Discos

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Esther Garboni: “A mano alzada”

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Børns, inocencia contrastada

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Tamara de Lempicka, reina del Art Decó (1898 -1980). Exposición y Conferencia de Adriana Zapisek

Tamara de Lempicka, reina del Art Decó (1898 -1980). Exposición y Conferencia de Adriana Zapisek

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Javier Abella, fotógrafo artístico

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El renacimiento de un museo, el Hof van Busleyden

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“Alarde de tonadilla. Una historia de la copla” en el Teatro Tribueñe de Madrid

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Soledad Fernández recrea el “Descendimiento” de Van der Weyden

por Redacción

Ateneo de Madrid. Del 1 al 30 de junio de 2017

La pintora madrileña Soledad Fernández expone en el Ateneo de Madrid una recreación de “El Descendimiento” de Rogier Van der Weyden, con modelos vivos y vestimentas de actualidad.

La inauguración ha sido presidida por Maite Pedraza Guzmán, vicepresidenta de Artes Plásticas  y miembro de la junta directiva del Ateneo. En el acto, la pintora agradeció la presencia de Mayte Spínola, directora del Grupo pro Arte y Cultura. El historiador y profesor Matías Díaz Padrón intervino para recordar el origen y avatares históricos de cuadro de Van der Weiden y Julia Sáez-Angulo, crítica de arte, dijo ante la obra de Soledad Fernández:

“No es infrecuente el homenaje de un artista moderno o contemporáneo a un maestro antiguo. Es el reconocimiento de la admiración por el arte del pasado que se ha hecho clásico, es decir: clásico porque es permanente y, por tanto, referencia continua del presente.La pintora Soledad Fernández siente una singular admiración por el maestro Rogier Van der Weyden y en particular por su célebre cuadro El Descendimiento, su obra maestra que se muestra en el Museo del Prado, la primera pinacoteca de la nación. Un óleo sobre tabla en torno a 1433, adquirido por Felipe II para su capilla del palacio de El Pardo, en el que el dolor y sufrimiento por el Crucificado muerto se refleja con maestría en cada una de las diez figuras representadas. El pathos es evidente; los sentimientos, contenidos en un sufrimiento profundo y digno. Diez figuras que abarcan un friso casi escultórico, en posiciones y equilibrios increíbles, resueltos por una composición genial.

De esta clara admiración, la pintora malagueña pasó a dedicar un homenaje al pintor flamenco, a través de una espléndida recreación pictórica del tema del dolor y el sufrimiento humanos, pero sin el trasunto religioso del pintor flamenco ante el Hombre que ha muerto, sino del descendimiento un hombre que ha sufrido un accidente de trabajo –probablemente una caída del andamio- y aparece en la misma pose del Crucificado descendido de la cruz, ante familiares y amigos compungidos, que emulan la escena sacra del pintor Van der Weyden. Con un fondo de rascacielos citadinos, anónimos y grises, aparecen también diez figuras de distintos sexos, edades y vestimentas, que transmiten un pathos intenso de tristeza, quizás ante lo irreversible.

Todo un juego visual en la pintura, que Soledad Fernández (Madrid, 1950) ha situado en una tela gruesa tipo Goya, 190 x 225 cm, que le permite las calidades matéricas deseadas. Fiel a su estilo realista, naturalista, la pintora ha escenificado los personajes que rodean al accidentado con modelos reales, en un estudio teatral perfecto, como el que llevó a cabo el pintor flamenco. El gran cuadro de Soledad Fernández es un doble juego, por un lado, de homenaje a Rogier Van der Veyden y, por otro, una visión social de un drama que periódicamente golpea la vida de ciertos trabajadores y sus familias. La autora se ha reservado el dato y la pintura plantea cierta ambigüedad de si el operario está muerto o simplemente desplomado. El título del cuadro es Homenaje a Van der Veyden, sin que de ello se deba colegir que la figura del accidentado esté muerta. Solo el paralelismo del “d´après” de Soledad Fernández con la obra original pudiera hacernos pensar que el accidentado ha fallecido.

Curiosamente Goya también pintó un cartón para tapiz titulado El albañil herido, obra que hoy figura igualmente en el Museo del Prado. Una pieza que vino a ser como un cartel de llamada social para la normativa de Carlos III, en la que se exigían responsabilidades de seguridad a los dueños de los andamios sobre los operarios que en ellos trabajaban y que con frecuencia sufrían accidentes laborales.

Fernando Belver también hizo en su día una recreación del descendimiento con personajes del cómic de Tintín, que se mostró en el espacio expositivo de Tabacalera en Madrid.

Casi una treintena de dibujos en papel Canson, con los bocetos de los distintos personajes de la obra de Soledad Fernández, acompañan a la pintura definitiva de la autora y dan fe de la maestría de línea y dibujo de esta artista, que optó vocacionalmente por el realismo y en especial por el del cuerpo humano con todo el reto que ello supone y la máxima capacidad de sugerencia”.