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Carmen Torres Ripa: “Rafaela Ybarra. La enamorada de Dios”

por Alberto López Echevarrieta

(Fundación Bilbao 700. Páginas: 223)

El libro Rafaela Ybarra. La enamorada de Dios, tercero de la serie Memoria de Bilbao-Bilbaogileak que edita la Fundación Bilbao-700 y cuya autora es la conocida escritora Carmen Torres Ripa, recupera la figura y obra de una singular mujer a la que la Iglesia católica distingue con el tratamiento de beata en su camino hacia la santidad. Su vida es todo un ejemplo de dedicación a los demás.

No se trata de una biografía ñoña, sino el excepcional relato de una benefactora social reconocida por la Villa que le vio nacer con la nominación de una de sus importantes arterias en el populoso barrio de Deusto desde 1943. Rafaela María Luz Estefanía de Ybarra Arámbarri (Bilbao,1843-1900) era hija primogénita del empresario e industrial bilbaíno Gabriel María de Ybarra y Gutiérrez de Cabiedes. A los 18 años se casó con el socio de su padre, José Villalonga Gipulo, presidente de Altos Hornos de Vizcaya, 21 años mayor que ella. Coincidían así dos de las mayores fortunas que ha generado la industria vasca.

Rafaela, que hablaba varios idiomas, vivió siempre entre criados, chóferes, vestidos de alta confección y viajes a los más apartados lugares. “Era una mujer muy religiosa que todos los domingos daba limosnas a los pobres que pedían en la puerta de su parroquia dejando caer las monedas desde sus aterciopelados guantes. Un día se interesó por el mundo que había tras aquellos menesterosos, un mundo totalmente desconocido para ella, y se produjo el cambio”, señala Torres Ripa.

El cambio se operó en esta dama de la más alta burguesía bilbaína cuando descubrió cómo niñas se prostituían con la aquiescencia de sus propios padres para poder sacar adelante a la familia en una época -finales del siglo XIX- en la que la vida no le sonrió como a ella.

Rafaela decidió dedicarse a la redención de todas aquellas muchachas que, a falta de un trabajo digno, buscaban una salida fácil en prostíbulos abiertamente declarados o en pastelerías y establecimientos similares que camuflaban aquel ejercicio. Con la ayuda de su secretaria y su chófer recorrió ese tipo de lugares conociendo de primera mano una realidad que era de dominio público, pero que nunca se trataba en ciertos sectores sociales”.

Otra forma de apostolado lo hacía visitando dependencias de hospitales donde se congregaban mujeres con enfermedades contagiosas, sífilis sobre todo, contraídas en ese tipo de trabajos y en situación desesperada. Pocas llegaban a curarse totalmente. Sus caras y sus cuerpos, llenos de póstulas purulentas, producían rechazo y asco. Rafaela iba a verlas llevándoles ropa y comida. Todos los días hablaba con ellas interesándose por sus familias y situaciones.

“Les cogía la mano con cariño y les besaba ignorando las llagas y el mal olor que despedían. De esta forma, su presencia se convirtió en el momento más agradable del día para aquellas desgraciadas. El temor del principio se fue convirtiendo en impaciencia por la visita. Les ahuecaba la almohada y les daba un trato de ternura y cariño que muchas no habían recibido ni de sus propias madres. Así se las fue ganando”, matiza Torres Ripa.

La autora de la biografía confiesa que personalmente el análisis del personaje ha influido en su vida privada a la hora de ordenar sus recuerdos y a serenar su espíritu. “Me ha costado mucho la redacción de este libro, entre otras cosas porque al principio no entendía nada a Rafaela. Luego me di cuenta que estaba ante una persona muy anticipada a su tiempo que se dio cuenta de que las mujeres en aquel tiempo estaban muy solas y aceptaban lo que sea en el sentido más amplio de la palabra. A medida que iba recogiendo datos me preguntaba a mí misma qué he hecho yo en la vida ante semejante ejemplo. Tanta santidad costaba entender”.

El texto, enriquecido con testimonios y documentos, viene a demostrar que Rafaela Ybarra fue una mujer muy rebelde que dio una gran lección de humanismo y generosidad.