Artes Hoy
 

ANDREA CHÉNIER


Sin aliento


Por Jorge Barraca Mairal



Música de Umberto Giordano

Libreto de Luigi Illica

Dirección Musical: Víctor Pablo Pérez

Dirección de Escena: Giancarlo del Monaco

Escenógrafo: Carlo Centolavigna

Figurinista: Maria Filippi

Iluminador: Wolfgang von Zoubek

Coreógrafa: Laurence Fanon

Director del coro: Peter Burian

Intérpretes: Marcelo Álvarez (Andrea Chénier), Marco Vratogna (Carlo Gérard), Fiorenza Cedolins (Maddalena de Coigny), Marina Rodríguez-Cusí (La mulata Bersi), Stefania Toczyska (La condesa de Coigny), Larissa Diadkova (Madelon), Felipe Bou (Roucher), Marco Moncloa (Pietro Fléville, Fouquier-Tinville), Luis Cansino (Mathieu), Carlo Bosi (El Increíble).

Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid). Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo).

Madrid. Producción de la Opéra National de Paris.

Funciones del 13 al 28 de febrero de 2010.

Fotografías: Javier del Real

 

Y es que la producción traída de la Opéra National de Paris, con la dirección del hasta ahora intachable Giancarlo del Monaco, no ha convencido en su conjunto porque amalgama ideas de un modo no muy coherente y sin establecer un hilo conductor, una orientación definida.

Es cierto que hay detalles de interés y que existe una lectura poco convencional de la página —en particular en el Acto I— pero el efectismo y grandilocuencia de los medios no va a la par Andrea Chéniercon la definición del mensaje. Por ejemplo, las moles edificadas, el movimiento de masas y el empleo de múltiples figurantes del Acto II acaban por resultar confusas y llevan a perder la atención sobre el protagonismo de los cantantes, los auténticos actores de estas escenas (aunque sea sobre el fondo del pueblo). La transición del Acto I al II se hace pesada y si bien ambos escenarios son completamente distintos no se justifica esta lentitud en un teatro de maquinaria como el Real. En cambio una mudanza mucho más efectiva —sin solución de continuidad en escena— se logra entre el III y el IV.

La ridícula y marchita aristocracia prerevolucionaria se dibuja de forma caricaturesca en el Acto I, lo que justifica un trabajo de escenografía y figurines tan estilizados. En contrapartida, el pueblo del Acto II es retratado con tonos realistas. Sólo Chénier y Maddalena son auténticos en ambos cuadros. El siniestro tribunal es localizado en un escenario apropiado en el Acto III —recuerdo especular y deformado del teatrito del Acto I— y en el último (Acto IV) se ahonda en la negrura de la muerte próxima. No obstante, los elementos escenográficos hacen que la ambientación resulte un tanto simplona: rejas enormes, rococó exacerbado, banderas tricolor por doquier... todo demasiado evidente, hasta un punto caricaturesco, lo que puede servir al principio de la ópera pero no para las escenas finales.

La labor de Víctor Pablo Pérez fue muy meritoria, y su dirección musical tuvo calor y belleza. Es verdad que careció de cierto refinamiento y que se observaron desequilibrios a favor del foso que desdibujaron a las voces, ya de por sí algo opacas en varios intérpretes. Sin embargo, la batuta mantuvo el nervio toda la representación y pintó con contraste los diferentes climas que se siguen en cada acto.

Marcelo Álvarez es un intérprete directo y expresivo, con una voz media de considerable belleza, es valiente aunque musical, tiene detalles de efecto considerable y, sobre Marcelo Álvareztodo, posee la vehemencia que pide Chénier; estas son grandes virtudes para un cantante, pero, no puede negarse, su emisión a lo largo del registro no siempre es limpia ni regular, los agudos están muy forzados, los apoyos no son firmes y sólo consigue llegar a algunas notas con sonidos muy abiertos o con golpes de garganta. Por desgracia, al final y por una afección vocal, en su penúltima actuación tuvo que retirarse a mitad de la representación. Tampoco pudo cerrar su participación en la última de las funciones. Habrá que esperar mejor ocasión para disfrutar de sus muchas cualidades que seguramente brillen más en un personaje más ligero que Chénier.

Fiorenza Cedolins encarnó a una Maddalena de Coigny algo áfona, sin el punto dramático que pide la protagonista femenina. Su instrumento es más lírico que dramático, por lo que el final de la ópera le resulta demasiado pesado vocalmente. Tampoco sacó partido del celebérrimo "La mamma morta". No obstante, escuchamos en ella bellas frases bien ligadas y su actuación también resultó verosímil.

El Gérard fue interpretado por un Marco Vratogna mejor de intenciones que de resultados. La voz no tiene mala pasta, pero no es proyectada con brillo, parece quedarse a mitad de camino, sin expansión. Como quiera que sea, su malvado y humano personaje siempre fue correctamente representado.

Mejor que las voces protagonistas resultaron las de los secundarios, sobre todo la Bersi de Marina Rodríguez-Cusí, la condesa de Coingny de Stefania Toczyska y el Increíble de Carlo Bosi.

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Nº 55 - Marzo de 2010

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