Parade y su deriva sentimental

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La danza y la poesía desde el confinamiento

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Sara Gallardo: «Eisejuaz»

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Discos

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Seve Calleja: «Francisco de Iturribarría, en la solemnidad de su tristeza”

por Alberto López Echevarrieta

Muelle de Uribitarte Editores, Bilbao. 200 páginas

ITURRIBARRIA, FranciscoFieles a la idea primigenia de rescatar del olvido la vida y obra de aquellas personas que se han tenido un significado en el mundo de las artes y las letras, Muelle de Uribitarte Editores acaba de publicar el número 40 de su colección con el título Francisco de Iturribarría. En la solemnidad de su tristeza. Es la biografía de un bilbaíno prácticamente desconocido y al que se puede definir en esencia como sacerdote, poeta y filósofo. Un hombre que únicamente publicó un libro, pero que colaboró en numerosísimas publicaciones dejando una obra literaria tan extensa como importante. El propio Menéndez Pelayo aplaudió este ignoto trabajo. La recuperación del personaje coincide con la conmemoración del centenario de su muerte.

“Me sentí atraído por la obra de este hombre desde el primer momento –asegura Seve Calleja, autor de la biografía-, cuando leí las numerosas citas que le hacía. Ambos eran contemporáneos. ‘Anduvimos juntos a la misma escuela de D. Higinio, primero, y de D. Sandalio, después’, dijo refiriéndose a él en sus ‘Recuerdos de niñez y mocedad’. Me ha ocurrido eso que a veces pasa, que te pones a investigar la labor de una persona a la que no conoces y te sientes absorbido por ella.

El exprofesor de Literatura Seve Calleja, autor en esta misma colección de Juan E. Delmas, un sueño incendiado, ha escrito poesía y cuentos, trabajos por los que ha recibido el Premio Lizardi de literatura infantil en euskera en 1985 y el “Leer es vivir” en 1997. En esta ocasión ha realizado una importante labor de investigación en torno a Francisco de Iturribarría, un hombre que compuso numerosos poemas religiosos siempre con un tono triste que reflejaba su propio carácter.CALLEJA, Seve“A la hora de preparar su biografía me he permitido tomar como base la imagen evangélica de que el cuerpo es el el templo de Dios. Así, el pórtico es la presentación, con un acertadísimo prólogo de Sebastián García Trujillo; la nave principal constituye su vida; y el coro es su obra”.

Iturribarría, hijo de navegante y conservador en la línea del carlismo, estudió sus primeras letras con Unamuno; luego en los jesuitas de Orduña con Sabino Arana; y finalmente se graduó en sacerdocio con Estanislao J. Labayru y Resurrección María de Azkue. Su obra literaria fue recogida en tres tomos editados por la Diputación de Bizkaia que los sacó de aquí y de allá, porque el sacerdote colaboró en numerosas revistas de carácter religioso. A él debemos la letra del Himno a Arriaga que adaptó a una partitura de Mozart, y un Himno a la Virgen de Begoña, aunque no tan popular como el que habitualmente se entona en las iglesias vizcaínas debido a D. Claudio Gallastegui.

“Usaba el verbo largo para dejarte siempre un sentimiento de desconsuelo. Sus cuentos eran adaptaciones de situaciones que conocía, siempre en la idea de que vivimos en un valle de lágrimas”.

FranciscoIturribarría portadaBilbao y la Iglesia de su tiempo lo han valorado como persona y no como poeta. El presente libro es un intento de acercarnos a una de esas personas que viven de puntillas en la historia corriendo el riesgo de pasar desapercibidas. Ahora lo tenemos en toda su dimensión, pero no como una tesis doctoral, sino desempolvando hechos y personas que sirven para trazar una biografía de amena lectura. Iturribarría murió a los cincuenta y dos años, el 12 de abril de 1916, hace un siglo, coincidiendo con el nacimiento de otro poeta singular, Blas de Otero.

Calleja señala que su biografiado era muy celoso y coqueto con su vestimenta religiosa. Su casulla desapareció como consecuencia de las inundaciones que sufrió Bilbao en 1983. “Nadie como él ha oído el rumor secular que como de una concha marina fluye inextinguible de la concha histórica que es la Basílica del señor Santiago de Bilbao”, en palabras de Miguel de Unamuno. Sus restos descansan en un magnífico panteón construido por el gran escultor local Quintín de Torre.