Artes Hoy
 

TANNHÄUSER


Sexualidad por sensualidad



Por Jorge Barraca Mairal



Música y Libreto de Richard Wagner
Director Musical: Jesús López Cobos
Director de escena: Ian Judge
Escenógrafo y Figurinista: Gottfried Pilz
Iluminador: Mark Doubleday
Intérpretes: Günther Groissböck (Landgrave Hermann), Rober Gambill (Tannhäuser), Roman Trekel (Wolfram von Eschenbach), Sthephan Rügamer (Walther von der Vogelweide), Felipe Bou (Biterolf), Joan Cabero (Heinrich der Schreiber), Johann Tilli (Reinmar von Zweter), Edith Haller (Elisabeth), Anna-Katharina Behnke (Venus), Sonia de Munck (Un pastor).

Coro y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid)
Madrid. Producción de Los Angeles Opera

Funciones del 13 de marzo al 2 de abril de 2009

Desde la Ópera de los Ángeles llega esta producción del Tannhäuser cuya dirección de escena firma Ian Judge, complementado por la escenografía y figuración de Gottfried Pilz. Sobre las tablas se ven pocas ideas originales. La obertura-bacanal —que Tannhaüsserhabía levantado polémica por su supuesto contenido pornográfico— no pasa de ser un divertimento cuestionable, pero no por lo explícito de las actitudes de los figurantes, sino porque la sensualidad y voluptuosidad de la música de Wagner se traduce visualmente en una sexualidad ramplona y descafeinada. La suave iluminación, la omnipresencia del rojo que baña todo el escenario y algunos movimientos más cabales de los protagonistas (Venus, Tannhäuser) acaban siendo lo mejor de este primer momento. En cambio, el piano con el que el Caballero Cantor se acompañan resulta ridículo cuando el sonido del foso es el de un arpa. Licencias sí, pero que tengan algún sentido.

Mucho mejor es la transición a la segunda escena del Acto I y al Acto II. El campo de Turingia y el gran salón de la residencia del Landgrave resultan escenarios acordes con la acción, aunque en ellos tampoco hay detalles especialmente reseñables. La ambientación pasa entonces al siglo XIX, por lo que las reacciones de los nobles invitados, de los cantores, del mismo Landgrave o de Elisabeth están perfectamente justificadas. La gran entrada de los caballeros en la sala, eso sí, vuelve a caer en cierto ridículo por los movimientos de baile que ejecutan las parejas y que, aunque dan un toque de humor, desvirtúan la solemnidad de la música. El último acto presenta también sus luces y sombras, con una escena de los peregrinos ayuna de grandeza. A todo el conjunto le faltó una mayor belleza plástica, algo por lo que sí apostaron producciones celebradas en Madrid, como la recordada de Werner Herzog (1999) o incluso la de Harry Kupfer (2002).

De las voces protagonistas no puede dejar de mencionarse las limitaciones y tiranteces que, ya desde la mitad del Acto I, acusó el tenor Robert Gambill. Aunque la voz tiene volumen y un timbre de mediana belleza, todo el tiempo sonó forzado y gritón. No puso ningún matiz a su canto y permanentemente se movió en un mezzoforte desagradable. Sin embargo, lo más criticable es que careció de pasión con Venus y de unción hacia Elisabeth. Hace siete años, cuando cantó el mismo rol en una producción de la Staatsoper dirigida por Baremboim, ya habTannhaüsería mostrado un problema similar (agotándose en el Acto I), sin embargo, sus dificultades en la emisión resultaron ahora mucho más evidentes y su entrega mucho menor.

La Venus de Anna-Katharina Behnke, en cambio, dio una buena lección de canto. Aunque su timbre es un punto duro o metálico, la emisión es limpia y de buena escuela, con apoyo y fuerza en los momentos de más intensidad. Además, el carácter dramático del personaje fue muy bien traducido. Su opositora en el drama, la otra protagonista femenina, Elisabeth, tuvo en Edith Haller una correcta encarnación. Entonada ya desde la difícil aria de entrada y brillante en el cierre del Acto II, mostró detalles de altura en el Acto III, donde supo recrear al personaje con especial ternura y darle el carácter que realmente posee.

Entre las voces graves destacó sobre todo el Landgrave Hermann de Günther Grissböck, que exhibió rotundidad en el registro más oscuro y tradujo la gravedad y humanidad de su rol con una actuación excelente. El Wolfram de Roman Trekel estuvo mejor en intenciones que en resultados. El personaje fue muy bien dirigido actoralmente por el responsable de la escena, pero a su voz le faltó belleza tímbrica para cantar su excelsa particella, en especial en momentos como el himno a la esencia del amor del Acto II o la celebérrima canción de la estrella del Acto III. Los demás secundarios también respondieron a las Tannhaüserexpectativas, en especial el dúctil pastorcillo de Sonia de Munck

Bien el coro del Real que dirige Meter Burian, que salió airoso en el concertante de los peregrinos del Acto III, pero que ya había apuntado buenos mimbres en el Acto II.

Desde el foso, López Cobos dio más importancia a la arquitectura general que a los detalles tímbricos. Las dinámicas fueron bien delineadas, pero faltó carne, sensibilidad y hasta pasión en el Acto I. La Sinfónica de Madrid se mantuvo a una altura digna, pero siempre se echó de menos el refinamiento pertinente; Wagner es grandioso en Tannhäuser, pero igualmente íntimo y delicado.

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Nº 44 - Abril de 2009

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