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Alberto López Echevarrieta: Víctor de Olaeta, músico, dantzari y coreógrafo

por Redacción

Editorial BBK, serie “Temas vizcaínos”, 174 páginas

Heredero por parte paterna de una gran tradición musical –Segundo de Olaeta ha sido uno de los grandes investigadores que ha tenido el folklore vasco-, Víctor de Olaeta (1922-2007) vivió única y exclusivamente para la danza. Lo hizo en unas etapas convulsas de la historia, saltando (y nunca mejor dicho) de aventura en aventura. Nunca se creyó una persona importante ni trascendente y, sin embargo, se codeó con los mitos del ballet contemporáneo. Pudo haber sido una estrella internacional, pero nunca renunció a la enseñanza de las danzas vasca y clásica. Tres años han pasado desde su muerte y aparece su primera biografía en la que se recogen los aspectos más destacados de su dilatada vida.

                “Ya de niño, Víctor supo que su trayectoria vital iba a estar marcada por el baile, señala Alberto López Echevarrieta. Admiraba a su padre, no sólo por este hecho, sino por las labores de investigación que llevaba a cabo para recuperar viejas danzas que se habían perdido con el paso del tiempo. Su deseo fue siempre continuar aquel trabajo materializando los apuntes así logrados. Hombre metódico y tenaz, Víctor compuso, bailó, enseñó baile y montó coreografías para sus espectáculos y para numerosas óperas. Triunfó en Barcelona y Madrid, llevando a cabo giras artísticas por Francia, Holanda, Canadá y Estados Unidos”.

Nacido en Gernika, donde siempre vivió, fue testigo del bombardeo llevado a cabo contra esta Villa por la Legión Cóndor en 1937. Sus impresiones, recogidas en el libro, son estremecedoras.

                “Tenía 15 años entonces y, como ya había una psicosis de posibles bombardeos, entre él y sus hermanos Javier y Lourdes se construyeron un pequeño refugio en las proximidades de su casa, señala el autor. Era una chabola reforzada con sacos de arena. Durante tiempo fue centro de sus juegos hasta que llegó el día del bombardeo. Víctor recordaba perfectamente todos los detalles de aquel momento. Su hermana Lourdes estaba tumbada en un maizal viendo el cielo. Ellos enredando alrededor del refugio. De pronto surgieron los aviones. Aquellos niños jamás habían visto un avión. Los tres hermanos se refugiaron en la cueva apretados unos contra otros. Inmediatamente vino la destrucción, el fuego, las llamas, un calor insoportable… La imagen que Víctor tuvo durante toda su vida fue la de un perro huyendo de la catástrofe con su pelaje erizado, tan aterrorizado que corrió junto a ellos para meterse también en el refugio”.

Y tras la guerra civil el exilio a Francia de los cuarenta niños que formaban el grupo de danzas “Elai Alai” fundado por Segundo de Olaeta, entre los que estaban sus propios hijos. Allí salieron adelante gracias a la intervención del Cardenal Verdier, primado de París, que les abrió camino en los escenarios de la capital francesa.

                “Fueron tiempos muy duros, pero sobrevivieron, incluso durante la dominación nazi. El padre de Víctor fundó allí varios grupos de danzas, algunos de los cuales han dado la vuelta al mundo con sus actuaciones. El regreso fue también problemático por la situación política que se vivía. Los Olaeta empezaron literalmente de cero hasta que sus coreografías fueron reconocidas. Víctor estudió danza en París con los más prestigiosos profesores. Trató a las figuras más sobresalientes del momento que le tendieron una mano para ayudarle a triunfar en escenarios parisinos, pero él fue siempre consciente de que debía llevar a cabo una labor didáctica en el País Vasco”.

En 1950 los Olaeta abrieron en Bilbao una academia de baile clásico y vasco. Se calcula que han pasado por ella unos 12.000 alumnos a lo largo de sus cincuenta y siete años de vida. En 1968 Rudolf Nureyev, que actuaba en Bilbao con Margot Fonteyn como figuras estelares del Royal Ballet de Londres, ensayó su actuación en la sala de los espejos de la Academia Olaeta. Al marchar olvidó sus zapatillas que pasaron a ser objeto de culto en el centro.

                “El arte de Víctor quedó bien patente en los espectáculos que montó. La “espatadantza” de la ópera “Amaya”, de Guridi, ha sido uno de los números más solicitados en todo el mundo. Pero también otras coreografías propias, como “Las cuatro estaciones”, “Kardin”, “Aiko Maiko”, “Suite vasca”, “Mascarada suletina”… Sin olvidar las óperas “Aida”, “Rigoletto”, “Don Carlo”, “Fausto”, etc. Su concurso fue siempre deseado en las representaciones o estrenos de óperas vascas como “Amaya”, “Mirentxu”, “Zigor”, etc. Víctor tenía una mente privilegiada para los montajes escénicos”.

Momentos culminantes en su ajetreada vida musical fueron las tres giras artísticas llevadas a cabo por Canadá y Estados Unidos, cada una de tres meses de duración y casi a espectáculo diario. Actuaron en la Casa Blanca, ante el Cardenal Spellman y ante miles de norteamericanos en escenarios situados de Este a Oeste del continente. “The Cincinatti Enquirer” publicó: “Víctor Olaeta ha traído un fabuloso grupo. El lenguaje de los vascos puede que sea un misterio, pero el vasco tiene otro idioma, que son sus músicas, danzas y canciones que influencias hasta al público más escéptico. Nunca mejor empleado el verbo fascinar, que aplicándolo a los Ballets Olaeta”.

                “Víctor bailó hasta los últimos momentos. Unos días antes de su muerte montó una coreografía especial para la boda de una de sus alumnas. Bailó con ella. ¡Y tenía 84 años de edad! Todos los asistentes quedaron asombrados al comprobar la agilidad y perfección de sus movimientos. Un infarto de miocardio frenó su vida diez días más tarde. Nunca creyó que iba a morir. Momentos antes de su fallecimiento preguntaba: “¿Y quién va a abrir la academia mañana?”. No la abrió nadie, pero él no se enteró. El cierre fue definitivo”.