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Lydia Lunch

por Ángela Rubio

Sala de exposiciones de San Benito. Valladolid. Hasta el 21 de noviembre de 2010

Se presenta, por primera vez en España, la obra de Lydia Lunch (EEUU 1959) Retrospectiva. Paisaje después de la batalla. La guerra nunca se acaba. Bajo este título tan largo encontramos fundamentalmente fotografía pero también video, poesía y música con la que se nos da a conocer una obra que se caracteriza por la independencia, provocación y la confrontación.

Lydia Lunch perteneció a la escena punk de la No Wave del Nueva York de 1976. Se trata de un juego de palabras satírico rechazando los elementos comerciales del popular entonces New Wave. La  No Wave destacó la inutilidad y la desesperanza de la existencia actual y en términos más absolutos, de la naturaleza misma de toda posible existencia. Con una música que no pertenecía a ningún estilo o género fijo, sin armonía, con sonidos atonales abrasivos y ritmos repetidos acompañados de letras nihilistas  negaron todo principio religioso, político y social. La principal aportación  de Lunch fue la de ser vocalista y guitarrista de Teennage Jesus and The Jerks y su música estuvo determinada por sacudidas, gritos distorsionados de guitarra y golpes puntuales de batería. Música concebida como asalto fonético. Esto es precisamente lo que nos encontramos nada más entrar en el recinto, como ambiente la obra musical de la artista. Un recurso siempre efectivo para ir introduciendo al público visitante en el universo del artista. Al fondo de la segunda sala  podemos ver y, sobretodo, escuchar videos de sus actuaciones. Esta incursión en la No Wave es importante porque la ferocidad rigurosa y particular belleza que la definió son la base de la práctica creativa posterior de Lydia Lunch. Son el germen de una actitud que le lleva a experimentar con el medio, a superar fronteras enfrentándose a uno mismo y al público consiguiendo, así, la autenticidad creativa.

Con esta muestra, la artista espera poder ofrecer una visión completa sobre los motivos que la llevan a crear y estos son sus obsesiones por la guerra, la decadencia y la historia. En la guerra ve el virus que no se curará hasta que la codicia, la decepción y la violencia haya sido borrada de nuestra genética; la decadencia que le remite a su propia mortalidad y por tanto la importancia de dejar huella; y la historia documentando la suya propia a través de un método perverso del periodismo autobiográfico pero también  le obsesiona por la obstinada negativa del hombre a aprender de la historia y el estado en el que se encuentra nuestro planeta a consecuencia de repetirla constantemente. Todo esto explica por qué está obsesionada con las ruinas de Belchite en Zaragoza, escenario de la Guerra Civil española, a las que recurre escaneando el paisaje y podredumbre de los edificios para gritar un sentimiento hondo y no comunicado por estar en lo profundo de nuestra psique. Las fotos pertenecientes a esta serie de Belchite son paisajes-trauma que nos recuerdan que las sociedades han surgido de la barbarie  y de la fragilidad a través de la cual una y otra vez se vuelve a la guerra pero que en la que también hay una excepcional posibilidad de belleza.

Al margen de Belchite encontramos las siguientes series: Paisajes después de la batalla, Espectrofilia, Bodegón, Horas de sombra, Belleza fatal, Hieromancia, La escena del crimen podría estar en cualquier lugar a cualquier hora, La pérdida de la inocencia y por último La enfermedad de los extraños. En muchas de las fotografías que las componen, está presente el compromiso con la demanda surrealista de que el arte representa la fantasía, los deseos y los sueños y la fluidez entre estos deseos internos y el pensamiento consciente. Visualmente refleja todo esto con manipulación digital del color, rico en tonos primarios, así como en el uso de la sombra y el desenfoque de las imágenes múltiples. La naturaleza de los temas son reflejados en el tono de las fotografías. Crea formas vagas e imágenes fantasmales donde la relación entre los impulsos inconscientes y la experiencia consciente son mutables. Por ejemplo en  “Blow me away” una mujer nos mira fijamente y en su rostro puede apreciarse la imagen de un soldado con su arma. Todo en tonos rojizos evocadores de la sangre. ¿Ella es el fantasma que se antepone a la realidad del soldado o es el fantasma de la guerra el que está en el interior del hombre? Más inquietante aun resulta “Prisión of memories” de la serie Hieromancia en la que dos primeros planos de un hombre y una mujer en tonos azulados con estructuras tubulares de obra rojizas sobre sus rostros, nos observan como si estuvieran deliberando acerca de nuestra culpabilidad sobre algo.

Mario Martín, comisario de la exposición, justifica con claridad la muestra afirmando que en este mundo mediatizado en el que estamos permanentemente anestesiados y controlados ni siquiera gritamos por apatía y que la voz de Lydia  Lunch nos recuerda que debemos tomar posición en el espacio y en el tiempo que nos toca vivir. Su obra es un ejercicio de exorcismo de sus propios fantasmas, aquellos que impiden la felicidad y la libertad y que si no superamos contaminarán a las futuras generaciones. La guerra interior que, como dice el subtítulo de la exposición, nunca se acaba y que además es la que mal conducida lleva a la exterior. Las fotografías que podemos ver en la exposición tienen la misma intensidad de su obra escrita y musical y se caracterizan por el rigor en la mirada que examina la psicología que se encuentra oculta. De ahí las dobles imágenes, una tras otra.

Considero muy acertado y valiente programar, tras la impecable exposición dedicada al maestro Catalá Roca -una de las mejores exposiciones que han podido verse en Valladolid en los últimos años- una muestra sobre una artista polifacética, inclasificable que aborda tan intensamente temas que golpean de lleno en lo políticamente incorrecto y lo hace además con una belleza innovadora. Son ese tipo de muestras que ayudan a romper con cualquier idea preconcebida, eso sí, requiere un poco de esfuerzo por nuestra parte.