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Birkins, acompañando a Bowie

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Discos

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Merece la pena destacar este iluminador y ágil estudio de Rosa Benéitez Andrés sobre la obra de José-Miguel Ullán; una figura incómoda, que descoyunta las categorizaciones canónicas de la Historia de la Más»

 

Concha de Marco: «Celda de castigo»

por Redacción

Ed. Ayuntamiento de Soria, 2016. Por María Ángeles Maeso

Para quienes estamos ávidas de publicaciones de esta poeta, “Celda de castigo” es un gozo en muchos sentidos: se trata de una edición facsímil, la reproducción del original que Concha de Marco envía al concurso de poesía Álamo, de Salamanca en el año 1974. Un concurso que no gana. Un libro que ya no publicará. Sabemos de estos pasos: que buscará el modo de recuperar las tres copias que envió al concurso para que “Celda de castigo” regrese desde Salamanca a su casa; que para ello ha tenido que escribir por dos veces a un miembro del jurado solicitándole la devolución por correo, aclarándole que se hará ella cargo de los gastos del reembolso.concha de marcoCada uno de estos pasos, demostrados con la documentación que guarda el archivo Gaya Nuño soriano, supone una ventana al mundo silenciado de esta poeta. Cada una de estas ventanas ha de abrirse con cuidado, con sumo respeto, porque de cuidado y de sentido de la equidad hablan cada uno de los gestos que enumeramos. Y ahora, que tenemos delante sus folios, los poemas con sus correcciones, cómo estremece mirar, leer, pasar páginas, seguir los versos de mano de esta mujer increíble.

No entramos a ciegas en “Celda de castigo”, sabemos que ese mismo año 1974 ha publicado “Una noche de invierno”, de cuya atmósfera existencial participa, de algún modo, este libro; sabemos que vamos hacia los últimos años del franquismo, hacia la agonía de una dictadura que ha obligado a vivir como exiliados en su propio país a esta poeta y a Juan Antonio Gaya Nuño, su marido; y sabemos que este título, “Celda de castigo”,  más que una hipérbole visionaria, es un símbolo de su vivir, herméticamente sellado. Así, cuidadosamente prevenidas, entramos en el universo metafórico de Concha de Marco, sin sospechar que de nada nos vale saber lo que sabemos, pues las imágenes, sobre todo las de la primera parte de este poemario, nos dejarán igualmente sin aliento:  la flor siniestra de pétalos de plomo, los cilicios, las celdas y las llaves de carcelero… todo ahuyenta  las horas felices que no se detienen en “este bulto tan complejo y extraño, plural,/ dentro del que estoy cautiva./ Y todo se hará sin mí, como ahora.” Poema a poema nos alcanza ese aire de pesadilla, del terror de alguien que nos sueña: “Me está soñando alguien que sufre. (…) Y mil veces regresa a las mismas calles/ y en el mismo rincón de la noche me sueña” dice en el poema -V- y cabe interpretar que ese alguien no desvelado son retazos, escisiones del yo de la poeta que desde atrás mira su ahora, y que finalmente le grita a la poeta que despierte.

En los primeros libros de Concha de Marco la temporalidad tenía límites concretos, horas con minutos, tiempo medible por relojes que remitía al mundo, ahora los referentes de realidad suceden en la circularidad de los temores, en la fantasía de un yo “como pájaro negro en jaula hermética” donde el tiempo se mide por un tictac de insomnio ilimitado. En el ahora de esta “Celda de castigo” hay madrugadas de encierro, de hospitales, de burdeles: “Madrugada de las prisiones/en la desesperación del futuro/y los fantasmas del pasado,/presente de yacija y cal esgrafiada/cuando se van iluminando lentamente/las  del manta con el sudor del condenado a muerte” Así es el tiempo que ha caído al fondo del barranco del que emergen esas llamadas telefónicas: “Esas llamadas./ En el otro lado/denso y amorfo bulto negro/ y hasta el sueño llegan/ espesas bocanadas/ de niebla de barranco” Así son las imágenes en su correlato con la sombra, cuya función no es ayudarnos, matiza la poeta, sino seguirnos, poner a prueba nuestro valor para vernos navegando ahí, “en las horas tan largas de los tristes”; en un tren que huye raudo ante las despavoridas multitudes que lo esperaban en el andén; un tren que parece venir de “Hijos de la ira”. Así es el reclamo de realidad frente al de los símbolos que pide Concha de Marco.

En la segunda parte, tras una invocación al ángel del sosiego, al que suplica una señal que le confirme no estar al límite de su resistencia,  la música y las diferentes mitologías componen las imágenes. Pero la vinculación a la vida, a cuerpos y hechos sigue dándose desde los referentes a artísticos: la música wagneriana que sigue sonando en los campos de concentración interpretada por músicos judíos, el reclamo de Dido por enviar al fuego todos los símbolos, quién es esa señora del llanto que salta desde el ciclo artúrico al cautiverio de un cuarto madrileño donde no cabe ningún lamento…? Estos poemas cargados de referencias musicales tal vez haya que leerlos como un guiño burlón a las propuestas poéticas culturalista de los setenta, pues no deja de manifestar cierta ironía el que a este bloque lo llame “Intento de fuga” y que la tercera parte la componga un solo poema, el que a modo de epílogo cierra el libro con un canto a lo real, a la naturaleza no simbólica, al cándalo, a la rama seca del pino albar de Duruelo y Covaleda.  Y no deja de ser significativo que a este poema, que celebra lo que arde como la yesca en el corazón del invierno, lo titule “Libertad”.

Este “cuaderno gris” viene acompañado de una breve antología de los libros de Concha de Marco, que ayuda a ubicar “Celda de castigo” en el contexto de su obra publicada y la aún inédita. Ahí pudiera haberse cerrado cuidadosamente esta ventana sobre el universo de Concha Marco. La inclusión del apartado que Hilario Jiménez Gómez titula: “Concha de Marco, una soriana sin sombrero” explica mi apelación al cuidado y al sumo respeto  con que inicié este escrito, pues algo de eso ha faltado ya desde el título que se le da a este cuaderno: boutade que no se nos explica y que choca de frente  con  algunas expresiones ajenas a una valoración crítica, de tipo: “Las Hilanderas (1973) es un breve poemario muy femenino” o “la visión femenina del mundo” p.19 y 20) y que, por otro lado, apenas añade nada nuevo a lo que ya conocemos por el estudio de Martínez Laseca, Concha de Marco en carne y verso.

Nada de esto empece el alto sentido divulgativo de esta bellísima edición de “Celda de castigo”  ni nada merma su valor para la restitución de una poeta fundamental en las historia del S.XX. La que sabía escuchar como Alban Berg, profundamente, “cuando las palabras dejan de formar frases/, cuando el lenguaje no es más que soledad”.