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Julio César Galán: “Testigos de la utopía”

por Alberto García-Teresa

(Pre-Textos, 2017. 96 páginas)

Con un cuestionamiento formal radical, Testigos de la utopía, firmado por Julio César Galán, se trata de un poemario excelente y singularísimo, que articula una práctica textual muy particular para volcar una perspectiva crítica de la realidad.

La conciencia de la multiplicidad de la realidad y de la complejidad de los emisores, de la composición de sus voces, le ha llevado a Julio César Quesada Galán a emplear diversos heterónimos en su producción poética con anterioridad. El autor ha publicado varios poemarios arropado con ellos, y, en esta ocasión, de nuevo aparecen esas figuras en estas páginas. Lo hacen dialogando con él en las anotaciones, aportando comentarios y reescrituras. Pero esa propuesta se enmarca dentro de un proyecto más ambicioso. De hecho, Galán concibe el texto como artefacto en marcha, como proceso, y así lo hace ver explícitamente en el volumen; no se queda en mera formulación (apenas señalada, y de manera dispersa), sino que la pone en acción delante de los ojos del lector.En ese sentido, el poeta expresa la necesidad de constatar el trabajo del aprendizaje por error en la conformación del poema. Lo hace sin miedo, sin pudor, como un ejercicio de honestidad y de veracidad artística. De hecho, llega a reproducir, en una adenda, las observaciones de los editores sobre la obra. Así, en los poemas de Testigos de la utopía conviven tachaduras, enmiendas, correcciones, versos alternativos, etc., hasta el punto de que un poema completo aparece tachado, y sólo se puede leer la nota que lo encabeza: «(poema excluido, pendiente de reescritura)». De este modo, resulta muy significativo cómo plasma la tarea de la escritura y ese concepto de que «ningún libro está rematado» (en las palabras de Edmond Janés que abren el volumen).

A su vez, Galán arremete contra la pasividad del lector y desmonta la autoridad del escritor en favor de que ambos convivan y de que coproduzcan, hasta que queden «el lector y el autor entrelazados». Se abre a la escritura cooperativa e interpela al lector para que complete y reordene versos o para que inserte palabras ubicadas en otras páginas. A él, no en vano, se dirige en términos de «lectocreador». Incluso incluye un poema que dice haberse formado con las aportaciones de distintas personas en su blog. En esa línea, aporta varias referencias a otros poetas y a sus versos, que se incorporan a los poemas más o menos reformulados. Esto también constituye una manifestación de la concepción de Galán de que la escritura no se trata de algo propio ni exclusivo del trabajo de un autor.

Las piezas de Testigos de la utopía están construidas a base de yuxtaposiciones de imágenes intuidas (algunas fulgurantes), conceptos, preguntas retóricas y versos que se convierten en sentencias por su rotundidad afirmativa. También de planos textuales (con las notas, no siempre al pie de la página, o la coexistencia de distintos emisores y diversos niveles de metatexto). Muchas veces, se exponen paradojas y contradicciones, y no es escasa la presencia de signos, dibujos y otros elementos, además de constantes juegos tipográficos y con el sangrado. Abundan los versos que se repiten o se reinterpretan en diferentes poemas, a modo de letanía, lo que provoca que los textos se continúen o se solapen incluso. No en vano, la primera y la segunda parte del libro están enlazadas mediante una concatenación. Testigos de la utopía es un poemario de inmersión, funciona como conjunto y cada una de las tres secciones del volumen podrían leerse como un único texto fragmentado (formado por poemas en sí mismos fragmentarios ya). Todos los poemas llevan sólo un número por título, junto a una denominación unitaria en cada sección: «Libro» para los de la primera parte, «Testigo» en la segunda y «Figura» para la tercera.

Sin embargo, en algunas ocasiones, estos procedimientos formales y el planteamiento conceptual falla en la ejecución de los textos: los poemas a veces parecen meras excusas para desarrollar su propuesta.

Por otro lado, según explica en una nota final, el libro se enmarca en el contexto de la crisis económica, y se intercalan los episodios biográficos, que no tienen mucho de extraordinario, pues «esta historia, en realidad, es la historia de muchos hombres y de muchas mujeres». De hecho, finalmente, dedica la obra «a todas aquellas personas que tienen que emigrar a países por necesidad». No en vano, la migración es la piedra angular del poemario, especialmente a través del mar y por vías no reguladas, y lo errante y lo nómada constituyen conceptos clave en la obra.Así, el exilio, el peligro de las pésimas condiciones para hacer la travesía, el terror, el hambre, la incertidumbre o las dudas sobre si será posible el regreso aparecen en estas páginas. Recoge el dolor de la separación de la familia, del entorno, del sistema cultural. Específicamente, aborda la vivencia dolorosa del amor en esas circunstancias, con una separación obligada, marcada por la lejanía y el anhelo (agudizada, por ejemplo, con el nacimiento de un hijo), vista desde ambas perspectivas. Transmite el el desconcierto de la huida, y resuenan los movimientos migratorios actuales como referencia ineludible. Julio César Galán traslada al lector el desasosiego, la incomprensión y el aturdimiento que sufre el «yo» y la realidad que recoge a través de esa escritura que explicita las dudas, las correcciones, el virar continuo. Debe llamarse la atención sobre esto último, pues el poeta lo reproduce tipográficamente con bruscos cambios de sangrado que nos zambullen en el vaivén del mar o que nos provocan una sensación de movimiento e incomodidad. Además, siguiendo con el principio de yuxtaposición que vertebra el poemario, entrecruza una mirada lírica sobre el paisaje (en sus apuntes de estampas) con la exposición lírica del dolor y la angustia, que conviven con el metatexto y con el apunte histórico.

Otros elementos que cohesionan el libro son los espacios; especialmente, el mar y el desierto. Estos paisajes se toman tanto como lugar concreto, en sentido literal, y como símbolo, con una carga acumulativa, y aparecen en su vertiente más trágica (el mar como tumba, por ejemplo, o como horizonte inalcanzable). Además, se añaden referencias al Mediterráneo de la Edad Antigua, con lo que se amplían las perspectivas de ese mar como espacio multicultural de tránsito.

Con todo ello, se llega al difuminado del sujeto, a la desaparición de su sustancia, que tiene mucho que ver con la invisibilización de situaciones conflictivas (como está ocurriendo con la crudeza de las vivencias de las personas refugiadas): «¿Cuánto tiempo nos falta / para volver a ser reales?». De esta manera, nos está plasmando un proceso de despersonalización y de pérdida de identidad (que también abarca otros aspectos), que tiene que ver con la anulación tanto en la forma de enunciación como en el contenido de los versos: «tu ‘yo’ desde  hace tiempo / te dijo adiós»; «mi nombre es nadie».

Finalmente, desde otro punto de vista, hay que resaltar la voluntad de trabajar con un modelo experimental, fragmentario y, por qué no, conflictivo, precisamente conflictos y realidades desoladoras. Galán explora el procedimiento de la escritura, investiga cómo hablar críticamente del presente por otros medios y lo formula y lo pone en acción. Elude caer en la poesía ensimismada, que se limita a exponer su método en los poemas puesto que él lo lleva a la práctica, consciente del riesgo.

Inquieta, estimulante y no complaciente ni con el discurso dominante ni con las formas de representación y recepción acomodadas, la poesía de Julio César Galán (y su estela de heterónimos) resulta sumamente interesante.