110 AÑOS, 110 OBRAS

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María Dueñas: ”Las hijas del capitán”

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Discos

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María López de Castro: La restaturación de arte como nueva obra de creación artistica

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The Cranberries, la luz al final del túnel

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Jesús Camargo, el color y la pintura del Mediterráneo

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Antonio López, comunicativo y provocador en el Taller del Prado

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Antònia Vicens:  “Lovely”

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“Muchacha en la ventana”, la Mona Lisa de Rembrandt, en Bilbao

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Victor Serge: “Resistencia. Una hoguera en el desierto”

por Mª Angeles Maeso

Ed. El Perro Malo, Madrid, 2017. 120 págs.

“¿Cómo explicar la oscuridad de uno de los héroes éticos y literarios más imponentes del siglo XX: Victor Serge?” Con esta pregunta iniciaba Susan Sontag un valiosísimo artículo en 2004 con el que ponía en valor a este exiliado total, carente de tierra que lo reclame, carente también de albergue literario.

Exiliado político de nacimiento, hijo de opositores al régimen del zar que huyen de Rusia y recalan en Bruselas, donde él nacerá en 1890. Su nombre, Víctor Lvóvich Kibálchich, pasará a ser Valentín, cuando con apenas quince años inicia su militancia política, primero en la Joven Guardia Socialista de Ixelles y más tarde en las filas libertarias. Condenado a cinco años de prisión en celdas de aislamiento, liberado en 1917 y acogido por la CNT en Barcelona, su nombre ya será para siempre el de Victor Serge. Convencido del nuevo orden que iba a instaurar la revolución, se pone en marcha hacia la Rusia de sus antepasados. Destino que tardará alcanzar, ya que fue detenido y tuvo que pasar quince meses en un campo de concentración francés. Su llegada a Petrogrado no sucedería hasta 1919. Se adhiere al comunismo de Lenin y Trosky y ejerce como periodista, traductor, agente clandestino en Berlín y Viena al servicio de la Internacional Comunista, sin dejar de ser el disidente que percibe el fracaso de la revolución y la degeneración del régimen soviético.

Tras la muerte de Lenin, vuelve a ser encarcelado, y en 1933 condenado al destierro en Oremburgo, en la antesala del Gulag stalinista. Es en esa etapa donde se propone dejar testimonio desde la literatura de lo que ya él incipientemente había demostrado ser: la conciencia de la revolución fracasada. Finalmente, expulsado de la URSS, seguirá siendo el apátrida que, desde su nacimiento, continúe errante, huyendo de Stalin y de la Europa de Hitler, hasta alcanzar refugio en México, donde muere en 1947.

Si alguna de sus novelas, cuentos y memorias han tenido cierta difusión, no ha sucedido lo mismo con su poesía. Victor Serge titula su único poemario “Resistencia. Una hoguera en el desierto”, escrito mientras está confinado en Orenburg (1933-36), donde se termina Europa. Apareció en francés en 1938 y ahora lo hace por primera vez en castellano, gracias al poeta y traductor, Luis Martínez de Merlo, cuyo bien hacer nos es familiar. Y gracias al cuidado de esta pequeña editorial, El perro malo que, en el rescate de joyas perdidas como ésta, se hace cada día grande más grande. A su editor, Francisco Carvajal, se deben las necesarias notas que, dado el estado de desatención en el que se halla el autor, ayudan a que se nos abran los poemas con todo su sentido.

El contacto de Victor Serge con los surrealistas franceses, en especial con André Breton, a pesar de las desavenencias, le familiarizó con una concepción del lenguaje poético basado en la construcción de poderosas imágenes. Una forma de componer el poema como cuadro de sensaciones que resisten en la memoria y a las que es capaz de conectar con un contexto histórico y una dimensión tan lírica como política; cuadros de palabras que fijan lo que sucedió y que alientan a seguir andando. Imágenes como la del lobo de la leyenda uzbeca, ya despellejado, del primer poema. Y duras palabras como durísima es la vida de donde emergen las historias a las que remite: la joven Tatiana que regresa del albañal con la vaca al extremo de su cuerda, “juntas mujer y animal, sudorosas” mientras canta la cruenta historia de celos, cuyo hachazo llega hasta hoy mismo. Mendigos perseguidos por ladridos: “E incluso los perros adivinan que tienes hambre…/ Yo me he encontrado con su mirada negra de lo profundo de las edades/ ha pasado, es el pasado.” La imagen de la vieja mujer que carga con cosas innombrables y “cuya cabeza no se sujeta más que por un hilo de hierro” le hace cerrar el poema sin concesiones a falsas esperanzas: “Tú ya no puedes ser salvada,/ piénsalo, pues!/ Setenta años,/ es demasiado tarde./ Y tal vez seiscientos setenta años de servidumbre/o aún más,/ es demasiado pronto.”. En Tiflis, Georgia, el conductor de la carreta no se diferencia de los bueyes que tiran de ella, salvo en que sabe cantar los versos épicos del poeta medieval Rustaveli; memoria y presente en el poeta aislado van de la mano y levantan el poema. Cuando se pregunta por ese nosotros que ha hecho sublevar pueblos responderá un nosotros sin porvenir, envilecido: “Hemos nacido/ en la época de las primeras ametralladoras perfeccionadas;/nos esperaban, ellas, esas excelentes perforadoras/ del blindaje de acero y de los cerebros repletos de espiritualidad…”

Una también se pregunta por la oscuridad que ha velado inmensos poemas como Constelación de los hermanos muertos (“¿Para cuándo tu turno, para cuando el mío?”); o la honda elegía Max (el joven judío con quien llegó a Petrogrado en 1919 y que murió en el frente con 23 años) donde se nos dice que “La revolución tiene hambre”, sí, y el poeta Victor Serge registra cuánto devora para saciarse.

Pero el poema que cierra el libro, dedicado a su última compañera, con quien viviría el exilio en México, nos deja, una vez más, una imagen, la de Notre Dame reflejada en el Sena, con su rosetón tembloroso para sugerirnos que la sensación en la que confiara el impresionismo es también camino capaz de abrir la esperanza: “Qué hay todavía de inaccesible en el durmiente despertado/ que sigue, sobre los negros muelles, de una Comuna a la otra,/ el cortejo lleno de esperanzan de sus hermanos fusilados?”

Victor Serge, quien fue el primero en escribir, en 1933, a unos amigos de París, en vísperas de su detención, que la URSS era un estado totalitario, no será tampoco recuperado durante la Rusia capitalista, como ha hecho con otros. Como el resto de su obra, también su poesía responde al propósito de testimoniar la epopeya de un fracaso, que pudo y debió no ser tal; su escritura memorial busca pasar al futuro las posibilidades perdidas, ya que como W. Benjamin, también él niega que el fracaso de la revolución estuviera implícito en los inicios. En este año del centenario, bien valdrá la pena hacerle a un hueco a esta resistencia de la poesía en el desierto.