Balthus

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Museo Thyssen 25 Aniversario

por Carmen González García-Pando

Se ha dicho que una de las cosas que más lamentó Margaret Thatcher durante su gobierno fue el no haber conseguido que la colección Thyssen se quedara en el Reino Unido. También otros países como Alemania o la Fundación Getty de los Ángeles desearon adquirirla pero fue, sobre todo, la voluntad de una mujer la que inclinó la balanza a favor de España. Ahora se cumplen 25 años de la creación del Museo que alberga una de las colecciones privadas más importantes de todos los tiempos, la del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza.

Inicios de una colección

Tenemos que retroceder hasta la segunda mitad del siglo XIX para conocer la historia de la colección Thyssen. Creador del imperio económico de la familia, basado en la industria siderúrgica, August Thyssen encargó al famoso escultor Auguste Rodin una serie de siete figuras de mármol con la idea de crear una colección de escultura. Desgraciadamente el estallido de la Primera Guerra Mundial frustran este primer proyecto coleccionista. August muere en 1926 y su familia se desgaja en dos ramas lideradas por sus hijos Fritz y Heinrich los cuales vivieron distanciados desde su juventud y emprendieron sus negocios por separado y en países diferentes. Fritz financió al partido nazi en sus primeros años. Más tarde se opuso a su política de pacto con la URSS e intentó alejarse del régimen de Hitler huyendo a Francia pero fue detenido por el gobierno de Vichy y devuelto a Alemania donde sufrió las represalias de Hitler y después del bando vencedor en los juicios de Nuremberg.

Sin embargo, Heinrich nunca tuvo relación con la Alemania nazi. Se instaló en Hungría, luego en Holanda y finalmente en Lugano (Suiza). En 1907 se casa con Margarita Bornemisza, hija del barón Gábor Bornemisza el cual – al no tener descendientes varones- cede el título de barón a su yerno.

Esta pequeña explicación sobre el destino de los dos hermanos es importante para aclarar la confusión que ha provocado el apellido Thyssen y que, sin ninguna matización, se ha relacionado con la dictadura nazi.

La llegada de la revolución comunista húngara obliga al primer barón Heinrich Thyssen-Bornemisza y su familia abandonar Hungría y trasladarse a Holanda donde nació su hijo el II barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza. Años más tarde la familia, poseedora ya de una importante colección de obras de arte, compró al príncipe Leopoldo de Prusia el palacio de Villa Favorita en la localidad suiza de Lugano, donde residió y en cuyo jardín creó un pequeño museo para instalar y exhibir las obras al público. La galería se abrió en 1936 pero pocos años después tuvo que cerrar sus puertas por el estallido de la II Guerra Mundial. Se reabrió en 1949. Durante aquel período el barón falleció y la colección se dividió entre los herederos.

Hans Heinrich, el hijo menor, toma las riendas de las empresas y compra casi todas las obras a sus hermanos con el fin de no dividir la colección. Al igual que su padre, el afán coleccionista de Hans Heinrich estuvo enfocado para que el público se deleitara en la contemplación de las obras. Es decir tuvo siempre una clara vocación pública enfocada a una política de difusión y apertura. En cierta ocasión comentó: “Los pintores no hacen la obra para los ojos de un solo hombre. Mi legado como coleccionista es compartir y solo puedo devolver este don haciendo posible que lo vea más de un hombre y comprenda el talento del artista”.

Madrid sede del Museo Thyssen

Hasta 1961 Hans Heinrich continuó la tradición iniciada por su padre de reunir el arte diseminado por la herencia y adquirir obras de maestros antiguos. Pero es en esta fecha cuando compró el primer cuadro moderno: una acuarela del pintor Emil Nolde. Comenzaba así su interés por el arte expresionista alemán que fue seguido por el impresionismo, las vanguardias del siglo XX hasta llegar al hiperrealismo y arte pop.

Con todas estas nuevas adquisiciones la galería de Lugano se quedó pequeña y, siguiendo su criterio de acercar el arte al mayor número posible de personas, inició una serie de exposiciones en diferentes países como Japón, Nueva Zelanda, Australia, Bélgica, Francia… y también Madrid donde se exhibieron dos muestras sobre los Maestros Antiguos y Modernos.

No obstante el barón Hans Heinrich deseaba un emplazamiento definitivo y seguro para su colección. Comenzó así un baile de ofertas por parte de distintos gobiernos de todo el mundo y entre ellos España que propuso el Palacio de Villahermosa, frente al museo del Prado, como sede para alojar los cuadros. Las garantías para mantener unida la colección y asegurar su conservación, la magnífica ubicación creando el famoso triángulo del arte pero, sobre todo, el deseo expreso de su mujer, la baronesa Carmen Thyssen, que deseaba que fuera en su país donde permaneciera la colección… hizo que en 1988 se firmara un contrato de préstamos por el que las obras más importantes de la colección se entregaban a España para exponerlas en Madrid, y una pequeña parte en el Monasterio de Pedralbes de Barcelona. La duración sería por un periodo de nueve años y medio. A cambio el gobierno español acondicionaría el Palacio de Villahermosa –remodelación llevada a cabo por Rafael Moneo- y se crearía una Fundación a la que se dotaría de suficientes medios para gestionar dicha colección.

