Discos

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Discos

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María Pilar Queralt del Hierro: “Los caballeros de la reina”

por Alberto López Echevarrieta

Editorial EDAF, 2015, 230 páginas, ilustraciones en color

QUERALT DEL HIERRO, M. Pilar¿Qué influencia tuvieron los amantes de las soberanas a través de la Historia? ¿Ha habido muchos reyes cornudos? ¿Cómo se comportaban estos cuando las coplillas callejeras se tornaban pasodobles? La respuesta nos la aporta María Pilar Queralt del Hierro en el libro Los caballeros de la reina, una selección de fervorosos amantes que sustituyeron a egregios esposos en el tálamo. Muchas reinas arriesgaron sus vidas en el intento de arropar a sus favoritos. Pero el amor… ¡Qué les voy a decir del amor que no sepan! Tal vez se vieron empujadas a hacerlo porque sus maridos, por muy reyes que fueran, no mantenían comportamientos dignos en la cama. Lo cierto es que el listado de amistades peligrosas de las soberanas es tan extenso que merece un libro. La relación que se nos presenta va desde las reinas Ginebra, Cleopatra, Mesalina y María Estuardo a Victoria I de Inglaterra y la zarina Alexandra.

Los favoritos de las reinas

“En mi libro hago referencia a aquellas “amistades peligrosas”, por decirlo eufemísticamente, que procuraron a las soberanas reinantes, víctimas en su mayoría de un matrimonio de estado, la ilusión o la compañía que el rey no podía darles, dice Queralt del Hierro, escritora especializada en literatura histórica con títulos como Las mujeres de Felipe II, Isabel de Castilla y Reinas en la sombra. Cuando se trataba de reinas consortes, el favorito aprovechaba la cercanía a la reina para medrar en la corte. No tanto cuando se trataba de reinas titulares. Por ejemplo, los amantes de Isabel II de España tuvieron poca o nula repercusión en la política de su tiempo”.

Curiosamente, algunos amantes de las reinas llegaron a tener una potestad superior a la del propio soberano, caso de Godoy, que manejó los destinos de España durante el reinado de Carlos IV. O de Roger Mortimer, el amante de Isabel Capeto, conocida como “la loba de Francia”. Mortimer consiguió apartar del trono al esposo de ésta, Eduardo II de Inglaterra. La lectura del libro es apasionante y cómoda, porque sus capítulos son independientes, cortos y concisos, lo que te permite, al acabar cada uno, hacer la siguiente reflexión: ¿Ha habido muchos reyes cornudos?Isabel II“No todos los reyes lo han sido. Las monarquías también registran grandes historias de amor como la de Carles III y María Amalia de Sajonia o Jorge VI de Inglaterra e Isabel Bowes-Lyon, por ejemplo, pero no es de extrañar que en los matrimonios de estado donde el amor no estaba presente, reyes y reinas –a fin de cuentas, hombres y mujeres- buscaran la pasión fuera de la real alcoba. El que peor lo llevó posiblemente fue el emperador romano Claudio. Humillado y desengañado, mandó ejecutar a su esposa Mesalina y posteriormente retirar el nombre y la efigie de la que había sido su esposa de todos los lugares públicos y privados donde figuraba. No es de extrañar, porque Mesalina, era mucha Mesalina…”.

Cuernos de oro

Cabe pensar si los soberanos, en su ajetreo palaciego, llegaban a enterarse de las infidelidades de sus respectivas esposas, aunque también puede suponerse que a algunos esta pretendida ignorancia les venía bien para cubrir apariencias y encubrir alguna impotencia que otra. ¿O no?

“Es muy probable –señala la autora- que en unas ocasiones no se enteraran o no quisieran enterarse. No obstante, cuando el adulterio era público, las consecuencias para la esposa infiel eran terribles (como en el caso, por ejemplo, de Carolina de Dinamarca)… aunque el esposo ofendido llevara pagándola con la misma moneda durante años. También se encubrieron, como dice, impotencias o simplemente la orientación sexual del rey. Luis XIII de Francia, Francisco de Asís de España o Eduardo II de Inglaterra eran homosexuales y, evidentemente, no encontraban en la reina su mejor compañía. El caso más escandaloso tal vez fue aquel en el que no se puede hablar de adulterio ya que la reina era soltera. Pero sería el de Isabel II de Inglaterra quien ha pasado a la historia como “la reina virgen”. Se la conoce una vida amorosa tan intensa que Enrique IV de Borbón, quien se convirtió al catolicismo solo por poder acceder al trono de Francia, solía decir “Hay dos cosas que nadie cree: que yo sea un devoto católico y que la reina de Inglaterra merezca el calificativo de “virgen”.

 Llegados a este punto uno se cuestiona cuántos herederos al trono han sido realmente hijos de rey y reina, porque, con semejante trajín y a falta de señas identificativas  fiables, ¿quién me asegura que el delfín es hijo de su real majestad y no de ese señor que se deja ver por los pasillos de palacio?Sissi_0001“Evidentemente eso nunca se sabrá de no hacer masivos estudios de ADN, señala Queralt del Hierro, pero le diré que Alfonso XII de España no era hijo de su padre ‘oficial’, el rey consorte Francisco de Asís, sino de un militar llamado Enrique Puig Moltó. Claro que en este caso quien transmitía el derecho al trono era su madre, Isabel II, y por tanto la sombra de la ilegitimidad no le alcanza”.El libro que nos ocupa está profusamente documentado. No se trata de una crónica mundana que trate de sacudir el morbo de personajes históricos. Es un planteamiento serio en torno a unos personajes que tuvieron su influencia en distintas cortes con o sin el consentimiento de egregios maridos.

“Algunos soberanos no formaron triángulos amorosos con el favorito de la reina, pero la institución del ‘chevalierservant’, es decir, un acompañante con quien la reina podía coquetear y divertirse –siempre que éste no cruzara el umbral de la alcoba, claro está-, estaba perfectamente tolerado. Fue el caso de Axel de Fersen, quien arriesgó su vida para salvar a su dama, María Antonieta, organizando un frustrado intento de huida que la hubiera salvado de la guillotina”.

Los caballeros de la reina, profusamente ilustrado con fotografías en color, nos acerca a unos personajes que jugaron papeles importantes en la historia y que hasta ahora no han tenido su momento de gloria. Tal vez porque muchos estuvieron escondidos entre los pliegues de ilustres sábanas.