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Tom Jones, segunda juventud

por Xavier Valiño

Tras más de cinco décadas en activo, el galés Tom Jones ha editado recientemente su segundo disco de una nueva etapa. Tras Praise and Blame llega Spirit in the Room, en los que ha conseguido algo similar a lo que el productor Rick Rubin logró con las últimas grabaciones de Johnny Cash: ir a la esencia de su música y de su voz, ganándose a la crítica y conservando el fervor de sus seguidores.

Parece que en estos últimos años has tenido una segunda carrera, con tus dos últimos y celebrados discos, una participación en la BBC e incluso apariciones en películas.

– Siempre me piden hacer cosas muy distintas. Por ejemplo, películas, aunque todas eran demasiado cursis y siempre musicales. Elvis, y no quiero citar demasiados nombres aquí, odiaba esas cosas, así que siempre me he mantenido alejado. Nunca quise estar en una película con un grupo de bailarinas a mi alrededor.

Tu hijo Mark, que ahora tiene 52 años, ha sido el responsable de este renacimiento, proponiéndose algo que parecía destinado a fracasar: convertir al ídolo sexual de los 60 en alguien con una renovada relevancia, que graba canciones de Prince, hace discos de góspel o colabora con Manic Street Preachers, Hugh Laurie o Jack White.

– Tenemos una relación muy especial Mark y yo. Estoy muy agradecido por lo que él ha hecho por mi carrera desde que se convirtió en mi mánager, por supuesto, pero también estoy satisfecho como padre ya que está haciendo algo que lo hace feliz. No sólo es bueno en su trabajo, ya sabes, sino que también le encanta.

Llegas a tu álbum número 38, Spirit in the Room y pocas veces has sonado mejor. Casi nadie puede decir lo mismo. Parece que estás utilizando la voz como medio de reflexión sobre una mortalidad cada vez más evidente.

– Yo no hubiera podido hacer este tipo de música hace 30 años, ya que no parecía ser lo suficientemente comercial para la gente que me rodeaba. Pero me encanta que ahora pueda ser capaz de hacer música que realmente me refleja, que me representa, que muestra que soy yo.

Eso dice mucho de tu ambición. ¿Por qué es así? ¿Qué tiene que probar alguien que  ha vendido 100 millones de discos? ¿No deberías estar jugando al golf?

– ¿Golf? Nunca me gustó el maldito golf. No, no. No tengo manías. La música es lo que hago. Es por eso que estoy aquí. Para ser sincero contigo, no sabría qué hacer, no se hacer otra cosa. No me malinterpretes, me gusta la piscina y tomar el sol, pero todavía hay mucho más que hacer, tal y como yo lo veo.

Quería preguntarte si albergas algún remordimiento en tu vida.

– ¿Remordimientos? No, no, no lo creo. Bueno, espera. Una noche en 1965 yo estaba en un club en Los Ángeles viendo un concierto de Little Richard. Me había quedado sin permiso de residencia unos días antes, y mi manager me había aconsejado que no hiciera nada que pudiera llamar la atención. En el medio del show, Richard me invitó a subir al escenario. Él estaba como loco esa noche y quería que le ayudara a expresar toda la fuerza de una canción, pero no lo hice. Me quedé allí, moviendo la cabeza, como si estuviera convencido de que en el momento en que abriera mi boca, los de inmigración aparecerían. Todavía pienso en ello a veces, y lo lamento.

No está mal para alguien que ha estado tantos años en activo.

– Eh, acabo de acordarme de otro. Fue una noche, no recuerdo el año, pero yo acababa de terminar un concierto en Estados Unidos. Elvis Presley estaba en mi camerino. Él era muy consciente de que la gente le estaba sacando fotos en todo momento, así que siempre se aseguraba de estar con su mejor imagen. Efectivamente, alguien se acercó y preguntó si podía hacernos una foto, y ahí estábamos, cogidos por el brazo, Elvis todo perfecto, pero yo no me había arreglado bien. Tenía una pinta horrible y en esa foto siempre se me verá así. Lo lamentaré constantemente. Pero aparte de eso, no, no tengo más remordimientos.

¿Cómo viviste tu ingreso en un hospital de Mónaco el año pasado en medio de una gira?

– Fue una deshidratación severa, pero no hubo problemas de corazón como se dijo. Me recuperé rápidamente y desde entonces sigo con buena salud. Mis vicios, estos días, son pocos. Todavía bebo algo con las comidas, aunque el problema es que el vino ahora me engorda. Nunca he tenido que preocuparme por las calorías antes. Mi metabolismo se encargó de eso. Pero ya no lo hace más, así que he tenido que reducir el consumo.

¿Eres consciente de que ya no te queda mucho tiempo por delante?

– Acabo de cumplir 72 años, así que supongo que tendré suerte si vivo otros 20 años más. Veinte años no es nada. Los últimos 20 se han ido en un suspiro, y eso me da miedo, me asusta. Si pudiera pedir un deseo, sería el de la inmortalidad. Dios me ha dado esta vida maravillosa, y lo único que odio del proceso de envejecer es que un día no voy a poder vivir más. Hank Williams compuso una canción llamada “I’ll Never Get Out of This World Alive” (“Nunca saldré vivo de este mundo”). Nunca pensé en ello de esa manera pero, ¿sabes qué? Tenía razón. Ninguno de nosotros lo hará.