En octubre de 1992 se inaugura el museo y es tal el éxito de crítica y público y la satisfacción de los barones por la calidad de las instalaciones del edificio y la buena marcha de la Fundación, que sólo un año después, en 1993, llegan a un acuerdo por el que el Estado adquiere la propiedad de 775 obras por 350 millones de dólares. Cantidad muy inferior a la que otros países ofertaban y sin embargo supuso un inmenso enriquecimiento para el patrimonio español.Ampliación

Con el paso de los años, el museo se va quedando pequeño y se decide su extensión con la compra de dos inmuebles colindantes pertenecientes a la familia Goyeneche. Entre el 2002 y 2004 se acomete la ampliación con el fin de albergar una selección de la colección de la baronesa en régimen de préstamo. La finalidad no era sólo aumentar sus fondos pictóricos sino también mejorar sus prestaciones museísticas. Las salas temporales –caballo de batalla que desde el principio sufrió el museo al no tener espacio adecuado para las exposiciones de carácter transitorio- aumentan su capacidad y accesibilidad. Se mejora el espacio dedicado a restauración, talleres didácticos, oficinas, almacenes, biblioteca…y todo ello desde un criterio de continuidad entre lo ya existente y lo nuevo. Los arquitectos y responsables deseaban que el visitante no sintiera ruptura al pasar de un edificio a otro sino que por el contrario el recorrido debía fluir sin barreras ni obstáculos que distrajeran su atención. Si bien la nueva fachada orientada al jardín se proyectó con un estilo vanguardista, los interiores armonizan, en colores y materiales, con los del edificio original. El resultado final fue una conexión magnífica con las nuevas dieciséis salas que se añadieron.Con respecto al contenido nada podía completar mejor la colección del barón que la de la baronesa que, siguiendo pautas afines a su marido, fue adquiriendo obras con criterios estéticos similares a las de su esposo en cuanto a tendencias artísticas y selección de autores. No obstante la baronesa incorporó una original impronta al conjunto al añadir pintura catalana y andaluza del XIX y principios del XX. Un periodo artístico que añade una “nota nacional” al conjunto internacional y que, en la actualidad, gran parte de estas obras conforman el Museo Carmen Thyssen de Málaga.

El recorrido de la ampliación, en forma de L, se inicia en la segunda planta con las salas dedicadas a la pintura clásica. Aquí, entre otras tendencias, se recoge el arte del barroco y la pintura flamenca y holandesa. También una galería de vistas y paisajes que supone un recorrido por el arte paisajista. La pintura norteamericana del XIX está representada por los paisajes de Edwin Church, Sontag o Albert Bierstadt, mientras que el primer impresionismo –uno de los conjuntos más atractivos de la colección- lo protagonizan las obras de Renoir, Degas y Guillaumin.

Descendiendo a la planta primera, contemplamos el impresionismo tardío de Monet, Sisley, Pisarro y Sorolla, para adentrarnos a la sala de los post-impresionistas representada por la pintura de Gauguin con su emblemático “Mata Mua”.Se cierra el recorrido en los albores del XX con los “fauves” el grupo de artistas que expresan sus exaltadas emociones con composiciones llamativas de rabiosos colores. Matisse, Derain, Vlaminck o Beckmann son algunos nombres de esta nueva estética revolucionaria que desembocaría posteriormente en la primeras vanguardias, en el orfismo y cubismo de Dufy, Delaunay, Picasso o Juan Gris.

El broche final lo ponen los cuatro magníficos grupos escultóricos realizados en mármol de Rodin, que reciben al público en el hall de entrada.

Celebración

Es imposible detallar los proyectos asumidos durante los 25 años de existencia de este o cualquier otro museo, pero si alguna nota sobresaliente se tuviera que destacar del Thyssen, es la ingente cantidad de proyectos asumidos teniendo en cuenta que se trata de un centro relativamente pequeño comparado con los otros dos centros cercanos. A las numerosas exposiciones temporales con resultados generalmente muy exitosos de crítica y público, se suman actividades educativas para niños y jóvenes. También para aquellos sectores marginados que no puede acceder a un museo. Visitas taller para familias. Cursos y conferencias. Obras que son restauradas a la vista del público para dar a conocer lo que “esconden” los cuadros. Audiciones musicales, proyecciones de películas, óperas… y un sinfín de actividades que se acrecientan en estos días para celebrar sus bodas de plata. Un programa que incluye videoinstalaciones, danza, teatro, exhibiciones, jornadas de puertas abiertas… y que conviene consultar en su magnífica página web: www.museothyssen.org

La única incógnita que enturbia esta celebración es el destino final de la colección de la baronesa. Cada cierto tiempo salen a la luz pública las presiones y negociaciones del gobierno y Carmen Thyssen para lograr un acuerdo que satisfaga ambas partes. La baronesa amplía una y otra vez más el préstamo porque realmente desea su permanencia en el museo de Madrid. Y el gobierno hace “guiños” como la reciente denominación que le ha dado al Thyssen como Museo Nacional, a propuesta del ministro de cultura Íñigo Méndez.

El tiempo resolverá la duda pero es deseo de todos que aquella balanza se incline una vez más a nuestro favor pues su pérdida sería un error incluso más lamentable que el que sintió la Dama de Hierro en su día.