Artes Hoy
 

ORQUESTA Y CORO NACIONALES DE ESPAÑA (OCNE) TEMPORADA 2007-08.


Sucesión de magníficos solistas



Por Jorge Barraca Mairal


Lang LangEl último tercio de la temporada de la OCNE ha sido, sin duda, el más interesante para los abonados debido a la sucesión de un plantel de solistas internacionales del máximo nivel. Los nombres de directores como Gustavo Dudamel, Kirill Petrenko o Christian Zacharias, de pianistas como Lang Lang o Lars Vogt, de violinistas como Guidon Kremer o Julian Rachlin, y de cantantes como Ewa Podles se han convertido, semana a semana, en un reclamo ciertamente atractivo para llenar la sala sinfónica del Auditorio Nacional. En las líneas siguientes se ofrecerá un resumen crítico de sus interpretaciones.

Y para empezar justo con los conciertos más recientes, hay que resaltar la enérgica interpretación de la Misa de Réquiem de Verdi, que se programó como colofón de esta temporada. Josep Pons llevó a la Nacional con un pulso muy firme, apoyado, sobre todo, en un coro que, bajo la dirección de Mireia Barrera, mostró afinación y sentido dramático. Especialmente climático fue el Tuba mirum, con las trompetas situadas sobre el escenario, a ambos lados de la orquesta. Los solistas vocales estuvieron a la altura, sobre todo, el tenor Andrew Richards y la mezo rusa Ekaterina Gubanova.

Lang LangLa lectura de Lang Lang del concierto para piano y orquesta nº 1 en Mi menor, Op. 11 de Frederyk Chopin fue muy libre y llena de fantasía. El artista exhibió las dotes que le han hecho célebre en todo el mundo en sólo unos pocos años: extroversión ante el teclado, expresividad suma y una extraordinaria técnica que le permite dar rienda suelta a su fértil imaginación. Por continuar con los pianistas, en una clara contraposición, Lars Vogt nos ofreció la semana siguiente una perspectiva harto distinta de la interpretación al teclado. En este caso, se impuso la idea de escuela. El artista brindó una magistral versión, en la que se refleja una tradición secular, en el beethoveniano Concierto para piano y orquesta nº 4, en Sol mayor, Op. 58. Por otro lado, el pianista español Iván Martín también exhibió una técnica espléndida, con una digitación perfecta y clarísima en otro Beethoven, el del Concierto para piano y orquesta nº 2 en Si bemol mayor, Op. 19. Y por terminar con la pléyade de pianistas que hemos podido disfrutar en este final de temporada, es obligado hacer mención al fantástico Christian Zacharias que, asumiendo la doble función directorial y solista, brindó una límpida versión del Concierto para piano y orquesta nº 25 en Do mayor, KV. 503 de Wolfgang Amadeus Mozart, y una climática lectura de la suite de concierto, D. 797 Rosamunda de Franz Schubert.

Los nombres de Guidon Kremer y Julian Rachlin requieren poca presentación para los aficionados al violín. Son dos solistas colosales, que, junto a sus actividades como intérpretes, llevan a cabo una labor pedagógica y promocionan festivales y todo tipo de actividades musicales. Kremer presentó la versión más rompedora que iJulian Rachlinmaginarse pueda del Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 61 de Ludwig van Beethoven, con unas cadencias contemporáneas que dan una imagen por completo novedosa de la celebérrima obra. Una apuesta valiente que fue bien acogida por el público. Ojalá este ejemplo de actualización del repertorio siga prodigándose. Por su parte, Julian Rachlin dio muestras de un sonido absolutamente increíble. Pocas veces puede escucharse una emisión tan aterciopelada y, a la vez, densa, brillante y tan personal desde las cuerdas de un violín. Su lectura del Concierto para violín en re menor, Op. 47 de Jean Sibelius contó con toda esa luminosidad y, a la vez, en las agilidades, con unas dinámicas electrizantes.

Ewa Podles, unos meses antes, había aportado su excelente voz de contralto para entonar la sentida canción de la muerte del Alexander Newski, Op. 78 de Sergey Prokofiev, en un concierto en el que el Tougan Sokhiev dirigió un programa exclusivamente de autores rusos —dentro del ciclo miradas a Oriente— con obras de Borodin y Rimsky-Korsakov, además del citado Prokofiev.

A Sokhiev le siguieron otros directores de renombre, como su compatriota, el joven Kirill Petrenko, con una bien controlada versión de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninov y la suite de Háry János de Zolta´n Koda´ly, además del citado concierto para violín de Sibelius.

Y por terminar con el que es, seguramente, la batuta más esperada en los últimos tiempos, hay que referir el interesante concierto del expresivo director venezolano Gustavo Dudamel, que se presentó ante el público de la OCNE acompañando a Guidon Kremer y, ya en la segunda parte, ofreció una vibrante versión —no tan limpia como sería deseable, pero sí llena de fuerza y dinamismo interior— de la Sinfonía nº 5, en Si bemol mayor Op. 100 de Sergey Prokofiev.

El director titular de la OCNE, Josep Pons, dirigió el resto de los conciertos de esta última parte de la temporada con el mencionado Réquiem verdiano y otra monumental obra coral el: Elías, Op. 70 de Félix Mendelssohn-Bartholdy, donde acompañó a unos grandes solistas vocales y un coro nacional especialmente inspirado.

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Nº 35 - Julio de 2008

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