Artes Hoy
 

Un ballo in maschera


Juego de espejos


Por Jorge Barraca Mairal


UN BALLO IN MASCHERA

Música de Giuseppe Verdi
Libreto de Antonio Somma
Dirección Musical: Jesús López Cobos
Dirección de escena: Mario Martone
Escenógrafo: Sergio Tramonti
Figurinista: Bruno Schwengl
Iluminador: David Harvey
Intérpretes: Francesco Hong (Riccardo), Indra Thomas (Amelia), Ludovic Tézier (Renato), Malgorzata Walewska (Ulrica), Sabina Puértolas (Oscar), Borja Quiza (Silvano), Miguel Sola (Samuel), Scout Wilde (Tom)

Coro y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid)
Madrid. Nueva producción del Teatro Real en coproducción con la Royal Opera House, Covent Garden

Funciones del 28 de septiembre al 19 de octubre de 2008

Fotografía: Javier del Real

En coproducción con la Royal Opera House, Covent Garden, el Teatro Real ha ofrecido un Ballo in maschera de agradable plasticidad, correcta factura y ordenadas transiciones, aunque sin notables aportaciones teatrales o escenográficas, excepto en el último cuadro de la ópera, cuando llega el baile de máscaras que da título a la página. Localizado en la misma época en que Verdi lo estrenó (Roma, 1859), el director de escena Mario Martone brinda una apuesta coherente y sin estridencias. Y es cierto que los acontecimientos, el tipo de música del que se sirve la escena (vals final) y, sobre todo, las acciones de los protagonistas parecen encajar mucho más adecuadamente con la época del Risorgimento que con el Boston de finales del siglo XVII. Una coherencia, en suma, que se mantiene en el vestuario, la dirección de actores y la utillería que se ve sobre las tablas.

Un ballo in mascheraSin duda, como se acaba de adelantar, la idea más interesante de la producción se aprecia en la última escena, cuando, gracias a un espejo inclinado, el espectador contempla simultáneamente dos planos: el inferior, donde varios invitados de la fiesta ejecutan su danza, y el superior, donde los protagonistas tienen su postrero (y fatal) contacto. La solución da vivacidad y reproduce adecuadamente el clima enloquecido y confuso de un baile de máscaras. Pero, además, expresa lúcidamente la idea esencial de la ópera, en la que la confusión de personajes, el disfraz, la suplantación de la identidad aparece a lo largo de todo el desarrollo: en el Acto I Riccardo se transmutará en pescador para no ser reconocido por Ulrica, en el II la capa de Renato le hará escapar de los conspiradores. En ese mismo momento de la obra, Amelia se tapará con un velo para pasar por desconocida ante su marido. En el Acto III todos se disfrazarán para asistir al baile. Antifaz, embozo, artificio, reflejo deformado... ese es el baile de máscaras.

En el foso, aún López Cobos, con una dirección meticulosa, no especialmente lírica, aunque sí llena de matices en los momentos más dramáticos —excelente el acompañamiento a la entrada de Ulrica del Acto I, o en la aparición de Amelia en la tenebrosa escena del Acto II—: el maestro de Toro ha anunciado ya que no renovará su puesto al frente de la dirección musical de Real cuando termine su contrato y, qué duda cabe, va a ser difícil dar con una batuta que, con su currículum, esté dispuesto a gobernar esta nave, ofrecer ese nivel medio tan extraordinario, y representar siempre una garantía ante los grandes títulos que deben programarse. La Sinfónica de Madrid consiguió un sonido hermoso, con unos arcos especialmente bien empastados, y arropó a los cantantes de forma conveniente.

Se valorarán ahora las voces del segundo reparto, aunque, con los cambios producidos por las cancelaciones por enfermedad de Carlos Álvarez y Marcelo Álvarez, ambos elencos tuvieron que alternarse de forma más flexible.

Un ballo in mascheraEn el papel protagonista, el de Riccardo, volvimos a contar con Francesco Hong, que ya había encarnado al Manrico de Il Trovatore en este mismo escenario hace un año. Como entonces, la voz de este joven tenor coreano impresiona por su volumen y, en general, le revela como un cantante arrojado y valiente, aunque no siempre capaz de matizar; debe también mejorar mucho su actuación, pues a día de hoy precisa una buena orientación por parte del director de escena.

Junto a él, la Amelia de Indra Thomas evidenció buenos medios vocales, pero a su línea de canto le faltó continuidad, pues alternó frases bien matizadas con otras ayunas de sonoridad, irregulares en la emisión y sin intensidad dramática, algo crucial en este rol.

El Renato de Ludovic Tézier resultó también algo descafeinado. A la voz le falta empaque, lo que no se compensa con una actuación convincente y con presencia escénica. El aria del Acto I fue de escaso recorrido y salieron a la luz demasiadas limitaciones técnicas para un canto sereno, sentido y lleno de intención; sin embargo, mejoró notablemente en el comprometido "Eri tu" del Acto III, siempre bien perfilado, aunque, eso sí, algo justo en los momentos más exigentes.

La Ulrica de Malgorzata Walewska no tuvo la gravedad que pide el papel, pero estuvo bien cantada. La falta de rotundidad en las notas más bajas y las carencias dramáticas, se trataron de compensar con una actitud escénica misteriosa y una gestualidad interesante.

Sabina Puértolas fue un Oscar vivo y sonoro, siempre alegre, como invita su parte. No obstante, también mostró algunos apuros en las agilidades, en especial en el Acto III.

Buenos fueron, en cambio, el Samuel de Miguel Sola y el Tom de Scout Wilde y algo más limitado el Silvano de Borja Quiza.

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Nº 39 - Noviembre de 2008

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