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LAS BODAS DE FÍGAROPor patios sevillanosPor Jorge Barraca Mairal
Fotografías: Javier del Real
Sagi pone también algunas notas de color local en los movimientos de danza, cuando los figurantes bailan por sevillanas o cuando se traza toda una coreografía de carácter andaluz. Sin embargo, su interés radica en destacar el tono sensual de la página —y a veces, incluso, abiertamente sexual—. Cosa que procura con los movimientos de los cantantes (que, eso sí, mantienen en todo momento el buen gusto), y subraya la picardía algunos momentos ambiguos ("hablo de amor conmigo mismo", "y ya el resto... lo entenderá"). Además, ilumina por completo el patio de butacas cuando Fígaro, en el último acto, entona su advertencia a los maridos para que abran los ojos y descubran cómo pueden ser engañados por sus mujeres. Un buen truco escénico que se incardina perfectamente con el espíritu del aria. Pero, además, la producción contó
con otro elemento fundamental: la complicidad entre batuta y dirección
de escena. Se apreció que López Cobos y Sagi compartían
ideas para recrear la página de Mozart y que están de acuerdo
en los aspectos fundamentales de su teatralización, como, se ve,
por ejemplo, en el trepidante y alocado cierre del primer acto, donde
Por otro lado, el director de Toro se ha vuelto a revelar como un extraordinario traductor mozartino. Sus tempi son irreprochables, y unifican la necesaria ligereza con el toque lírico y de belleza profunda que tiene la página. Es amable en la obertura, nostálgico con las intervenciones de La Condesa, viril con las de El Conde, delicado y gracioso con Cherubino, desenvuelto con las de Susana o Fígaro. Y, en fin, es rico y variado en su paleta tímbrica, nunca desmaya el caudal sonoro ni deshace la armonía a lo largo de cada uno de los extensos actos. El segundo reparto, que es el que aquí se describe, estuvo muy bien acoplado y los diferentes intérpretes contrastaron adecuadamente en sus caracteres. Además, fueron perfectamente secundados desde el foso, otro de los méritos de la dirección de López Cobos. El Conde del polaco Kwiecien exhibió una voz de muchos quilates, grata, de una pasta rica y armónica. Así mismo, la actuación fue excelente y la gravedad, dureza y poder del noble se pintaron correctamente. Sacó muy buen partido de su aria del Acto II y destacó también en todas las intervenciones corales. A su lado, Eva Mei fue una Condesa excelente, sobre todo por la belleza de su instrumento. Es cierto que el aliento de algunas frases resultó un tanto entrecortado y que pareció algo apurada en la coloratura. Sin embargo, el hermosísimo timbre la ayudó a recoger las mayores ovaciones de todo el elenco. El Cherubino de Ketevan Demoklidze no tuvo una emisión tan limpia como hubiese sido deseable, sobre todo por una acentuación escasa de gusto en la primera de sus arias ("No son più..."), aunque es cierto que la segunda ("Voi che sapete...") resultó más redonda. Extraordinarios fueron el Bartol de Chausson —a quien tantas veces hemos podido disfrutar como Fígaro—, y el Basilio de Raúl Giménez. Pero también cantaron sus partes con calidad Jeannette Fischer como Marcellina, Soledad Cardoso como Barbarina y Miguel Sola como un gracioso y cascarrabias Antonio. Muy bien el coro que dirige Peter Burian y los componentes del Ballet de Lituania. |
Nº
49 - Septiembre de 2009
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