos y amigos; tal era la amabilidad y la generosidad del farero, que todos querían su compañía. 

Jugar, nadar, reparar, crear, pintar, dibujar, conversar, pescar, cocinar, bailar, cantar y tocar la guitarra, amar…  aparte de trabajar, todo eso puede hacer una en un mundo alejado de los fuegos de artificio de la era digital. Si un día llegaban unos desconocidos que solo estaban de paso, allí tenían descanso y recreo seguro. Si otro día paraban allí obligados por una avería unos marineros, también los recibía Julio y compañía, siempre prestos a echar una mano. Compartir de verdad, y no virtualmente, era su manera de entender la vida y por eso Julio Vilches, farero en una isla inhóspita de la costa gallega, nunca estaba solo. La soledad se lleva dentro, solo el que no sabe dar está realmente solo.

La prosa de Vilches está llena de adjetivos inesperados, que iluminan de repente las esquinas de nuestra imaginación. Graciosa, irónica, fantasiosa y sana. He aquí un ejemplo: 

“Uno de enero del año ochenta y dos: vientos inefables y relámpagos celestes por doquier. Escribo en el libro: A las dieciséis horas, llegada por sorpresa del Ministro de Obras Públicas de Júpiter, que desembarca con su corte anfibia y sus sirenas de honor, en visita amistosa. Recorridas las diversas instalaciones, se muestra satisfecho del estado semirruinoso de la señal y su morador, y el séquito se despide en el puerto no sin antes entonarse los himnos de los respectivos planetas”… 

No es necesario añadir nada más, ¿verdad?  

¿Está este oficio en vías de extinción? Seguramente. Así que la lectura se vuelve un testimonio no solo de una vida, sino de una forma de vida, de otra época que no volverá. Imagínense no irse a la cama hasta encender un faro, una enorme luz que guía a otros fuera de peligro, como en una historia fantástica.