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Alberto García Teresa: “A pesar del muro, la hierba”

por Mª Angeles Maeso

Ed. Huerga y Fierro, 2017.103p.

Estoy en Michel Foucault, detenida en el poema ALGUIEN, del último libro de Alberto García-Teresa. Estoy en los mensajes que me llegan y que me hablan de la muerte de un acróbata en escena. Alguien sin nombre, un bailarín aéreo, alguien. Es la mañana de un sábado de julio.  El poema sigue tendido y me mira de soslayo, trepando por el muro de hiedra, temeroso de que el alguien con más watios no se haga a un lado y se entrometa.

Estoy en la segunda estrofa del poema: Alguien programa el reloj que los corona,  y cuando alcanzo la tercera, alguien derrumbado desde el cielo ya es arrastrado por las piernas. Alguien sin nombre que, hasta las once de anoche, tenía 41 años. Resisto ahí, donde alguien acaricia un micrófono y, aunque alguien ya es algo encerrado en un saco, no deja de latir en cada verso del poema Alguien. Lejos de la página 58 de este último libro de Alberto, sigue la música y alguien pronuncia las palabras que alguien escribió/para convencer a alguien de que la fiesta no pare, que el espectáculo siga y siga hasta la nausea.

Hojeo hacia atrás,  hasta el poema CCTV PATROCINA ESTA DEMOCRACIA y sé que estoy de nuevo en Foucault, sometida al ojo de su panóptico,  lo estoy como el sujeto disuelto del poema de Alberto García-Teresa que me musita:

 La cámara de seguridad dice que soy un ciudadano ejemplar  

(…) 

La cámara del banco remarca que me endeudo adecuadamente.        

Y compruebo que alguien que desconozco, alguien, a quien le basta que yo sea alguien que se endeude,  me permite el paso. Miro a la cámara uno y a la dos y a la cuatro. Y sonrío  al acceder al recinto del banco o al del supermercado. O al de la mismísima Caja Mágica , donde alguien menos uno, un potente alguien, 40.000 veces repetido, ahogará el ápice de dolor y de compasión, que nos llama por nuestro nombre.

Mejor no entrar, mejor seguir en la piedad que nos deja al roce la laboriosa y callada hiedra de estos poemas. 

ALGUIEN

 Alguien entra en el edificio.

Mira de soslayo a alguien

y alguien se hace a un lado a su paso.

Alguien programa el reloj que los corona.

Alguien mancha su uniforme

limpiando las cáscaras desalojadas por alguien

bajo la mesa de la reunión de alguien.

 

Alguien observa la televisión donde alguien

filma el bombardeo y cómo alguien

arrastra unas piernas mientras

se revienta la cabeza de alguien

que masca allí su hambre.

 

Alguien acaricia un micrófono y pronuncia

las palabras que alguien escribió

para convencer a alguien

de que alguien no es alguien

sino alguien.

 

Pero alguien también tacha su alguien

y gira los ojos

y encuentra en su garganta

su verdadero nombre

de alguien.