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Discos

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Discos

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Herminda Cubilla Gonzalo: “¿Qué hora es?”

por Mª Angeles Maeso

Ed. El perro malo, Madrid, 2017. 136 p.

Las historias de Herminda Cubilla (Muriel Viejo, Soria) suceden en un tiempo circular, se anclan en el pasado inmóvil de la provincia, inmensa y despoblada, reclamando ser más que memoria, vida aún en forma de pálpito y desafío al hoy que nos arrasa. De ahí, las preguntas que no cesan, sea cual sea la respuesta. Una y otra vez, vuelven como nuevas en los labios de una anciana que abre y cierra esta colección de relatos. Si ese tiempo encerrado da un paso es hacia atrás, es adonde las viejas manos del presente eran ágiles y fuertes y las palabras no iban en cadena como las letanías o los romances.Por ese tiempo pasean estos relatos y regresa al ahora con la mirada cargada de poderosas imágenes: caminos sin nombre, pero que son el camino; un tilo con el tronco claveteado de hojas; la maleta que sube y baja el desván a espera del momento de una fuga escondida bajo la cama; secretos que generación tras generación asoman y se cierran.

Personajes nómadas del hambre y del vino, anónimos mendicantes unos, otros con nombre propio; algunos con su rareza particular como esos que llegaban desde la capital, limpios en su ropa vieja y con gafas, causando en el pueblo el mismo impacto que nosotros experimentamos, guiados por la voz que impregna de inocencia cuanto narra. Todos acogidos en su paso itinerante en la pobrera, ese cobijo que hasta los pueblos más míseros de la provincia soriana cuidaban para otros, aún más desamparados que sus vecinos.

Hay por estas páginas, personajes hechos de la mejor tierra y que aún les sujeta, como la entrañable Águeda. Y hay una terrible abuela, a la que el punto de vista de la voz infantil que narra la historia despoja de toda idealización y que nos llega naturalizada en su dureza imperdonable. La misma muerte es el personaje de uno de los relatos más líricos, donde se dan la mano el dolor y la belleza. O la frágil esperanza de los pobres, también personificada y vapuleada a fuerza de agotarse en un milagro que no llega.

Herminda Cubilla nos invita a mirar su álbum y nos atrapa con sus imágenes. Nos coloca ante el mismo árbol, desde su raíz hasta la última hoja, desconfiando de las palabras que a veces lo designan como enebro y otras como sabina: “Entonces le decíamos enebro pero ahora han cambiado los nombres y le llaman sabina, ellos sabrán, pero eso sí, vive en el enebral”, le hace decir burlonamente uno de sus personajes para hacernos reparar en lo que importa: la centenaria persistencia del propio árbol. Esa mirada impresionista es la que recorre todos los cuentos. El canto a la labor de los maestros republicanos se lleva a cabo mediante la plasticidad de objetos elocuentes: el hallazgo del primer libro de cuentos en el que la narradora aprendió a leer y que pervive al lado del cuaderno de dictados de su padre, donde el maestro dictara, dos años antes del levantamiento militar franquista, las primeras líneas del Quijote con las que también se abre el cuento: En-un-lugar-de-La Mancha.

Como he señalado en otra ocasión, al comentar el libro colectivo Algarabía en el que Herminda Cubilla publicaba otro manojo de cuentos, ese tiempo circular de sus relatos agudiza su tensión al contrastarlo con el presente donde, sensorialmente, es evocado. Vamos acompañados por personajes que iban a pasar unos días en este territorio de la infancia sobre el que todo gira y acaban instalados por meses o por años; por ahí, los aromas pegados a las ropas del desván son recuperados en el Buenos Aires del presente; la dureza y acritud de la cebolla que se recobra en lágrimas; palabras de dura raigambre, hielos criminales dice un pastor al que nunca se le han aparecido los ángeles; por ahí, los dedos de la madre acariciando la cabellera de la niña.

Su autora, camuflada en la voz que concede a cada uno de los narradores, ya sean personajes u objetos que se animan por arte literario, no deja de ser ella, Herminda Cubilla, girando en su memoria desde un ahora donde dice “aquí, donde estoy ahora” y es un aquí donde sujeta su paraíso a la sombra del gran roble de la verdad. Cualquiera de los relatos de este ¿Que hora es? hace visible la zanja de la vida arrasada y sonroja de vergüenza las historias costumbristas de la vida campestre.

El poeta Fermín Herrero, autor del prólogo, señala cómo estas historias del campo, cuyos héroes quedaron excluidos del discurso dominante, siguen haciéndonos falta. Herminda Cubilla nos las entrega bellamente. Al gozo de esta lectura contribuyen también las fotografías de Jesús Monje y la magnífica cubierta de la pintora Flavia Tótoro.